Do you believe in love after love?

¿Será mejor ser prudente o arriesgarse?


Muchos de los artistas que ustedes aman existen hoy gracias a la
inigualable cantante Cher. Eran finales de los noventa y nadie creía
en «Believe» (es decir, «no one believed in Believe» juas). La canción había
rodado de aquí para allá sin que nadie la grabara. Hasta que llegó
a manos de Cher.

Dicen que a algún ingeniero —Tal vez me equivoco en esto, así que pueden corregirme— se le ocurrió ponerse a molestar, jugar, «jurunguiar», experimentar con una herramienta del programa de edición de audio y notó que si ajustaba algún parámetro en cero —nuevamente, pueden corregirme— la voz sonaría robótica, con eco, como de extraterrestre.

No sé a quién le tocaría «el chicharrón» de decirle a Cher pero está en mi lista de personas que no quiero ser.

El caso es que al fin le dijeron y, cuando alguien sugirió que le quitaran el efecto, las palabras de Cher fueron:

—Sobre mi cadáver.

Así que todo lo grabado antes de 1998, sin Autotune, puede considerarse música… ¿Y lo reciente? I really don’t think you’re strong enough.

Bueno, esa discusión se la dejo a gente que sí sepa. Por ahora, me conformo con compartirles lo que aprendí de esta historia:

  1. Si no te arriesgas, de plano ya perdiste dos nominaciones al Grammy y quién sabe qué oportunidades más.
  2. Siempre habrá alguien que tenga que dar «malas» noticias. Si te toca, solo asegúrate de no estar en medio del fuego cruzado.
  3. Hazlo, igual te van a criticar.

PD: ¿Ya se te pegó la canción?

La liebre y la tortuga

¿A quién le irá mejor en el ámbito laboral: a los que velan por sus propios intereses o a los que comparten todo lo que saben?

Enero 11, 2024

Hace diez años tomé una decisión simple pero poderosa. Y por estos días la recordé al leer el libro «Dar y recibir» de Adam Grant. La premisa del libro es que en la vida y en el mundo empresarial hay dos tipos de personas:

  • Las que esperan siempre algo a cambio o buscan su propio beneficio.
  • Las que dan (hacen favores, por ejemplo) sin esperar un resultado… o buscan el bien común.

Cuenta Grant que hicieron un experimento para ver quiénes obtenían mejores puntuaciones.

Los donantes tuvieron las peores puntuaciones. Algunos se ocupaban más de hacer favores al resto y descuidaban su propio trabajo. PERO también tuvieron las mejores puntuaciones.

¿Cómo así?

Pues cuando, de manera consistente, un donante da, el beneficio se multiplica y la persona puede empezar a brillar a largo plazo.

Ahí les resumí el libro, prácticamente. Ahora volvamos a un día cualquiera de 2014. Estaban de moda las cadenas y las redes sociales eran el sitio perfecto para difundir información falsa. No había mucho que yo podía hacer, pero me fastidiaban los mensajes sin sentido. Así que decidí inventarme una anticadena y puse un estado en Facebook prometiéndoles a tres personas que les haría un favor. Nunca me imaginé lo que vendría después…

Yo estaba sorprendida. Pensé que éramos muchos quienes necesitábamos favores. No fue así. Algunos dieron «like», pero solo una me escribió por interno. Me dijo que la ayudara con las clases de inglés y tal vez mencionó otros temas que le preocupaban.

—Claro que podemos hacer lo del inglés. Sin embargo, ¿en el fondo ese es el tema que realmente te ronda por estos días en la cabeza?

Acto seguido, me contó lo que de verdad le preocupaba. Aún no sé por qué, pero justo era un tema que me apasiona. Y, como resultado, aquí estamos diez años después con alguien que pasó de ser una conocida a una amiga increíblemente cercana, con quien hemos viajado, hemos bailado, comido, reído, se ha quedado en mi casa, me he quedado en la de ella, hemos llorado, me ha prestado plata (juas), hemos hecho vueltas aburridas como sacar partidas de bautizo… En conclusión, dar y aceptar ayuda desinteresada siempre nutre.

Decisiones – Todo cuesta

Decidir o no decidir: esa es la cuestión.

Hace unos días una amiga estaba preocupada porque tenía la opción A y la opción B. Por lo general, cuando uno se siente en una encrucijada, teme elegir mal y que no haya vuelta atrás. Por desgracia,a veces ese miedo se transforma en indecisión y parálisis; y corremos el riesgo de agrandar el problema.

Decidir no decidir también es una opción… ¡pero a qué costo!

Así que, sobrinis, voy a dejarles la frase que le dejé a ella, tomada de un libro de Uri Levine:

«Solo hay decisiones correctas o no hay decisión».

Concuerdo: «Salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía».

Peleando con la lista de pendientes: Reflexiones de final de año

En el capítulo de hoy, queridos sobrinis, exploramos las complejidades de la productividad al final del año. Reflexionamos sobre tareas inconclusas, negociaciones internas y la búsqueda de alineación energética. Acompáñenme a ver esta triste historia.

Diciembre 29, 2023 4:38 p.m.

Hay un par de cosas que he tratado de hacer antes de que se acabe el año, pero no han fluido: se me traba el computador, me llama alguien, me distraigo… No ha sido falta de voluntad… creo.

En este punto me he preguntado varias veces si será que no conviene, si existe lo que llamamos «Voluntad de Dios» o si lo que realmente quiero es justificar mi pereza. A veces me ocurre que simplemente no estoy alineada —aún— energéticamente con la tarea… así como cuando dejé quieto el blog hasta que volví a conectarme con el «para qué» y un día simplemente lo retomé.

A ver, no es que ahora tenga que esperar a sentirme lo suficientemente alineada con lavar la loza para hacerlo, pero me pasa con frecuencia que si fuerzo alguna tarea que no está fluyendo, al final sale mal y me toca repetirla.

Todo esto para decirles, sobrinis, que tampoco es tan grave no haber terminado algo en este año. No justifico las elecciones perezosas ni creo que dejar pendientes deba volverse la norma; sin embargo, sí creo en que hay días en que uno debe negociar consigo mismo e incluso reprogramar o cancelar actividades. Por lo pronto, feliz año y no se excedan con los buñuelos… ¡compartan con su tía Clari!

O compartan esta vaina con su amiguis psicorrígido #Salva a tu amigo Capricornio (mentira juaaa). Lo que se hizo, se hizo.

Saliendo del clóset espiritual

Una historia real que parece ficcional.

Aquí escribiendo otra vez a mano. Abajo aparece la versión digitada. Cuéntenme cuál prefieren. Además, siento que el convertidor de escritura a texto se me come algunas tildes.

Versión digitada:

He tenido épocas en mi vida en las que estoy notoriamente más conectada espiritualmente. Siento cosas, sé cosas y me llega información de maneras increíbles.

No sé por qué les voy a contar esto, queridos sobrinos —porque además implica exponerme públicamente a ser tildada de loca o hereje— pero creo que en este punto ustedes están listos para escuchar sin juzgar o, al menos, para quedarse con aquello que les resuene y desechar el resto.

A mí siempre me pasan cosas mágicas. O bueno, no es que sean mágicas en sí. Son el resultado de trabajo duro, preguntas que me hago y mi forma de ver la vida, en la que todo lo que me ocurre lo percibo como una comedia romántica mágica, como una historia de navidad. En resumen, tengo la firme convicción de que siempre estoy cerca de una escena mágica que me va a llenar de alegrías inesperadas. Llámenlo casualidad, suerte, Dios… siempre me confío en que me va a ir bien ¡y me termina yendo bien!

Pues bueno. Tras este preámbulo y salida del clóset espiritual, va la historia increíble de algo que me ocurrió hace unos años, en un periodo de alta sensibilidad:

No recuerdo por qué, pero empecé a cuestionarme sobre la inmortalidad del alma. Y esa semana que estaba yo como tan reflexiva, pasamos con mi novio por una de mis librerías favoritas. Y del úúúltimo estante, del más alto, como caído del cielo, literal, ¡paf! se cayó un libro grande. Yo todavía no sé ni cómo se cayó. No estaba mal acomodado ni pesaba poco, como para caerse de la nada. En serio, no me lo explico. Lo cierto es que lo tomé y me pareció que se trataba de un perrito. El título ponía «Phaidwv».

Lo abrí, lo miré, nada. Como les digo, tan solo un libro de un perrito.

Eso sí. Traté de recordar cómo leer el título, porque años atrás había estudiado algo de griego. A ver, no me malinterpreten. No hablo griego, ni voy a salir a decir que es que he leído los clásicos en su lengua original. Ni más faltaba. Yo creo que las personas piensan que soy diez veces más inteligente de lo que soy. O sea, no es que no lo sea, pero no lo soy tanto como ustedes creen. ¡Es más! Soy como brutica y confundo la derecha con la izquierda… A veces me cuesta sumar mentalmente, hace años que no hago una división, no sé cómo se saca la raíz cuadrada de algo y hasta el día de hoy nunca he tenido que usar el trinomio cuadrado perfecto.

Pero volvamos al griego. Leer sí sé. A ver, leer leer, lo que se dice LEER, no. Medio intuir lo que dice, sí. En griego, moderno y antiguo, la combinación ai se lee « e». Por eso παιδεία, no se lee «paideia» sino «pedia» y de ahí viene «pedagogía», no «paideiagogía».

En fin. El caso es que le dije a mi novio que ahí decía Fedón, pero yo ni sabía qué era Fedón. Asumí que era el nombre del perrito y me fui para mi casa.

Eso sí, busqué en el celular. En resumidas cuentas, Fedón era uno de los diálogos de Platón… adivinen de qué: de la inmortalidad del alma. Aquí les dejo un pedacito, sobrinos. Y les hago un spoiler: El diálogo cuenta cómo fueron las últimas horas de Sócrates… ¿Estaba acaso preocupado por su muerte? ¡Para nada! El man estaba feliz porque, según él, cuando uno vuelve al modo alma, no lo engañan los sentidos, entonces para alguien que ama la sabiduría (el filós + sofos) lo mejor que le puede pasar es volver a la verdad.

Respóndeme, pues, continuó Sócrates: ¿qué es lo que hace que el cuerpo esté viviente?

El alma.¿Es siempre así?¿Cómo podría no serlo?, dijo Cebes.¿Lleva el alma, pues, consigo la vida a todas partes donde penetra?Seguramente.¿Existe algo contrario a la vida o no hay nada?Sí; hay algo.¿Qué?La muerte.El alma no admitirá, pues, nada que sea contrario a lo que ella siempre lleva consigo; esto se deduce necesariamente de nuestros principios.La consecuencia no puede ser más segura, dijo Cebes.¿Y cómo llamamos a lo que jamás admite la idea de lo par?Lo impar.¿Cómo llamamos a lo que jamás admite la justicia sin el orden?La injusticia y el desorden.Sea. Y a lo que jamás admite la idea de la muerte, ¿cómo lo llamamos?Lo inmortal.¿El alma no admite la muerte?No.¿El alma es, pues, inmortal?Inmortal.¿Diremos que esto está demostrado o encontráis que todavía le falta algo a la demostración?Está suficientemente demostrado, Sócrates

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/dialogos-fedon-o-de-la-inmortalidad-del-alma-el-banquete-o-del-amor-gorgias-o-de-la-retorica–0/html/0005c9fc-82b2-11df-acc7-002185ce6064_12.html

Momposina… ¿ven a mi casita? – O sobre los pajazos mentales

Un chisme para reflexionar sobre las ideas que un día se nos convierten en «verdades» o pajazos mentales.

Dicen que detrás de la letra de la canción Momposina de José Barros se esconde en realidad, en vez de un cuento de dos, la historia de un triángulo amoroso no correspondido.

#Chisme
#EstoSePusoBueno

Chachachánnn… Música de suspenso…
Resulta que la muchacha vivía en tremenda casa, pero tremenda… con vista al río Magdalena y todo. Y los dos manes que la pretendían eran básicamente un par de arrancados. Por la canción, se sospecha que uno de ellos era jardinero y el otro, José Barros. Esa es, al menos, la versión que cuenta el guía cuando uno visita Mompox.

—Con tremenda casa, ¿creen ustedes que ella iba a pararle bolas a esos manes? —decía el guía.

Las versiones cambian ligeramente, es parte de la magia del caribe, del hot south, de nuestra esencia latina. Si les interesa saber la versión de José Barros narrada por el periodista José Navia (que si no estoy mal fue profe mío hace chochomil años. Asumo que será él, pero tampoco estoy segura), aquí se las dejo.

El cuento viene a que es fácil romantizar cualquier cosa —he aquí una experta—, incluso una asunto que nunca ocurrió o que, si ocurrió, no fue el gran suceso, pueden dar para un cuentazo, para una canción y para cuanto pajazo mental queramos.

Otra cosa: ¿Quién dijo que las mujeres elegimos pareja por la plata que tenga el man?

Me pregunto si José Barros pensó que el jardinero tenía más posibilidades por ser del municipio de El Banco (Magdalena), es decir, quizás más acomodado por ser más «citadino» (lo de Banco y banco no tiene nada qué ver, tal vez una linda coincidencia). Y así es como empiezan las creencias falsas: «Es que como tiene plata, ella a lo mejor lo prefiere a él».

¿¿¿Las mujeres de verdad preferimos a un man con plata???

Yo no niego que la estabilidad es una cosa sexy, pero de ahí a que la plata sea lo único que una mujer le mira a un man mmm… discutible. De hecho, tal vez en una época esa narrativa tenía algo de verdad, porque las mujeres no podíamos ni tener una cuenta bancaria propia sin la firma de un hombre, un hermano, una pareja…

¿Ahora? Aún hay que luchar contra el patriarcado, pero somos más las que podemos construir nuestra propia estabilidad. Sí. Aún hay mucho camino por recorrer y mucha tela qué cortar. Y sí. Hay muchas excepciones y también hay personas interesadas… ¿Pero eso cuánto puede durar? ¿Cuánto puede aguantar una persona aburrida con otra? Yo creo que se invierte la misma energía en hacerse miserable y hacer miserable a los demás, que en hacerse feliz y contagiar de esa felicidad a quienes nos rodean. ¿O ustedes qué opinan? ¿Team José Barros o Team Momposina?

Sobre la hipocresía bogotana y otros demonios

No sabía que era hipócrita… ¿o sí?

Tengo una amiga que siempre me propone los planes. Siempre es ella la que me sugiere algo para hacer y yo, como persona desvirolada que soy, casi siempre o le cancelo o no le propongo nada más. O, mejor dicho, no le proponía.

Esa era la realidad hasta que un día se me paró en la raya y, hablando de otros temas, me dijo:

—Estoy mamada de tener siempre que ser yo la que busca a la gente. Ya no quiero más tener a personas en mi vida que no hacen ni lo mínimo para que yo esté en la de ellas.

Y no estábamos hablando directamente de mí, pero me cayó el veinte. Ese mismo día puse un recordatorio en el calendario —Yo sé, es muy ñoño y algunos dirán que si yo la quisiera en mi vida orgánicamente la buscaría, pero créanme, mi cerebro no funciona así, necesita estructura porque si no, se queda en la casa viendo Netflix—. Entonces cada mes me pita el celular un día específico y sé que al menos una vez al mes —y debería ser más— voy a escribirle o molestarla o mandar señales para vernos, eso sí, esta vez con un plan.

¿Por qué les cuento esto?

Porque la semana pasada nos vimos y me contó que había leído un artículo en el que decía que los rolos (los de Bogotá) tenemos fama de hipócritas.

—¿De hipócritas? (Imagínense mi cara, especialmente si me conocen).

Mi reacción inmediata fue como «No me parece. Para nada. ¿Así nos perciben?»

Esperen, sobrinis.

Entonces sacó el celular y me leyó un pedacito:

Una defensa de la fría y lluviosa Bogotá, una ciudad que a veces cuesta querer

El británico Richard Blair es uno de los principales artífices de la internacionalización de la música colombiana: produjo a Carlos Vives, Sidestepper, Bomba Estéreo y Aterciopelados, entre otros exponentes de la diversidad sonora colombiana, que mucho le debe a la capital.

[…]

Mientras se toma un té, Blair aborda una de las principales críticas a los bogotanos: que son hipócritas, que no dicen las cosas.

«Hay una institución clásica bogotana que es huir de la cita», me dice. «Un juego de tenis a ver quién es el primero que cancela o se esconde para no concretar la reunión. Un europeo lo puede ver como pereza o hipocresía, pero yo lo veo como filosóficamente avanzado, porque evita el roce y garantiza el deseo de cada uno».

«Y eso se añade al formalismo, que a mí al principio me emputaba (daba rabia), porque no se dicen las cosas, pero luego me di cuenta de que es una manera de entendernos«.

La cortesía es una institución bogotana, en efecto. Expresiones como «qué pena con usted» para lanzar un ataque o «me regala» para pedir que le vendan algo revelan cierto apego por los eufemismos.

—Uf. ¡Tiene toda la razón!

Y tras pensar un poco en el pasado, proseguí:

—Esto me recuerda un poco cuando me dijiste lo de las amistades a las que toca rogarles para verse. Uno aquí a veces cancela el plan por puro frío… pero tampoco es lo suficientemente frentero para decirlo. O saca el cuatro letras y no propone un nuevo plan… y luego le va dando prioridad a otras relaciones que al final no son tan significativas o a gente a la que uno le vale. ¿Por qué somos así?🙈😂🤦🏽‍♀️😂

En ese sentido sí somos hipócritas. Evitamos el conflicto, pero no de la manera correcta. No decimos «Fecha tentativa» ni hacemos lo posible por salir de la zona cómoda. Bueno, hablo por mí. A veces me digo que no tengo tiempo y me creo la mentira. Por eso me tocó poner el recordatorio en el calendario.

Sí. Ya sé. Hay amistades con las que no tengo que hacer eso. ¿Por qué? Porque las veo en el trabajo, porque las veo en salsa… ¿pero y si no? Hay gente que aún quiero en mi vida, pero tampoco me esfuerzo. Así que por favor conmigo es con agenda y con lista en mano de personas que suman y multiplican en mi vida. No sé quién tenga que leer esto, pero tal vez sea este el recordatorio para revisar qué amistades se deben cultivar, qué amistades se deben reactivar y qué capítulos se deben cerrar.

🎵Se acerca la navidad y a todos nos va a alegrar🎵

PD: Si sumercé nota ese comportamiento de lejura de mi parte, está autorizadis para jalarme las orejas. Prometo reaccionar.

Pescador, lucero y río: un escrito para cuando te sientas errante

A menudo nos encontramos en encrucijadas, por eso te dejo este texto sobre esos momentos en que necesitamos luz.

Esta mañana me desperté pensando en una canción que le gusta a mi mamá y que cantaba todo el tiempo cuando yo era niña. Aún lo hace.

Cuentan que hubo un pescador barquero que pescaba de noche…

en el río

Esta mañana el recuerdo no tenía mucho sentido para mí. Y de hecho estaba buscando un tema para escribir y no se me ocurría nada.

Que una vez con su red, pescó un lucero y feliz lo llevó, y feliz lo llevó a su bohío.

Aún puedo oírla hablándome de José A. Morales, el compositor, y cantando embelesada:

Que desde entonces se iluminó el bohío
Porque tenía con él a su lucero
Que no quiso volver más por el río
Desde esa noche, el pescador barquero

Hasta esta mañana la canción hablaba de los celos.

Y dicen que de pronto se oscureció el bohío
Y sin vida encontraron al barquero

Porque de celos se desbordó aquel río…

Ya no.

Entró al bohio y se robó el lucero

Tampoco habla de la fuerza de la naturaleza ni de la posesividad, ni de un hombre que le «arrebata» la mujer a otro.

O bueno, en parte sí, pero es más poderoso lo que hoy extraigo de la letra: La vida siempre encontrará la forma de poner las cosas en su lugar. Si estás huyendo de tus responsabilidades, te lo hará saber. Si estás tomando lo que por destino no te corresponde, te lo hará saber.

A menudo nos encontramos en encrucijadas y pensamos que debemos definir nuestra identidad y nuestro rumbo ya. A veces sentimos la presión de tener que saber quiénes somos y para dónde vamos. No hay norte. No hay guía. El resto del planeta parece tenerlo tan claro, el resto del mundo sabe qué quiere, menos nosotros. Espejismos.

He aquí una brújula: Lo que fluye da calma, lo que irrumpe refresca… Una gota en el momento preciso tiene el poder de cambiar el curso de las cosas. Por eso, mientras encuentras tu voz, le subes el volumen o te conviertes en el río, permíteme susurrarte nuevamente:

Entró al bohío y se robó el lucero.

PS: Ojo a esta mujer cantando esta versión tan linda. Obvio es un estilo muy distinto al de la original de Silva y Villalba, pero mis respetos:

Monserrate o consejos pa’ levantar – Parte 1

El consultorio de la tía Clara siempre está abierto para las preguntas más importantes de la vida… y para las bobadas también.

La conversación fue más o menos así:
—Tía Clara, necesito un consejo. Voy a ir a Monserrate con un sujeto y siento que si subimos las escaleras se va a morir y yo voy a llegar refea. ¿Es muy grave la subida?

Adivinen qué fue lo primero que pensé.

Efectivamente: esto es material para un post.

Así que aquí van los consejos no solicitados para una primera cita.

  1. Si el man ya le pidió salir, no creo que usted le parezca fea.

De hecho, mi amiga es particularmente bonita. Y no bonita de «Ay, lo digo porque es mi amiga». Parce, es el tipo de vieja que los manes dicen «Mk, está linda, pase el Instagram». No es ese tipo de linda que uno de vieja dice «Ay, es bonita» y que los manes dicen «Meh». No. Es el tipo de vieja que nunca está soltera porque dura cinco minutos soltera y de una llega el chulo que ha estado haciendo fila desde hace rato.

PEEERO, como todas las mujeres bonitas y buena gente, tiene sus inseguridades. Así que la tía Clara, que también tiene muchas inseguridades pero que sabe lo que es levantarse a un man sudada, despeinada y con los respectivos olores que puede causar una clase de salsa, tiene algo que decirte:

Amiga: mientras haya tetas, el sudor y el despeine se vuelven secundarios.

2. El man no se va a infartar. ¿Tú de verdad crees que propuso un plan que lo haga ver como un perdedor?

Y si es así… Ese no es tu problema.

El 99 % de los manes, a menos que sea un tonto del culo, no te van a proponer un plan que los haga ver mal. ¿Por qué? Pues porque rara vez van a mostrar su fragilidad en la primera cita. Apuesto que lo conociste en el gimnasio, querida… Y lo que el man quiere es mostrar su estado físico. Si es así, pues diviértete, conócelo, mira el man qué pitos… pero eso tal vez te hable de las inseguridades del man. Y bueno, recuerda que la tía Clara también se puede equivocar, así que mejor que seas tú la que me des o no la razón.

3. ¿Es muy grave la subida?
No sé. La última vez que subí a Monserrate a pie fue en el año de… * Hiperventila de solo pensarlo *… Ah, ¡Mira! ¡Donas!
Si comes donas, la bajada va a ser más fácil. Mentiras.

4. De nuevo… ¿Quién habrá propuesto el plan?

La última vez que subí con un novio a Monserrate me terminó en tres días. (Aquí entre nos, yo creo que el man no sabía cómo terminarme y eso fue lo único que se le ocurrió 🤦🏽‍♀️)

5. ¿Dónde quedó el plan tradicional y conservador de ir a cine y luego a tomarse algo? ¿Estoy pasada de moda? ¿Qué sigue? ¿Invitaciones a subir una montaña a las 6 de la mañana y desayuno vegano?

Obvio sí. ¿Por qué tomar consejos de una treintona sexy que por ratos aún es insegura y no ha ligado hace más de 9 años? ¡Pues fácil! Porque hay algo que enloquece a los manes, no importa la edad que tengas o si incluso vas a casarte… y te compartiré este secreto, amiga, solo para que no se vaya conmigo a la tumba.

El secreto es…

[Pausa dramática]

Ah, pero antes te voy a decir todo lo que no es.

  • No es seguir un manual.
  • No es pensar que hay fórmulas mágicas
  • No es hacer lo que dicen tus amigas (que están igual o más perdidas que tú)
  • No es hacer lo que dicen las revistas (yo siempre pensé que iba a trabajar en Cosmopolitan o en la revista Tú, pero ya ven…)
  • No es hacerse la difícil ni la interesante (ya eres interesante, otra cosa es que la otra persona quiera descubrirlo y, si no, pues toma tu ticket y al final de la fila).

Lo único que me ha funcionado es ser auténtica, hacer tus propias reglas y saber cuándo romperlas. Ah, y mover el culo. Mover el culo es básico. Aprende a moverte con gracia, amiga. Eso sí, de nada sirve mover el funkete si uno no es auténtico. Una vez alguien me dijo que dejara de ser como Tribilín, porque eso no era sexy. Y no, no lo es… pero también es parte de mi esencia hacer chistes bobos y tener un lado naïve. Así que lo que hice fue no mostrarlo de primerazo, pero tampoco negarlo. De hecho, no soy la mujer más chistosa de la tierra y, sin embargo, doy fe de que hay dos hombres que se rien de mis chistes de papá: mi primo y mi novio… así que para todo hay público, para todo hay cliente.

Si a un sujeto en cuestión no le gusta ese lado frívolo, pues no merece conocer el lado interesante o el mejor lado que tengas. No se trata de mentirle ni de mentirte a ti misma, porque tarde o temprano el castillo de naipes se va a caer. Se trata de divertirte mostrando quién eres poco a poco y permitiendo que la otra persona lo descubra. En algún punto o les gustará a ambos lo que ven («Esto es lo que hay«) o definitivamente alguien se desilusionará y cuanto más pronto mejor para no perder tiempo («Donde no puedas amar no te demores»).

Nuevamente, abogo por las muestras de vulnerabilidad. Sin embargo, en nuestra cultura, es poco probable que las personas se muestren tal y como son, o que revelen sus vulnerabilidades porque sienten que eso es ser débil… así que a veces toca ir con cuidado para no espantar a la gente que no está preparada para la awesomeness (porque el que no ha visto a Dios cuando lo ve se asusta)… y ya verás que después de los 30 te vale: eres una chimba y no te da pena mostrar que lo eres. Que huyan solitos los que se les arruga.

¿Hay vida después del WhatsApp?

Érase una vez el WhatsApp pero tuve que matarlo.

Así sucede. A veces hay cosas a las que les damos demasiada importancia y, al final, como casi todo en la vida, no la tienen.

Esta es la historia de todo lo que pensaba que iba a pasar y nunca pasó.

Queridas sobrinas:

Corría el año _____ (no lo voy a poner para que no hagan cuentas y deduzcan en dónde trabajaba, aunque tal vez ya las hicieron). Yo tenía el mejor jefe, el mejor grupito de compañeras y mi mayor preocupación era pensar qué pedir de domicilio en el celular. Era feliz y no lo sabía. Por supuesto, estaba en uno que otro grupo de WhatsApp: notificaciones silenciadas en la mayoría y tranquilidad total porque nada perturbaba mi paz.

Hasta que un día me cambiaron de jefe y los grupos que al principio solo eran de risas, juegos y diversión, pasaron a ser de quejadera, mensajes después de las 6 de la tarde y hastío total. Me empecé a desesperar.

Todos saben que una Clara desesperada es una criatura peligrosa porque comienza a desesperar al resto. Si me metes una idea constructiva en la cabeza, puedo ser la persona más creativa, linda y buena gente del planeta… pero con serpientes en mi cabeza, solo destilo veneno puro.

Semana tras semana mi grupito de amigas y yo resistíamos en un chat privado. Reírnos de nosotras mismas y de las cosas que nos pasaban era la única arma que teníamos para soportar la situación y hacernos la vida un poquito más llevadera.

Hasta que la olla a presión explotó y las hicieron ir a trabajar un sábado.

Por fortuna, me libré. Pero no se necesitaba tener una bolita de cristal para poder anticipar lo que nos esperaba. Sabía que, apenas pudiera, había que saltar de ese tren en movimiento. Entonces empecé a maquinar yo con yo:

—Debe haber alguna forma para que no me afecte.

—¿Y si renunciamos?

—¿Y de qué vamos a vivir, amigui?

—¿Y si vendemos nuestro cuerpecito y nos vamos a vivir a Timboktú?

—Si tan solo pudiéramos mantener el contacto solo dentro de los términos estrictamente necesarios… ¿pero cómo?

Y pasó mucho tiempo hasta que un día el papayazo vino por casualidad y se murió Facebook por un día.

Ese día todo el mundo fue feliz en esa oficina. Bueno, más o menos. En realidad muchos tenían miedo de la cantidad de mensajes que iban a tener al final del día en el dichoso grupito del trabajo. Pero yo no.

Descargué otra aplicación y santo remedio.

—¿Santo remedio? No exactamente, amigui. Te estás olvidando de contarles a tus sobris que realmente el primer pensamiento fue «Me van a echar».

Efectivamente. Se me pasaron todo tipo de ideas por la cabeza:

«Me van a echar».

«En el trabajo van a empezar a preguntar que por qué me salí, que si estoy brava, que si me meten otra vez al grupo, que no les salgo, que ahora cómo nos vamos a comunicar…»

«Mis amigas no me van a volver a hablar».

«Mi familia va a pensar que estoy molesta».

«Me van a echar».

«Pero a ver: ¿De verdad te pueden echar? ¿Legalmente pueden hacerlo? ¿Qué van a hacer? ¿Obligarte a instalar la aplicación y pagarte el plan de datos?».

«Teams y sale. Al que le gustó, le gustó. Y al que no, que llore. La entidad está pagando una licencia. Si se quieren comunicar conmigo, pues que utilicen los medios oficiales: me van a tener que escribir al correo, me tendrán que mandar chats por Teams o pues que me llamen, cuidado se gastan el minuto».

Pasó una semana.

Nada.

Pasó un mes.

Nada.

Escasamente un par de amigas me preguntaron que qué había pasado.

Muchos pensaron que de verdad era una pataleta y que volvería… que la presión social me haría volver.

Nunca pasó.

Pero lo que sí me enseñó esta experiencia es:

1. Que muchas cosas solo ocurren en tu mente… y nunca pasan en la realidad.

2. Que la gente que realmente te quiere en su vida, hará lo que sea para que estés: mis papás y mi novio descargaron la otra app, algunos amigos optaron por llamarme, yo comencé a buscar a la gente que realmente me importaba y nadie se murió. ¿Que le hago mucha falta? Pues ahí está el teléfono y los mensajes de texto. Déjese ver con una empanada y ya. Soy una mujer de placeres sencillos. ¿Que me hace mucha falta? Pues buscaré la forma de encontrarlo, verlo o comunicarme con usted. Simple.

3. Que algunas conexiones eran una mera ilusión. A veces en lugar de decirle a alguien «Hola, ¿te puedo marcar para saludarte?», terminaba teniendo conversaciones vacías por escrito que me llenaban más de soledad.

4. Que lo que ves en redes es un espejismo: la gente tiene tanto miedo a la soledad que se muestra siempre rodeada de otros y su forma de sentir compañía es un teléfono que los hace sentir como que siempre van a ser escuchados.

5. Que las peores noticias son las que más rápido se saben. Y los triunfos de otros también se difunden pronto. No me iba a perder de nada. En el hipotético caso en el que necesite saber el marcador de un partido, cosa que no creo que ocurra, se lo puedo preguntar a la persona de al lado. No pasa nada. Desde que los griegos inventaron la maratón al anunciar una victoria de una guerra, no hay nada realmente urgente, todas las urgencias nos las hemos inventado los humanos para justificar que un día nos vamos a morir y que ese día podría ser hoy. Meh. Y si fuera hoy, pues tampoco sería tan urgente.