Réplicas

¿Han visto que siempre hay un personaje en los realities que dice la típica «Yo no vine a hacer amigos»?

Bueno. Juré que esa iba a ser yo.

¿Han visto que siempre hay un personaje en los realities que dice la típica «Yo no vine a hacer amigos»?

Bueno. Juré que esa iba a ser yo cuando cambié de trabajo.

«Tus amigos del trabajo no son tus amigos, son tus compañeros de trabajo».

Pero yo no puedo. Soy todo corazón y eso me hace mal. La última vez que tuve un combito en el trabajo, sentí que eran todo y cuando el trabajo se acabó, se me abrieron las heridas de abandono y sentí nuevamente el peso de la frase «Todos se van, solo te tienes a ti misma». Pérdidas.

Y entonces últimamente solo siento réplicas. Siento que me vuelven a pasar cosas que ya me habían pasado y no me importa. Siento dolores inevitables por perder aquello que sé que no me pertenece. A veces viene una persona extraña, que no conoces de nada, con la que ni has hablado más de dos minutos… ¡y paf! Te mira a los ojos y te recuerda que vas a causar dolor. Las miradas no mienten, el cuerpo tampoco.

Tiembla.

Algunas personas quedan inevitablemente en aquel rincón de lo que nunca será.

Tiembla.

Ese instante en el que pudiste decir algo y no lo dijiste.

Tiembla.

Esa canción que casi que te devuelve a la escritura y entonces nada vuelve a ser como antes.

Tiembla. Mierda, esto ya lo viví.

Esa fiesta a la que sabes que no vas a ir.

Tiembla.

Ese puedo, pero no debo.

Tiembla.

Vamos de paseo a Tausa con mis amigas del actual trabajo. No me importa. Las consideraré mis amigas. Ser vulnerable no es un pecado.

Tiembla.

Ese «Voy a contactar a…», pero mejor no. Eso es lo que me tiene jodida. Saber con anticipación que algo va a salir mal y que es por mi culpa. Pinche culpa y tú al lado. En realidad a veces uno sabe que las cosas se solucionarían con una llamada o un mensaje de texto, pero no. El 99 % de mis problemas me los armo solita en mi cabeza y no salen de ahí. He tenido la oportunidad de hablar con gente que podría hacerme millonaria, pero como soy estúpida no soy capaz de hablar, de llamar, de mandar un mensaje. He podido reparar o construir relaciones, pero el orgullo me puede. No hay manera de vivir con tantos «He podido» y la verdad me he cohibido porque sospecho que la línea que separa la cobardía de la prudencia es muy delgada. Y también porque tengo un miedo gigante al rechazo.

O porque sé que voy a causar un dolor ajeno. Eso me frena más.

Hay dolores que ni todo el Ho’ponopono del mundo puede reparar. No importa cuántas veces usted repita mentalmente «Lo siento, perdón, gracias, te amo», a veces es inevitable causar dolor. Todos somos el malo en el cuento de alguien más.

Tiembla.

Dopamina: ALV, no quiero ser normal

Siempre pensé que era un bicho raro, que tengo un ruidito y la teja corrida… creo que ahora sé porqué.

Por estos días tengo una obsesión con un libro. Ha sido tanta que cada vez que tengo un ratico libre, me pongo en la tarea. En pocas palabras, siento que encontré el santo grial y por fin entendí porqué soy así.

Por favor, si tiene la oportunidad de leerlo, no lo dude.

Sin más preámbulos, trataré de poner aquí algunos apartados, no sin antes aclarar que los autores son Daniel Z. Lieberman y Michael L. Long y que el libro se llama Dopamina. El subtítulo, quizás, es aún mejor:

¿Cómo una molécula condiciona de quién nos enamoramos, con quién nos acostamos, a quién votamos y qué nos depara el futuro?

¡Hágame el favor! La dopamina es básicamente la clave de todo. A ella le debemos que alguien en algún momento de la historia haya decidido dejar su zona cómoda, irse a aguantar frío y pasar por el estrecho de Bering hasta llegar a este chochal. A ella le debemos que Egan Bernal se haya ganado el Tour de Francia o que muchos de nosotros no podamos dejar una cosa en la lista de tareas sin tachar.

Lejos de ser la molécula del placer, como se pensó en alguna época, la dopamina es la sustancia de la anticipación, de fantasear con alcanzar la meta, de sentir placer con un resultado inesperado. No es ni buena ni mala, simplemente es la prueba de que el cerebro humano es perfecto y trata por todos los medios de regularse y hacer lo que sea para garantizar tu supervivencia.

El objetivo del sistema dopaminérgico es predecir el futuro y, cuando se produce una recompensa inesperada, enviar una señal que dice «Presta atención. Es hora de aprender algo nuevo sobre el mundo».

¿Y entonces cuando has anhelado tanto tanto algo y por fin llega? ¿Qué ocurre? Pues que incluso puedes sentir que te decepcionaste. ¿Por qué? Porque en la fantasía el helado sabía mejor, el vestido que viste en Instagram era más lindo y el beso con el que soñaste todos esos meses iba a ser mucho más intenso. Lo que nos lleva al siguiente punto:

¿Por qué se desvanece el amor? Nuestro cerebro está programado para anhelar lo inesperado y de este modo mirar hacia el futuro.

Si eres muy dopaminérgico, como tienden a serlo los escritores, los artistas y los músicos, la parte más importante del sexo seguramente tiene lugar antes del acto principal. Es la conquista. Cuando un objeto del deseo imaginario se convierte en una persona real, cuando la esperanza se sustituye por posesión, la función de la dopamina llega a su fin. La emoción ha desaparecido y el orgasmo es decepcionante.

Allá ustedes. No me responsabilizo de cualquier parecido con la realidad (juas).

Pero de vuelta a las últimas palabras del penúltimo párrafo citado: ¿Cómo mirar hacia el futuro si la emoción se acaba en algún punto?

Nuevamente: la naturaleza es perfecta y por eso te dio serotonina y otras sustancias que en el libro Lieberman y Long llaman «del aquí y el ahora». En el libro se pone un ejemplo de interacción entre la norepinefrina ―también sustancia del aquí y el ahora (es la misma adrenalina, solo que su nombre es distinto si está en la sangre o en el cerebro, mil disculpas por los términos poco científicos)― y la dopamina. Se cuenta un caso en el que un marinero pierde el control del timón del barco.

Cuando se rompió el mecanismo de dirección, la noreprinefrina empezó a surtir efecto. La emoción del miedo del aquí y ahora abrumó al marinero. Solo quería conseguir escapar de la situación.

Por unos segundos, el marinero desplaza su capacidad dopaminérgica: su cerebro no está para planear, para fantasear con el próximo puerto. Acto seguido, empieza a pensar con «cabeza fría» y ocurre la magia y envía un mensaje de socorro. Dicen los autores:

Sin embargo, el hecho de que pudiera sentir que estaba siendo presa del pánico pero que podía frenarlo indica que su sistema dopaminérgico no se había detenido del todo. Pasados solo unos segundos, la dopamina del control se activó totalmente y él empezó a planear de forma racional.

Uf. Estamos diseñados de la manera más perfecta. Las sustancias del cerebro, cuando están equilibradas, son una herramienta poderosísima. ¿Pero y si no?

Verse privado de los picos naturales de dopamina hacen del mundo un lugar aburrido y dificulta encontrar motivos para levantarse de la cama por las mañanas.

Errrda.

Y aún hay gente que piensa que estar deprimido es «no echarle ganas».

Los científicos pueden hacer que la gente se comporte de forma más conservadora dándoles medicamentos que estimulen la serotonina.

La madre. Yo siempre he querido ser normal, pero como dice una amiga «A la verga», prefiero seguir siendo un pájaro rebelde.

Cómo «stalkear» a alguien como un profesional

Solo porque hoy es viernes: una historia que te dará risa… o miedo.

Todo comenzó porque hace unas semanas mi amiga mencionó que había conocido un tipo la noche anterior y que no sabía si iba a volverlo a ver.

A partir de allí, el kráken había sido liberado.

Paso 1: ¿Cómo se llama el personaje?

Si usted no tiene el nombre y al menos un apellido, no hay mucho que pueda hacer.

Ella solo tenía el nombre.

Paso 2: ¿Amigos en común?

Después de revisar un par de perfiles, ¡bingo!

Normal. Todo el mundo sabe hacer eso.

Pero esperen. Aquí es donde realmente el cuento se pone interesante. Solo lo comparto por una razón, además he variado un par de detalles porque no me siento orgullosa de ser tan obsesiva 🙈. Conste que lo hago para que ustedes se pongan las pilas y cuiden su información (ajá, siempre la buena samaritana). Seré así de buena papa mientras en español esto no sea un delito (aún) y por eso tal vez lo siga haciendo de vez en cuando (sí, «claaaro»). Por lo pronto, cuídense. Y bueno, yo no digo nada porque tengo muchas cosas públicas que sé que no deberían estarlo, pero pues…

Sigamos: Le digo yo a mi amiga, ¿entonces ya tenemos el apellido del man?

—Fulanito De Tal.

—¿Qué más datos tenemos?

—Mencionó que trabajaba en EntidadDelGobierno.

Uy. Eso fue como haberme dicho que me regalaba un millón de dólares. Mi cerebro, sediento por esos días de dopamina, pedía otro chute. «Más, por favor, mááás…». Amo espiar a gente que no conozco, solo por diversión… Aunque confieso que estoy fuera del juego hace ya bastante tiempo, lo cual me permitió actualizar mis habilidades un poquito.

Paso 3: Vamos a Google. La vieja confiable: comillas en Google … «Fulanito de tal» «EntidadDel Gobierno»

A los cinco minutos yo ya tenía el número de cédula del man, cuánto ganaba y podía calcular más o menos desde hace cuánto trabajaba en la EntidadDelGobierno.

¿Por qué? Pues porque cuando usted estudia o trabaja o tiene algún tipo de vínculo con una universidad o institución del Estado, ya perdió. Sus datos están ahí.

Paso 4: Comillas en Google con la cédula.

Ese es más difícil porque pueden salir números al azar, pero vale la pena intentarlo.

Paso 5: Búsqueda del nombre con comillas e imágenes en todas sus formas posibles:

«Fulanito De Tal»

«Fulanito Tal»

«Fulanito De»

«De Tal, Fulanito»

Y bueno, mi amiga quedó impresionada con el montón de información que encontramos…

—Qué miedo, parce. ¿Se imagina que fuéramos unas locas que quisiéramos saber por dónde vive el man?

—Sí, Clari. Qué miedo.

—Aunque… ¿Quiere saber más o menos qué edad tiene? Página de la Registraduría.

Whaaat?

Paso 6: Búsqueda de registro civil con la cédula.

—Usted no va poder saber el día que nació exactamente, pero sí la notaría en la que el personaje sacó el registro civil cuando chiquito. Así que, si el registro dice 20 de marzo del 1980, usted más o menos calcula que el man nació tal vez en febrero (posiblemente piscis) y que debe tener más o menos 43 años.

—¡Qué miedooo!

—¿Miedo? Venga miramos a ver si encontramos el perfil de Instagram saltando de perfil en perfil asumiendo que tiene más o menos los mismos amigos que tienen en común en el Facebook.

—¡Tarááán! Perfil público.

* Se relame. *

Paso 7: Revisar si lo han etiquetado en alguna foto, revisar el perfil de las personas que más le comentan, revisar el tipo de cuentas que sigue.

—¡Mk, de verdad estamos muy locas!

—¿Quién la manda darme cuerda? Ojo que el man sigue las cuentas de la UniversidadTal, o sea que a lo mejor estudió ahí. No es un hecho, pero podría ser una pista.

—Clari, usted es el FBI, mk.

—No, si fuera el FBI averiguaría dónde vive el man, aunque…

Paso 8: Página de la Registraduría nuevamente: lugar de inscripción de la cédula.

—No me crea tan mk. Uno puede más o menos intuir en dónde podría, potencialmente, vivir el man.

Y bueno, así pasó. Me sentí orgullosa de haber prestado un servicio a la humanidad y me coroné con el máximo título de Doña ingenio soberana de las redes sociales 💅🏽. De haber tenido más pistas, le hubiera conseguido el Spotify, el perfil de YouTube y hasta hubiese averiguado si el man tenía un blog de cuando la gente hacía blogs (juaaa). Todo eso hasta que un par de días después TikTok me mostró el siguiente video y ahora mi reputación quedó reducida a una simple aficionada 😮:

@laamateur

👩🏻‍⚖️este es el linklk: https://consultaprocesos.ramajudicial.gov.co/Procesos/NombreRazonSocial

♬ sonido original – Laura • laamateur

Torn

Sobre algunas ideas y personas que solo vivirán en nuestra mente.

A principios de los 2000 yo era muy pendeja. Mucho más tal vez de lo que soy ahora (y tengo mis momentos). Me cantaba unas canciones tristes a todo pulmón [Torn de Natalia Imbruglia] y pensaba que tenía que ir hasta el fondo de mi dolor para entenderme. Creo que ahí empezó una depresión secreta con la que tal vez he cargado durante varios años en silencio. Puede ser depresión, ansiedad, ansiedad social, transtorno por déficit de atención. Aún no lo sé. No sé si quiera saberlo. He sido funcional por tanto tiempo que, a lo mejor no tengo nada y es video mío. A lo mejor solo es melancolía.

Hablando de videos. Volvamos a la pendeja del año 2000. La música era mi mecanismo para sacar todo lo que ni siquiera sabía que estaba ahí. Y entonces empecé a volverme una persona sombría, nada que ver con la Clara que vive muerta de la risa y que se quiere comer al mundo.

Soy una persona con hambre de vida [Hunter de Dido]. No puedo resistir mucho tiempo sin nadar con la corriente. De vez en cuando se me acaba la gasolina de niña bien portada —seguro es ansiedad lo que tengo— y el pájaro rebelde emerge… o el kraken. No puedo estarme quieta. No debo estarme quieta. —Tal vez déficit de atención—Donde hay movimiento hay vida.

El baile me ha salvado siempre. Me ha permitido incomodar a mi familia desde tiempos inmemoriables, me ha ayudado a ver mi verdadera esencia [recordé todo lo libre que era… no puedo conseguir, cambiar ni corregir lo que me corre las venas] y, una que otra vez, mostrarle a contadas personas cómo soy realmente. La escritura también. Pero la escritura me desnuda más y me aleja más de las personas, me expone más, me aterra más. No quiero y al mismo tiempo muero por revelar lo que hay en mi cabeza. Si tan solo se pudiera sin causar dolor

Parte de las razones por las que este blog estaba quieto era porque ya no había mucho por decir… y porque «¿Quién carajos lee blogs en 2023?». Y de repente pasa algo, algo pequeño, algo estúpido, una mirada, un gesto, un sabor, un consejo, una canción… algo, cualquier cosa, que te hace preguntarte si es el momento de volver al ruedo, de volver a decir cosas incómodas e incomodar al mundo así se te vengan las consecuencias que se te vengan y el agua te dé hasta el cuello.

El problema de incomodar a los demás es que primero se incomoda uno. Sacamos a todas las Claras a cantar en un carro imaginario y van todas gritándose verdades incómodas a lo Alanis [Ironic]. Ese es el problema de mi mente: va a mil haciéndose videos de cómo sería mi vida si… y se me olvida que tengo que vivir esta vida. Y si esta vida se vuelve plana, empiezo a buscar lo platónico para tener una novela en la cual vivir y un drama inexistente en la realidad para poderme alimentar de él y crear.

Tal vez no he crecido tanto como pensé. Tal vez sigo siendo la adolescente, la niñita, la pendeja.

¿A dónde se fue la mujer segura de sí misma que he logrado construir en estos últimos años? Está de vacaciones. Está el reemplazo: un dummie que no sabe hablar con los tipos [Why don’t you and I], que no sabe maquillarse la línea del ojo, que no tiene idea de cómo pagar impuestos y básicamente vive en una fantasía [Escena de He’s just not that into you o de Gossip Girl].

De repente todo tuvo sentido. Las obsesiones, las canciones, los amores del pasado. Todos son la misma persona. Es un historial de rechazos en el que el silencio ajeno se me convierte en obsesión.

Tal vez necesito terapia. Tal vez no. Tal vez solo aceptación. Aceptar que la vida va y que hay lazos que se van a romper inevitablemente, que hay dolores que voy a causar sin que yo quiera, que hay videos que vivirán en mi mente sin hacerse realidad, que todo eso está bien y que forma parte de mi universo narrativo. Tal vez si me lo repito lo suficiente, me crea mi propia mentira.

Kilometraje

Anoche me soñé que le hacía un cartel a un amigo que no estaba tomando riesgos.

En el sueño la frase era clara: «Los carros que van a 60 kilómetros por hora no están hechos para ir a esa velocidad».

Cuando me desperté, el mensaje no era tan obvio y tuve que anotarlo para digerirlo. Es simple: la velocidad es algo que se impone, algo aprendido, algo establecido por la ley, por el entorno… por algo externo. En realidad, un carro puede ir muchísimo más rápido… está en su capacidad. No obstante, a veces parece que tenemos que ir a la velocidad de los demás para evitar accidentes, para no ser «multados», para no sobrepasar el límite impuesto. En la vida real, el «lento, pero seguro» puede ser una estrategia sabia… o una excusa para no hacer las cosas y arriesgarse.

En el sueño, el letrero que le hacía a mi amigo decía: «Deja la bobada de una vez y atrévete».

Dicen que la mayoría de las veces soñamos con nosotros, no con otros. Entonces no es un mensaje para él, es un mensaje para la parte de él que yo veo en mí. Es un mensaje para la Clara joven, pues es la primera palabra que se me ocurre para describir a mi amigo: ahora que eres joven, hay que atreverse.

¿Hasta cuándo voy a tener que postergar ese pendiente? ¿Hasta cuándo seguiré quejándome por no hacer lo que hace rato quiero hacer? ¿Cuántos letreros y vallas voy a tener que hacerme a mí misma a ver si un día lo entiendo?

Estar en el lugar equivocado

Así como cuando Santos te da una lección…

Me ocurre, quizás con más frecuencia de la deseada, que me aburro fácilmente cuando no tengo resultados pronto, especialmente en el área laboral.

Digamos que esperar no es una de mis cualidades y a menudo, cuando me encuentro en situaciones en las que las cosas no avanzan, me canso y me voy.

He dejado trabajos, casi de la noche a la mañana, por esa misma causa: «aquí nada sale ya… y si sale, sale mal».

«¿Esto ayuda a alguien, aparte del dueño del aviso? La verdad es que no. Apague y vámonos».

En el trabajo actual estoy contenta, pero digamos que ayer recibí un pequeño recordatorio, para que no se me olvide que lo que hago, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia.

El presidente de la República comenzó a hablar. No soy su fan, no me conoce, no lo conozco, no comparto muchas de sus estrategias, pero ayer me dio una lección en la distancia.

Apenas unas horas antes, me habían pedido que revisara unos fragmentos de un documento relacionado con la frontera agrícola, no todo y, por supuesto, no fui la única. Horas después, él lo presentaría como uno de los logros de su gobierno.

Yo no sé si eso sirva en el futuro. No lo sé, porque mi conocimiento frente al tema es limitado. Sin embargo, al mirar la transmisión de su presentación, apareció en la pantalla una foto tomada por uno de mis compañeros. ¡Qué orgullo!

Entonces entendí que lo que uno hace, ya sea barrer la puerta de su casa o dirigir un país, tiene implicaciones, tiene impacto.

Comprendí que, quizás por primera vez, había hecho algo concreto, chiquitito y anónimo, por mi país. ¡Qué alegría y qué bendición!

Estamos, casi siempre y aunque tal vez dudemos, en el lugar correcto.

¿La vida es sagrada?

¿Será verdad ese cuentico de que la vida es sagrada?

Juzgar es tan fácil. Tener miedo es tan fácil. Peor: vivir con miedo es tan fácil.

Esta semana, a raíz del debate en Argentina sobre el aborto, vi un par de páginas católicas en las que publicaban unos comentarios horribles… como si eso fuese lo que Yisus hubiera hecho o dicho.

Tal parece que la vida sí es sagrada, pero la de los que dicen tener la verdad. La vida es sagrada, pero pareciera que no la de las mujeres que han tenido que pasar por una situación de esas.

Tal parece que, en pleno siglo XXI, las elecciones no son sagradas ni respetadas, solo se juzga a la mujer y se le tilda de asesina… como si alguien pudiera tomar una decisión como esa muerto de risa.

No me malinterpreten, no es nada contra el catolicismo… yo misma comparto muchos de sus ideales, pero hay que reconocer que aún hay muchas cosas en que algunos humanos somos intransigentes y retrógrados.

¿De dónde viene esa necesidad de criticar a todo lo que no hace lo que yo haría, piensa como yo, tiene mis mismas preferencias sexuales o elige mi misma religión?

Sí, mi gente bella: la vida es sagrada. Es tan sagrada que no es para andar criticando la de los demás.

Si no le gusta el divorcio, no se divorcie. Si no le gusta el aborto, pues no aborte… Simple. Viva su vida, y evite el odio en las redes sociales y en su existencia terrenal.

Estoy segura de que Yisus debe estar con la mano en la frente y los ojos cerrados🤦🏻‍♂️, porque no entendimos nada como humanidad… Punto para Argentina.

El instante

¿Estamos en la era digital o en la del garrote?

Todo lo queremos fotografiar. Todo lo queremos registrar. Vamos a un concierto y no cerramos los ojos un segundo para que la música nos transporte. No. Queremos que quede el registro de que estuvimos allí y que lo vivimos.

¿Es esta tendencia nueva? ¿Es acaso culpa de la creciente ola tecnológica que nos bombardea a diario? ¿Es este el narcisismo del siglo XXI?

Tal vez. No obstante, me inclino a pensar que una gran parte de la culpa viene de la necesidad intrínseca de sobrevivir y perdurar. El ser humano desea, secreta o abiertamente, dejar un legado para que otros sepan que estuvo aquí. Se nos olvida que esta experiencia es efímera y que lo que hoy está vigente mañana será un periódico de ayer.

Otra de las causas de esta tendencia es la brecha generacional entre los que nunca lo habían vivido, los que nacieron con ello… y los que vivimos una infancia analógica y una adolescencia digital.

La generación que nunca lo había vivido —la generación de mis padres, tíos y abuelos— se acostumbró a atesorar las veinticuatro fotos del rollo, a no malgastarlas, a no desperdiciar los instantes, a aprovechar el jabón metiéndolo en una media. Nada se desperdiciaba. Es una generación para la que las llamadas eran importantes y se valoraba el tiempo ajeno. Se llamaba para saludar y para pedir favores. La gente iba al punto. Daba pena demorarse… y además costaba.

Mi generación, la del medio, aprendió a tener conversaciones de chat estúpidas del tipo:

—Hola.

—Hola.

—¿Qué más?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

—Quiero contarte de un negocio.

Ya sabemos a dónde termina.

El narcisimo siempre ha existido, lo que pasa es que ahora cambió de medio.

Mi generación, por fortuna, vivió una infancia en la que los instantes se valoraban… en eso ganamos. Pero en la adolescencia también perdimos. Empezamos a propagar la cultura del «corta y pega», y a subrayar cada vez menos los libros.

En mi generación son cada vez más los instantes que se pierden. Esos momentos mágicos que quedaron en un VHS, esas canciones que grabamos en cassette… o, peor aún, esa melodía de cuya existencia ni estamos seguros porque no aparece en Youtube ni en Deezer. Uno es lo que uno vive y cómo lo recuerda.

Aquellos dopados digitales de ahora carecen de la tensión mínima que da valor a las cosas. No experimentan el susto rico de no saber si al malo de la serie lo matan o de si los ladrones se saldrán con la suya, no sé de qué manera disfrutan el instante… rara vez se sorprenden y casi nunca se inmutan.

—Ah, sí. Ya lo vi.

Todo es obvio.

Claro. Todo está en internet.

Pero hay algo que no está en internet: tu experiencia… tú en tu propio pellejo… tú y lo que se siente ser tú cuando hueles ese chorizo que te encanta… tú y los suspiros que salen de ti cuando vez a tu cantante favorito. Tal vez estén tus fotos, tus memes y tus dramas… pero tú no estás en internet.

Cinco preguntas al amor

Ese día, el amor me dejó preguntarle cinco cosas…

Ese día, el amor me dejó preguntarle cinco cosas. Lo miré en el reflejo del espejo empañado y le dije:

—¿Cómo mejoro la relación con mi madre?

—Recuerdo que la escogí.

—¿Cómo mejoro la relación con mi padre?

—Recuerdo que lo escogí.

—¿Cómo mejorar la relación con mi enemigo?

—Recuerdo que no existe. Solo yo decido a qué le doy visibilidad en mi vida; y si le doy atención, le doy poder. Si no lo nombro, no existe… Recuerdo enfocarme en el amor. Nadie puede resistirse al amor. El amor es irresistible y nos rendimos ante él. Amar al enemigo no significa dejarse maltratar. Poner la otra mejilla no es es lo que a veces pensamos que es. Es darle la responsabilidad al otro de sus acciones y tomar responsabilidad por las nuestras. Si él se equivoca, no es mi problema. Es de él. Y si su equivocación aparentemente me toca o me hiere, mi responsabilidad es manifestar mi inconformidad con sus acciones y enfocarme en como dar amor a quien lo valore.

—¿Cómo logras olvidar ese momento horrible que te ocurrió o que te sigue ocurriendo?

Recuerdo que yo escogí el pénsum de mi carrera. Tal vez la materia o el profesor no resultó como pensé que sería. Cero culpas, cero arrepentimientos. Di lo mejor de mí. Ahora, recuerdo que ya pasó, y salí invicta. Y si no ha acabado el dolor, algún día lo hará.

—¿Cómo dar más amor si no hay nadie que lo reciba?

—Merécelo tú misma. Dátelo tú misma. Recíbelo tú misma.