¿Cómo sobrevivir a un amor tóxico?

Si pudieran conversar con esa persona que ustedes creen que tiene todas las respuestas, ¿qué le preguntarían?

La base narrativa de todos los buenos libros, al menos en el mundo occidental, es siempre la misma: alguien vive en un mundo y un día, de la nada, recibe una «invitación» para visitar otro.

Siempre es lo mismo. ¿Blancanieves?

Sí. Vive en un castillo relativamente feliz, hasta que un día su madrastra la manda matar y termina en una casa limpiando la casa de unos sujetos que, probablemente, aún sean vírgenes.

¿Drácula?

Un mancito tiene una novia y su vida es relativamente tranquila, hasta que le da por dejarla e irse a un viaje de negocios dizque a visitar un cliente. El cliente resulta ser un loco obsesionado con la sangre que además ahora le quiere gusanear a la novia. ¿Quién lo manda irse por allá?

¿La vorágine?
Un man se mete en la selva, le pasan mil cosas y, #SpoilerAlert, de allá no sale. Otra vez: ¿Quién hps lo mandó a irse por allá?

Y así con todas las obras literarias y películas que alguna vez han valido la pena… o bueno, independientemente de la calidad, casi con cualquier peli de Hollywood.

Siempre detrás de toda narración hay un cambio de estado… ya sea físico o mental, el protagonista cambia o algo en su manera de ver el mundo cambia. Por eso es que nos gustan tanto las historias de amor: porque quizás no hay nada más transformador.

El enamoramiento tiene la capacidad de hacernos ver el mundo como envuelto en una atmósfera rosa o puede convertir el día más soleado en un momento gris. El amor, al contrario, cuando es verdadero, nos ayuda a ver las cosas con más claridad.

Anaïs Nin decía que no vemos las cosas como son sino como somos.

Ay, Dios. Si ustedes me conocen, saben que estoy obsesionada con Anaïs Nin.

Lo estoy porque, de vez en cuando, cada cierto tiempo, tal vez una vez por década, tal vez una vez por siglo, aparecen estrellas fugaces, seres que parecen haberlo entendido todo, personas adelantadas a su tiempo. Para mí, eso es lo que significó haberme acercado un poquito a Anaïs en mis años mozos.

Y a veces me miro al espejo y me pregunto si pudiera conversar con ella, tomarme un tinto y sonreírle, ¿qué diría ella de lo que pasa por mi cabeza? ¿Qué me diría la tía Anaïs? ¿Les diría algo de lo que yo les digo a mis sobrinas en este blog o se reiría del sinsentido que tiene definir y redefinir el amor una y otra vez?

¿Qué le preguntaría?

Uf. Muy fácil.

—¿Por qué no te quedaste con Henry Miller?

¿Qué me respondería? Muy fácil:

—No me quedé con él porque sabía que me hundiría, porque me pudo más lo que tenía con Hugo, porque sería incapaz de hacerle daño. Henry era como un veneno dulce que sabes que olerás una vez en la vida, pero más de dos gotas son letales.

—La diferencia es que el veneno no se destruye a sí mismo.

—Exacto. En el fondo, Henry solo conocía el sufrimiento. No podía dejar que me arrastrara con él.

—¿Crees que una persona que solo conoce el mundo del sufrimiento está condenada a vivir allí?

—No está condenada, pero lo pensará dos veces para emprender el viaje del héroe y buscar un mundo de mayor felicidad. Hará todo lo posible para que los demás emprendan el viaje hacia su mundo.

—Eso en mi época se llama ser tóxico.

—Eso en mi época se llamaba ser bohemio e incomprendido.

—¿Te arrepientes?

—Pas du tout. Je ne regrette rien. Lo amé hasta el último segundo de mi vida. Lo he seguido amando en otras vidas… pero aprendí a amarlo de lejos.

—¿Algo para cerrar esta entrevista mental que nunca sucederá? ¿Algún mensaje para mis sobrinas y sobrinos y sobrines que te leen? (o sea, nadie, porque nadie lee este blog salvo mi mamá y mi sobrinita política).

—Sí. «Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo».
PS: Yo no me inventé lo del viaje del héroe; de hecho, es más viejo que la panela. Si no me creen, busquen en Google El héroe de las mil caras o miren esta imagen (robada, obvio). A lo mejor les sirve para evaluar su vida como si fuera una película y preguntarse: ¿Qué historia me cuento a diario? ¿En qué narrativa vivo? (Comedia, espero).

La sirenita o pequeño manual para entender a ALGUNAS mujeres

«¿A las mujeres quién las entiende?» No se preocupe por entendernos, ni nosotras muchas veces nos entendemos… sin embargo, aquí dejo unas pistas para empatizar con nosotras mismas.

Hay una combinación explosiva que convierte a esta pacífica mujer en un demonio indeseable: hambre y sueño. O bueno, hambre y frío… o la triada del infierno: hambre, sueño y frío.

Así que he tenido que aprender dos cosas que quiero compartirles hoy, queridas sobrinas (y sobrinos y sobrines y sobrinis y todo lo que se os ocurra, que aquí no se discrimina, aquí se odia a todo el mundo por igual jajajajaja, mentiras).

Aprende a identificar tus pinches necesidades, amiga, y ¡COMUNÍCALAS! ¡COMUNÍCALAS!

No eres la sirenita que cuidado va y le escribe en un papel al príncipe «Hay una bruja mala que no me deja hablar y hará lo posible por separarnos, puedes elegir creerme o no, pero conste que te lo advertí. PS: Es mi tía».

Volvamos al cuento inicial: Este es un mensaje para mi yo de hace diez años, básicamente; y a veces, aún, para mi yo actual.

Verán, por esa época yo pensaba que la gente tenía un lector de mentes y que era su responsabilidad adivinar cómo me estaba sintiendo y que, si no lo hacían, de alguna manera, era falta de preocupación por mí. Entonces, si me ponía de mal genio, la otra persona tenía que saber por qué era.

Puedo culpar a mis padres porque casi siempre sabían qué era lo que yo necesitaba antes de que yo misma lo supiera, pero no lo haré (¿Además qué clase de culpa sería culparlos por hacerlo todo bien?). Todita la responsabilidad es mía porque en esa época no había curso de gestión de emociones y nadie conocía a la doctora Brené Brown (vean el video de la doc: que solo dura tres minutos y así quizás me entiendan mejor. Los enlaces que yo dejo no son de adorno 😜).

Y sí, el poema de Frida Khalo también sirve para no pasar la delgada línea entre mendigar amor y que te lean la mente pero, de por Dios, es uno quien tiene que identificar primero qué quiere. Y a veces, es tan tan taaan difícil saber qué es eso que anhelamos.

Entonces a mí, particularmente, me toca empezar por identificar todo lo que no quiero. Sé que no es una perspectiva muy positiva, pero me funciona porque me permite ir hacia adentro, vomitar mis pensamientos en el papel y luego tachar todo lo que no quiero para reescribirlos con calma y entender lo que sí estoy necesitando y lo que quiero (dos cosas que, no siempre coinciden). En ocasiones es fácil, porque el cuerpo lo pide o el estómago gruñe, pero la mayoría de las veces me cuesta identificar cuál es la necesidad de mi niña interior para que la adulta pueda proveerla de lo que ella le está pidiendo… y toca escribir.

Supongo que hay otras maneras. Puede ser que alguien ya tenga su ruta neuronal tan bien enseñada que le fluya de manera natural, pero yo tengo que poner en palabras mis sentimientos, tengo que nombrarlos, tengo que clasificarlos… tengo que saber si se trata de una necesidad básica (fisiológica, quizás) o de un sentimiento. ¡Y me da rabia porque me quita tiempo ponerme a hacer el ejercicio a cada ratico! O sea, o vivo o reflexiono todo el tiempo, y así no se puede.

—¿Clari, pero y por qué te cuesta tanto cocinar?

—Porque implica medir, tener paciencia, ponerle cuidado a los tiempos, dejar el temor de que se riegue, de que quede muy salado, de que quede poco salado, de decirme a mí misma que fracasaré, exponer mi necesidad estúpida de validación externa… ah, y limpiar o agregar una cosa más a la lista invisible de tareas, así la gente diga que «El que cocina no lava».

—¿Y por qué no te pasa eso con los postres?

[Turururúntu turún tu ru ru… Bajo del maaar, bueno, este video sí es solo para pegarles la canción y no ser la única que la está cantando mentalmente]

—Porque sé que todo lo anterior valdrá la pena, además el placer estético de hacer una casita de chocolate me puede más… y porque el derretir el chocolate no toma más de 30 segundos.

Pinche dopamina.

Suspiro.

Sigamos con otra escena.

Recuerdo que una vez le conté a una amiga que a veces me quedaba metida en el computador y que ni siquiera tomaba pausas para desayunar. Fue como:

—Clari, los temas que tienen que ver con nutrición representan, un poco, a nuestra madre… es decir, a que seamos nuestras propias madres y seamos capaces de cubrir las necesidades básicas (alimentación, sueño, alimento, etcétera) que la niña interior te está pidiendo.

¡Pum! Baldado de agua fría. #BofetadaMental

Básicamente vivo ignorando a esa chinita y diciéndole (sin decirle) que todo lo que me pide es una pendejada, que el trabajo es más importante o que cualquier cosa es más importante que ella.

Y por eso, cuando alguien no lee mi mente, mi niña interior se enoja porque nadie le pone cuidado, ni la persona que vive con ella en el mismo cuerpo, ni la persona que está al frente. ¿Les ha pasado?

Así que esto es lo que aprendí: ya sabiendo que el hambre me puede, lo aviso con anterioridad a mis amigos cercanos. Eso no quiere decir que los vaya a responsabilizar de mí y entonces sean ellos los que tengan que pararse y alimentarme, pero al menos si un día me da hambre y me ven con cara de ogro, al menos tal vez me pregunten «¿Tienes hambre?» (a veces los amigos de uno tienen la capacidad de ver cosas de uno que ni uno mismo ha notado) y entonces yo caiga en la cuenta y me busque una empanada o algo. Eso o cargar maní entre la cartera.

Mi punto es: Primero me encargaré yo de que la niña no tenga que llegar al extremo de llorar para atender su necesidad. Segundo: si alguien más la escucha, que sepa que no es personal y que tal vez, taaal vez, pueda hacer las preguntas correctas. Y tercero, ya vengo que me voy a hacer un desayunito.

Guía para olvidar a su machuque

Veamos qué tiene hoy en el tintero nuestra querida tía Clara

El propósito de este blog es y ha sido reflexionar sobre el amor. Sin embargo, es casi imposible hablar de lo bueno sin hacer una referencia, al menos una vez, a lo negativo. Y por eso, queridas sobrinas, la tía Clara está aquí para daros algunos consejos que yo misma hubiera querido escuchar en su época.

1. Tenga una lista de reproducción

La primera canción de esa lista debe tener un mantra poderoso, debe ser una canción que resuma el objetivo, que esté llena de beats y que no nos deje desfallecer. Es evidente que en este punto ya saben de qué canción estoy hablando. No puede ser otra que la interpretada por nuestra segunda reina —la primera es Beyonce— la inigualable, la infaltable, la arrolladora… Dua Lipa con New Rules.

Mamacita, usted se la va a aprender.

¿Que no sabe inglés? No me importa.

Coja un diccionario, coja el Google Translator, búsquela con subtítulos en Youtube. No me interesa. Se aprende el coro y lo canta desde que se levanta hasta que se acuesta. ¿Oyó?

One: don’t pick up the phone, you know he’s only calling coz’ he’s drunk and alone.

Efectivamente. El man la va a buscar a usted cuando sumercé esté más vulnerable, así que nada de contestarle el WhatsApp, mirarle los estados, nada de Facebook, nada de Instagram y menos comentarle las historias.

Por cierto, tengo que hacer un post de lo maravillosa que es la vida sin WhatsApp. Tal vez lo llame «Hay vida después del WhatsApp».

Two: Don’t let him in. You’ll have to kick him out again.

Si usted se ve con él, ya perdió.

Three: Don’t be his friend. You know you’re gonna wake up in his bed in the morning.

Y, por supuesto, tómese un tiempo para usted. No intente ser amiga del man hasta que sus heridas no estén reparadas. ¿Por qué? Porque…

If you’re under him, you ain’t gettin’ over him

Lo siento, esa oración solo me parece chistosa en inglés.

2. Ábrase una cuenta en Duolingo

Usted está en rehab. Así que cambie una droga por otra. No más Instagram, no más mirarle la hora de conexión. Búsquese un hobbie, métase a hacer pole dance, busque videos de cómo hacer mocktails o póngase juiciosa a aprender el idioma para el que se considere negada o el que siempre quiso. Cada vez que le dé por caer en tentación, líbranos señor de los pendejos y una lección de Duolingo: ¡Tarán! Políglota en tres semanas. ¡Que sí!

[I’m unstoppable today] Le aseguro que va a tener a alguien que la persiga, así sea un pajarraco verde:

3. Invéntese un paseo con sus amigas

Váyase a un lugar que sea seguro para llorar, si es que desea hacerlo y con personas que no la juzguen. Ojalá con mucha naturaleza y películas románticas. ¿A dónde? Fácil: a Argentina. Nunca he ido, pero estoy segura de que allá se acaban las tusas. A menos que usted viva precisamente en ese país, en ese caso solo le puedo recomendar Cuba o Canadá… y, con conocimiento de causa, allá sí puedo decir que el caldo de ojo es brutal.

Pero bueno, fuera de chiste, váyase así sea al parque con sus amigas. Si no logró reunirlas a todas, al menos intente irse a tomar un café con una. Todo se puede [With a little help of my friends], pero usted tiene que aceptar la ayuda y pedirla, nadie va a venir a leerle la mente y adivinar que usted está mal.

4. Llame a la niña

Recuerde qué le gustaba hacer a la niña que usted alguna vez fue. ¿Tal vez escribía? ¿Tal vez dibujaba? ¿Tal vez bailaba? Lo que sea que hiciera feliz a su yo del pasado es clave, porque la que se siente más herida es la niña, incluso más que usted de adulta. Si es necesario, haga una lista de los amores pasados desde el inicio de los tiempos y revise de qué maneras usted se ha sentido abandonada, rota, traicionada o incluso humillada. No necesariamente esas heridas han sido causadas por una expareja, pero tal vez por situaciones que requieren revisarse.

5. Evite el autosabotaje

Y créame, esa puede llegar a ser la parte más dura: la de librar batallas mentales de usted contra usted, darle vueltas en su cabeza a algo que no tiene respuesta, rumiar el pensamiento (habla una experta #Fail) o preguntarse «¿Por qué a mí?».

Acepte que usted no tiene control sobre lo que otras personas hacen o dejan de hacer. Usted solo tiene control sobre sus acciones y, a veces, sobre sus pensamientos. Así que antes de darle el consejo positivo que usted no quiere oír porque no está lista e incluso la va a incomodar, déjeme decirle que se refugie en las personas que usted sabe que la quieren y ocupe su mente en cursos, natación, baile, gimnasio, jardinería, hacer cerámica, irse a cine, practicar maternidad de gallinas o cualquier actividad en la que usted esté lo más lejos posible de su celular y concentrada en una sola tarea.

Y finalmente, cuando ya esté saliendo del hoyo, no antes porque hay que permitirse sentir, ahí sí puede ponerse a examinar qué salió mal, cómo hacerlo mejor la próxima vez, para qué le pasó lo que le pasó (no por qué sino para qué) y recuerde que la terapia siempre es una opción y no hay de qué avergonzarse.

Bonus – Caja de herramientas para distraer la mente cuando estoy muy estresada o no quiero pensar

Esta es mi lista personal. Le recomiendo que usted haga la propia y si esta le sirve de inspiración, pues genial.

Aquí van mis Cheap Thrills:

  • Irme a Miniso, DollarCity o tiendas similares a mirar bobadas (no recomendado si usted es de las que compensan los vacíos emocionales con compras)
  • Oler un perfume o un aroma que me guste (Parce, hace unos días les confesé a mis amigas que me encanta el olor a Cresopinol, a gasolina, a trementina… Estoy bien frita)
  • Escribir en hojas de puntitos
  • Reventar plástico de burbujas
  • Irme a comer donitas
  • Hacerme una trenza
  • Irme a Salsa Camará con mi amiga K
  • Hacer una raclette e invitar amigos
  • Hablar con mi primo o mi mejor amiga
  • Cantar en la ducha
  • Poner un video en Youtube y hacer dizque karaoke frente al pc
  • Colorear mandalas
  • Leer poesía o cosas corticas que no me abrumen
  • Irme a un Tostao a tomarme un granizado o a Juan Valdez
  • Irme a comer una paleta
  • Tomarme un vino y escribir
  • Hacer papitas en la freidora y luego tragármelas todas yo solita
  • Verme una comedia romántica que ya me haya visto y chillar si es necesario
  • Ver tiktoks de America’s Got Talent y llorar cuando se sacan el ticket dorado jajaja
  • Darme un baño
  • Ir a comer empanadas

Réplicas

¿Han visto que siempre hay un personaje en los realities que dice la típica «Yo no vine a hacer amigos»?

Bueno. Juré que esa iba a ser yo.

¿Han visto que siempre hay un personaje en los realities que dice la típica «Yo no vine a hacer amigos»?

Bueno. Juré que esa iba a ser yo cuando cambié de trabajo.

«Tus amigos del trabajo no son tus amigos, son tus compañeros de trabajo».

Pero yo no puedo. Soy todo corazón y eso me hace mal. La última vez que tuve un combito en el trabajo, sentí que eran todo y cuando el trabajo se acabó, se me abrieron las heridas de abandono y sentí nuevamente el peso de la frase «Todos se van, solo te tienes a ti misma». Pérdidas.

Y entonces últimamente solo siento réplicas. Siento que me vuelven a pasar cosas que ya me habían pasado y no me importa. Siento dolores inevitables por perder aquello que sé que no me pertenece. A veces viene una persona extraña, que no conoces de nada, con la que ni has hablado más de dos minutos… ¡y paf! Te mira a los ojos y te recuerda que vas a causar dolor. Las miradas no mienten, el cuerpo tampoco.

Tiembla.

Algunas personas quedan inevitablemente en aquel rincón de lo que nunca será.

Tiembla.

Ese instante en el que pudiste decir algo y no lo dijiste.

Tiembla.

Esa canción que casi que te devuelve a la escritura y entonces nada vuelve a ser como antes.

Tiembla. Mierda, esto ya lo viví.

Esa fiesta a la que sabes que no vas a ir.

Tiembla.

Ese puedo, pero no debo.

Tiembla.

Vamos de paseo a Tausa con mis amigas del actual trabajo. No me importa. Las consideraré mis amigas. Ser vulnerable no es un pecado.

Tiembla.

Ese «Voy a contactar a…», pero mejor no. Eso es lo que me tiene jodida. Saber con anticipación que algo va a salir mal y que es por mi culpa. Pinche culpa y tú al lado. En realidad a veces uno sabe que las cosas se solucionarían con una llamada o un mensaje de texto, pero no. El 99 % de mis problemas me los armo solita en mi cabeza y no salen de ahí. He tenido la oportunidad de hablar con gente que podría hacerme millonaria, pero como soy estúpida no soy capaz de hablar, de llamar, de mandar un mensaje. He podido reparar o construir relaciones, pero el orgullo me puede. No hay manera de vivir con tantos «He podido» y la verdad me he cohibido porque sospecho que la línea que separa la cobardía de la prudencia es muy delgada. Y también porque tengo un miedo gigante al rechazo.

O porque sé que voy a causar un dolor ajeno. Eso me frena más.

Hay dolores que ni todo el Ho’ponopono del mundo puede reparar. No importa cuántas veces usted repita mentalmente «Lo siento, perdón, gracias, te amo», a veces es inevitable causar dolor. Todos somos el malo en el cuento de alguien más.

Tiembla.

Dopamina: ALV, no quiero ser normal

Siempre pensé que era un bicho raro, que tengo un ruidito y la teja corrida… creo que ahora sé porqué.

Por estos días tengo una obsesión con un libro. Ha sido tanta que cada vez que tengo un ratico libre, me pongo en la tarea. En pocas palabras, siento que encontré el santo grial y por fin entendí porqué soy así.

Por favor, si tiene la oportunidad de leerlo, no lo dude.

Sin más preámbulos, trataré de poner aquí algunos apartados, no sin antes aclarar que los autores son Daniel Z. Lieberman y Michael L. Long y que el libro se llama Dopamina. El subtítulo, quizás, es aún mejor:

¿Cómo una molécula condiciona de quién nos enamoramos, con quién nos acostamos, a quién votamos y qué nos depara el futuro?

¡Hágame el favor! La dopamina es básicamente la clave de todo. A ella le debemos que alguien en algún momento de la historia haya decidido dejar su zona cómoda, irse a aguantar frío y pasar por el estrecho de Bering hasta llegar a este chochal. A ella le debemos que Egan Bernal se haya ganado el Tour de Francia o que muchos de nosotros no podamos dejar una cosa en la lista de tareas sin tachar.

Lejos de ser la molécula del placer, como se pensó en alguna época, la dopamina es la sustancia de la anticipación, de fantasear con alcanzar la meta, de sentir placer con un resultado inesperado. No es ni buena ni mala, simplemente es la prueba de que el cerebro humano es perfecto y trata por todos los medios de regularse y hacer lo que sea para garantizar tu supervivencia.

El objetivo del sistema dopaminérgico es predecir el futuro y, cuando se produce una recompensa inesperada, enviar una señal que dice «Presta atención. Es hora de aprender algo nuevo sobre el mundo».

¿Y entonces cuando has anhelado tanto tanto algo y por fin llega? ¿Qué ocurre? Pues que incluso puedes sentir que te decepcionaste. ¿Por qué? Porque en la fantasía el helado sabía mejor, el vestido que viste en Instagram era más lindo y el beso con el que soñaste todos esos meses iba a ser mucho más intenso. Lo que nos lleva al siguiente punto:

¿Por qué se desvanece el amor? Nuestro cerebro está programado para anhelar lo inesperado y de este modo mirar hacia el futuro.

Si eres muy dopaminérgico, como tienden a serlo los escritores, los artistas y los músicos, la parte más importante del sexo seguramente tiene lugar antes del acto principal. Es la conquista. Cuando un objeto del deseo imaginario se convierte en una persona real, cuando la esperanza se sustituye por posesión, la función de la dopamina llega a su fin. La emoción ha desaparecido y el orgasmo es decepcionante.

Allá ustedes. No me responsabilizo de cualquier parecido con la realidad (juas).

Pero de vuelta a las últimas palabras del penúltimo párrafo citado: ¿Cómo mirar hacia el futuro si la emoción se acaba en algún punto?

Nuevamente: la naturaleza es perfecta y por eso te dio serotonina y otras sustancias que en el libro Lieberman y Long llaman «del aquí y el ahora». En el libro se pone un ejemplo de interacción entre la norepinefrina ―también sustancia del aquí y el ahora (es la misma adrenalina, solo que su nombre es distinto si está en la sangre o en el cerebro, mil disculpas por los términos poco científicos)― y la dopamina. Se cuenta un caso en el que un marinero pierde el control del timón del barco.

Cuando se rompió el mecanismo de dirección, la noreprinefrina empezó a surtir efecto. La emoción del miedo del aquí y ahora abrumó al marinero. Solo quería conseguir escapar de la situación.

Por unos segundos, el marinero desplaza su capacidad dopaminérgica: su cerebro no está para planear, para fantasear con el próximo puerto. Acto seguido, empieza a pensar con «cabeza fría» y ocurre la magia y envía un mensaje de socorro. Dicen los autores:

Sin embargo, el hecho de que pudiera sentir que estaba siendo presa del pánico pero que podía frenarlo indica que su sistema dopaminérgico no se había detenido del todo. Pasados solo unos segundos, la dopamina del control se activó totalmente y él empezó a planear de forma racional.

Uf. Estamos diseñados de la manera más perfecta. Las sustancias del cerebro, cuando están equilibradas, son una herramienta poderosísima. ¿Pero y si no?

Verse privado de los picos naturales de dopamina hacen del mundo un lugar aburrido y dificulta encontrar motivos para levantarse de la cama por las mañanas.

Errrda.

Y aún hay gente que piensa que estar deprimido es «no echarle ganas».

Los científicos pueden hacer que la gente se comporte de forma más conservadora dándoles medicamentos que estimulen la serotonina.

La madre. Yo siempre he querido ser normal, pero como dice una amiga «A la verga», prefiero seguir siendo un pájaro rebelde.

¿Se va a morir Rubén?

Nadie se muere en la víspera… pero, ¿uno sí podrá estar preparado?

«Abel Antonio no muere todavía, Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite».

Abel Antonio Villa

Anoche yo salí de cine decepcionada de la vida. Quizás es porque me gustó bastante la película —y no es sarcasmo, en serio me gustó— o porque tal vez le hice una lectura que no sé si otros le hicieron. Aquellos a los que les faltaron datos, los que necesitaban biografía… poco entendieron de la película. Esta no es una peli de su vida, como otros creen, esta es una señal muy clara de su muerte.

Rubén anoche nos lo dijo y no sé si aún somos capaces de digerirlo. Rubén se va a morir, se está muriendo.

Pura especulación mía, lo sé. En ninguna parte de la película lo dice. Yo solo lo sentí.

Rubén Blades nos gritó, desde la escena uno hasta la última, que se va a morir y necesita dejar todo ya en orden. Habla de la fatalidad como instrumento para hacer las cosas. Habla, sin decirlo, de que no quiere ser recordado como un tipo incoherente —porque además para nada lo es—, y nos pide además que recordemos que ya es inmortal.

Creo que uno, en la cúspide de su carrera, debe dejar registro de lo que hizo para que a alguien le sirva, así sea solo a uno y a su conciencia humana. Como dice, palabras más, palabras menos, Rubén… sin arrepentimientos, porque solo el que no ha vivido tiene de qué arrepentirse. El que no hizo lo que quiso tiene miedo a la muerte, porque sabe que la hora llega y nunca terminó ni la mitad de la tarea.

Decía Gabo, en 1996,  después de que le diagnosticaran cáncer: «Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde».

Y es que una autobiografía es un regalo al mundo… pero sobretodo es un regalo a uno porque le permite recordar que no lo hizo del todo mal. Y no es para limpiarse la conciencia, se los aseguro, ese no es ni de lejos el caso de Rubén y menos el de Gabo; es para que los otros superen pronto la idea de su muerte, porque en realidad el alma es inmortal, así como una vida bien vivida.

Los grandes de los grandes empacan la maleta, son precavidos. Gabo empezó a empacarla con Vivir para contarla (2002) y luego recontando una historia ajena que siempre quiso contar, a su manera: Memoria de mis putas tristes (2004). Eso es como grabar una canción que no es de uno, pero a la que ha amado siempre en el silencio. Pregúntenle a Bunbury qué habrá sentido al hacer su versión de Aunque no sea conmigo.

Por cierto, siempre he pensado que la mejor novela de Gabo no es ninguna de sus novelas (What?) , sino su autobiografía [Entre otras cosas, porque Vivir para contarla no es solo una historia, es una declaración, es un propósito de vida, es el resumen en una línea de lo que vino a hacer ese man aquí en la Tierra]. Y la razón es que nadie —salvo él mismo— podría decir que los sucesos fantásticos que cuenta no son completamente ciertos. Si algo nos enseñó Gabito en ese largo cuento, porque eso es, es que después de cierto tiempo los recuerdos se vuelven tan difusos que uno tiene que traslaparlos con la fantasía… y que la realidad supera la ficción. Los testigos ven la casualidad como algo que les pasa por el frente. A Gabo la casualidad lo atropellaba.

Y así.

Cuando se aseguró de que todos lo teníamos claro, Gabo se fue, podría decirse, en paz. Esto es propio de alguien próximo a la inmortalidad, que sabe que después de su muerte la gente hablará bien y mal de él, y no estará presente para defenderse… o corroborar sus pilatunas.

Sé que la fatalidad y el morir joven son algunas de las cosas que caracterizan a muchos de los grandes. Y también sé que todos nos vamos a morir, pero no encuentro aún la forma de procesar esta idea con Rubén.

En fin. Tengo la sensación de que anoche asistimos, de manera colectiva y hasta inesperada, a un funeral adelantado. Ojalá me equivoque. Ojalá sea yo la fatalista. Ojalá no sea cáncer. Ojalá.

Kilometraje

Anoche me soñé que le hacía un cartel a un amigo que no estaba tomando riesgos.

En el sueño la frase era clara: «Los carros que van a 60 kilómetros por hora no están hechos para ir a esa velocidad».

Cuando me desperté, el mensaje no era tan obvio y tuve que anotarlo para digerirlo. Es simple: la velocidad es algo que se impone, algo aprendido, algo establecido por la ley, por el entorno… por algo externo. En realidad, un carro puede ir muchísimo más rápido… está en su capacidad. No obstante, a veces parece que tenemos que ir a la velocidad de los demás para evitar accidentes, para no ser «multados», para no sobrepasar el límite impuesto. En la vida real, el «lento, pero seguro» puede ser una estrategia sabia… o una excusa para no hacer las cosas y arriesgarse.

En el sueño, el letrero que le hacía a mi amigo decía: «Deja la bobada de una vez y atrévete».

Dicen que la mayoría de las veces soñamos con nosotros, no con otros. Entonces no es un mensaje para él, es un mensaje para la parte de él que yo veo en mí. Es un mensaje para la Clara joven, pues es la primera palabra que se me ocurre para describir a mi amigo: ahora que eres joven, hay que atreverse.

¿Hasta cuándo voy a tener que postergar ese pendiente? ¿Hasta cuándo seguiré quejándome por no hacer lo que hace rato quiero hacer? ¿Cuántos letreros y vallas voy a tener que hacerme a mí misma a ver si un día lo entiendo?

Estar en el lugar equivocado

Así como cuando Santos te da una lección…

Me ocurre, quizás con más frecuencia de la deseada, que me aburro fácilmente cuando no tengo resultados pronto, especialmente en el área laboral.

Digamos que esperar no es una de mis cualidades y a menudo, cuando me encuentro en situaciones en las que las cosas no avanzan, me canso y me voy.

He dejado trabajos, casi de la noche a la mañana, por esa misma causa: «aquí nada sale ya… y si sale, sale mal».

«¿Esto ayuda a alguien, aparte del dueño del aviso? La verdad es que no. Apague y vámonos».

En el trabajo actual estoy contenta, pero digamos que ayer recibí un pequeño recordatorio, para que no se me olvide que lo que hago, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia.

El presidente de la República comenzó a hablar. No soy su fan, no me conoce, no lo conozco, no comparto muchas de sus estrategias, pero ayer me dio una lección en la distancia.

Apenas unas horas antes, me habían pedido que revisara unos fragmentos de un documento relacionado con la frontera agrícola, no todo y, por supuesto, no fui la única. Horas después, él lo presentaría como uno de los logros de su gobierno.

Yo no sé si eso sirva en el futuro. No lo sé, porque mi conocimiento frente al tema es limitado. Sin embargo, al mirar la transmisión de su presentación, apareció en la pantalla una foto tomada por uno de mis compañeros. ¡Qué orgullo!

Entonces entendí que lo que uno hace, ya sea barrer la puerta de su casa o dirigir un país, tiene implicaciones, tiene impacto.

Comprendí que, quizás por primera vez, había hecho algo concreto, chiquitito y anónimo, por mi país. ¡Qué alegría y qué bendición!

Estamos, casi siempre y aunque tal vez dudemos, en el lugar correcto.

¿La vida es sagrada?

¿Será verdad ese cuentico de que la vida es sagrada?

Juzgar es tan fácil. Tener miedo es tan fácil. Peor: vivir con miedo es tan fácil.

Esta semana, a raíz del debate en Argentina sobre el aborto, vi un par de páginas católicas en las que publicaban unos comentarios horribles… como si eso fuese lo que Yisus hubiera hecho o dicho.

Tal parece que la vida sí es sagrada, pero la de los que dicen tener la verdad. La vida es sagrada, pero pareciera que no la de las mujeres que han tenido que pasar por una situación de esas.

Tal parece que, en pleno siglo XXI, las elecciones no son sagradas ni respetadas, solo se juzga a la mujer y se le tilda de asesina… como si alguien pudiera tomar una decisión como esa muerto de risa.

No me malinterpreten, no es nada contra el catolicismo… yo misma comparto muchos de sus ideales, pero hay que reconocer que aún hay muchas cosas en que algunos humanos somos intransigentes y retrógrados.

¿De dónde viene esa necesidad de criticar a todo lo que no hace lo que yo haría, piensa como yo, tiene mis mismas preferencias sexuales o elige mi misma religión?

Sí, mi gente bella: la vida es sagrada. Es tan sagrada que no es para andar criticando la de los demás.

Si no le gusta el divorcio, no se divorcie. Si no le gusta el aborto, pues no aborte… Simple. Viva su vida, y evite el odio en las redes sociales y en su existencia terrenal.

Estoy segura de que Yisus debe estar con la mano en la frente y los ojos cerrados🤦🏻‍♂️, porque no entendimos nada como humanidad… Punto para Argentina.