Decisiones – Todo cuesta

Decidir o no decidir: esa es la cuestión.

Hace unos días una amiga estaba preocupada porque tenía la opción A y la opción B. Por lo general, cuando uno se siente en una encrucijada, teme elegir mal y que no haya vuelta atrás. Por desgracia,a veces ese miedo se transforma en indecisión y parálisis; y corremos el riesgo de agrandar el problema.

Decidir no decidir también es una opción… ¡pero a qué costo!

Así que, sobrinis, voy a dejarles la frase que le dejé a ella, tomada de un libro de Uri Levine:

«Solo hay decisiones correctas o no hay decisión».

Concuerdo: «Salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía».

Peleando con la lista de pendientes: Reflexiones de final de año

En el capítulo de hoy, queridos sobrinis, exploramos las complejidades de la productividad al final del año. Reflexionamos sobre tareas inconclusas, negociaciones internas y la búsqueda de alineación energética. Acompáñenme a ver esta triste historia.

Diciembre 29, 2023 4:38 p.m.

Hay un par de cosas que he tratado de hacer antes de que se acabe el año, pero no han fluido: se me traba el computador, me llama alguien, me distraigo… No ha sido falta de voluntad… creo.

En este punto me he preguntado varias veces si será que no conviene, si existe lo que llamamos «Voluntad de Dios» o si lo que realmente quiero es justificar mi pereza. A veces me ocurre que simplemente no estoy alineada —aún— energéticamente con la tarea… así como cuando dejé quieto el blog hasta que volví a conectarme con el «para qué» y un día simplemente lo retomé.

A ver, no es que ahora tenga que esperar a sentirme lo suficientemente alineada con lavar la loza para hacerlo, pero me pasa con frecuencia que si fuerzo alguna tarea que no está fluyendo, al final sale mal y me toca repetirla.

Todo esto para decirles, sobrinis, que tampoco es tan grave no haber terminado algo en este año. No justifico las elecciones perezosas ni creo que dejar pendientes deba volverse la norma; sin embargo, sí creo en que hay días en que uno debe negociar consigo mismo e incluso reprogramar o cancelar actividades. Por lo pronto, feliz año y no se excedan con los buñuelos… ¡compartan con su tía Clari!

O compartan esta vaina con su amiguis psicorrígido #Salva a tu amigo Capricornio (mentira juaaa). Lo que se hizo, se hizo.

Saliendo del clóset espiritual

Una historia real que parece ficcional.

Aquí escribiendo otra vez a mano. Abajo aparece la versión digitada. Cuéntenme cuál prefieren. Además, siento que el convertidor de escritura a texto se me come algunas tildes.

Versión digitada:

He tenido épocas en mi vida en las que estoy notoriamente más conectada espiritualmente. Siento cosas, sé cosas y me llega información de maneras increíbles.

No sé por qué les voy a contar esto, queridos sobrinos —porque además implica exponerme públicamente a ser tildada de loca o hereje— pero creo que en este punto ustedes están listos para escuchar sin juzgar o, al menos, para quedarse con aquello que les resuene y desechar el resto.

A mí siempre me pasan cosas mágicas. O bueno, no es que sean mágicas en sí. Son el resultado de trabajo duro, preguntas que me hago y mi forma de ver la vida, en la que todo lo que me ocurre lo percibo como una comedia romántica mágica, como una historia de navidad. En resumen, tengo la firme convicción de que siempre estoy cerca de una escena mágica que me va a llenar de alegrías inesperadas. Llámenlo casualidad, suerte, Dios… siempre me confío en que me va a ir bien ¡y me termina yendo bien!

Pues bueno. Tras este preámbulo y salida del clóset espiritual, va la historia increíble de algo que me ocurrió hace unos años, en un periodo de alta sensibilidad:

No recuerdo por qué, pero empecé a cuestionarme sobre la inmortalidad del alma. Y esa semana que estaba yo como tan reflexiva, pasamos con mi novio por una de mis librerías favoritas. Y del úúúltimo estante, del más alto, como caído del cielo, literal, ¡paf! se cayó un libro grande. Yo todavía no sé ni cómo se cayó. No estaba mal acomodado ni pesaba poco, como para caerse de la nada. En serio, no me lo explico. Lo cierto es que lo tomé y me pareció que se trataba de un perrito. El título ponía «Phaidwv».

Lo abrí, lo miré, nada. Como les digo, tan solo un libro de un perrito.

Eso sí. Traté de recordar cómo leer el título, porque años atrás había estudiado algo de griego. A ver, no me malinterpreten. No hablo griego, ni voy a salir a decir que es que he leído los clásicos en su lengua original. Ni más faltaba. Yo creo que las personas piensan que soy diez veces más inteligente de lo que soy. O sea, no es que no lo sea, pero no lo soy tanto como ustedes creen. ¡Es más! Soy como brutica y confundo la derecha con la izquierda… A veces me cuesta sumar mentalmente, hace años que no hago una división, no sé cómo se saca la raíz cuadrada de algo y hasta el día de hoy nunca he tenido que usar el trinomio cuadrado perfecto.

Pero volvamos al griego. Leer sí sé. A ver, leer leer, lo que se dice LEER, no. Medio intuir lo que dice, sí. En griego, moderno y antiguo, la combinación ai se lee « e». Por eso παιδεία, no se lee «paideia» sino «pedia» y de ahí viene «pedagogía», no «paideiagogía».

En fin. El caso es que le dije a mi novio que ahí decía Fedón, pero yo ni sabía qué era Fedón. Asumí que era el nombre del perrito y me fui para mi casa.

Eso sí, busqué en el celular. En resumidas cuentas, Fedón era uno de los diálogos de Platón… adivinen de qué: de la inmortalidad del alma. Aquí les dejo un pedacito, sobrinos. Y les hago un spoiler: El diálogo cuenta cómo fueron las últimas horas de Sócrates… ¿Estaba acaso preocupado por su muerte? ¡Para nada! El man estaba feliz porque, según él, cuando uno vuelve al modo alma, no lo engañan los sentidos, entonces para alguien que ama la sabiduría (el filós + sofos) lo mejor que le puede pasar es volver a la verdad.

Respóndeme, pues, continuó Sócrates: ¿qué es lo que hace que el cuerpo esté viviente?

El alma.¿Es siempre así?¿Cómo podría no serlo?, dijo Cebes.¿Lleva el alma, pues, consigo la vida a todas partes donde penetra?Seguramente.¿Existe algo contrario a la vida o no hay nada?Sí; hay algo.¿Qué?La muerte.El alma no admitirá, pues, nada que sea contrario a lo que ella siempre lleva consigo; esto se deduce necesariamente de nuestros principios.La consecuencia no puede ser más segura, dijo Cebes.¿Y cómo llamamos a lo que jamás admite la idea de lo par?Lo impar.¿Cómo llamamos a lo que jamás admite la justicia sin el orden?La injusticia y el desorden.Sea. Y a lo que jamás admite la idea de la muerte, ¿cómo lo llamamos?Lo inmortal.¿El alma no admite la muerte?No.¿El alma es, pues, inmortal?Inmortal.¿Diremos que esto está demostrado o encontráis que todavía le falta algo a la demostración?Está suficientemente demostrado, Sócrates

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/dialogos-fedon-o-de-la-inmortalidad-del-alma-el-banquete-o-del-amor-gorgias-o-de-la-retorica–0/html/0005c9fc-82b2-11df-acc7-002185ce6064_12.html

Pescador, lucero y río: un escrito para cuando te sientas errante

A menudo nos encontramos en encrucijadas, por eso te dejo este texto sobre esos momentos en que necesitamos luz.

Esta mañana me desperté pensando en una canción que le gusta a mi mamá y que cantaba todo el tiempo cuando yo era niña. Aún lo hace.

Cuentan que hubo un pescador barquero que pescaba de noche…

en el río

Esta mañana el recuerdo no tenía mucho sentido para mí. Y de hecho estaba buscando un tema para escribir y no se me ocurría nada.

Que una vez con su red, pescó un lucero y feliz lo llevó, y feliz lo llevó a su bohío.

Aún puedo oírla hablándome de José A. Morales, el compositor, y cantando embelesada:

Que desde entonces se iluminó el bohío
Porque tenía con él a su lucero
Que no quiso volver más por el río
Desde esa noche, el pescador barquero

Hasta esta mañana la canción hablaba de los celos.

Y dicen que de pronto se oscureció el bohío
Y sin vida encontraron al barquero

Porque de celos se desbordó aquel río…

Ya no.

Entró al bohio y se robó el lucero

Tampoco habla de la fuerza de la naturaleza ni de la posesividad, ni de un hombre que le «arrebata» la mujer a otro.

O bueno, en parte sí, pero es más poderoso lo que hoy extraigo de la letra: La vida siempre encontrará la forma de poner las cosas en su lugar. Si estás huyendo de tus responsabilidades, te lo hará saber. Si estás tomando lo que por destino no te corresponde, te lo hará saber.

A menudo nos encontramos en encrucijadas y pensamos que debemos definir nuestra identidad y nuestro rumbo ya. A veces sentimos la presión de tener que saber quiénes somos y para dónde vamos. No hay norte. No hay guía. El resto del planeta parece tenerlo tan claro, el resto del mundo sabe qué quiere, menos nosotros. Espejismos.

He aquí una brújula: Lo que fluye da calma, lo que irrumpe refresca… Una gota en el momento preciso tiene el poder de cambiar el curso de las cosas. Por eso, mientras encuentras tu voz, le subes el volumen o te conviertes en el río, permíteme susurrarte nuevamente:

Entró al bohío y se robó el lucero.

PS: Ojo a esta mujer cantando esta versión tan linda. Obvio es un estilo muy distinto al de la original de Silva y Villalba, pero mis respetos:

Kilometraje

Anoche me soñé que le hacía un cartel a un amigo que no estaba tomando riesgos.

En el sueño la frase era clara: «Los carros que van a 60 kilómetros por hora no están hechos para ir a esa velocidad».

Cuando me desperté, el mensaje no era tan obvio y tuve que anotarlo para digerirlo. Es simple: la velocidad es algo que se impone, algo aprendido, algo establecido por la ley, por el entorno… por algo externo. En realidad, un carro puede ir muchísimo más rápido… está en su capacidad. No obstante, a veces parece que tenemos que ir a la velocidad de los demás para evitar accidentes, para no ser «multados», para no sobrepasar el límite impuesto. En la vida real, el «lento, pero seguro» puede ser una estrategia sabia… o una excusa para no hacer las cosas y arriesgarse.

En el sueño, el letrero que le hacía a mi amigo decía: «Deja la bobada de una vez y atrévete».

Dicen que la mayoría de las veces soñamos con nosotros, no con otros. Entonces no es un mensaje para él, es un mensaje para la parte de él que yo veo en mí. Es un mensaje para la Clara joven, pues es la primera palabra que se me ocurre para describir a mi amigo: ahora que eres joven, hay que atreverse.

¿Hasta cuándo voy a tener que postergar ese pendiente? ¿Hasta cuándo seguiré quejándome por no hacer lo que hace rato quiero hacer? ¿Cuántos letreros y vallas voy a tener que hacerme a mí misma a ver si un día lo entiendo?

Estar en el lugar equivocado

Así como cuando Santos te da una lección…

Me ocurre, quizás con más frecuencia de la deseada, que me aburro fácilmente cuando no tengo resultados pronto, especialmente en el área laboral.

Digamos que esperar no es una de mis cualidades y a menudo, cuando me encuentro en situaciones en las que las cosas no avanzan, me canso y me voy.

He dejado trabajos, casi de la noche a la mañana, por esa misma causa: «aquí nada sale ya… y si sale, sale mal».

«¿Esto ayuda a alguien, aparte del dueño del aviso? La verdad es que no. Apague y vámonos».

En el trabajo actual estoy contenta, pero digamos que ayer recibí un pequeño recordatorio, para que no se me olvide que lo que hago, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia.

El presidente de la República comenzó a hablar. No soy su fan, no me conoce, no lo conozco, no comparto muchas de sus estrategias, pero ayer me dio una lección en la distancia.

Apenas unas horas antes, me habían pedido que revisara unos fragmentos de un documento relacionado con la frontera agrícola, no todo y, por supuesto, no fui la única. Horas después, él lo presentaría como uno de los logros de su gobierno.

Yo no sé si eso sirva en el futuro. No lo sé, porque mi conocimiento frente al tema es limitado. Sin embargo, al mirar la transmisión de su presentación, apareció en la pantalla una foto tomada por uno de mis compañeros. ¡Qué orgullo!

Entonces entendí que lo que uno hace, ya sea barrer la puerta de su casa o dirigir un país, tiene implicaciones, tiene impacto.

Comprendí que, quizás por primera vez, había hecho algo concreto, chiquitito y anónimo, por mi país. ¡Qué alegría y qué bendición!

Estamos, casi siempre y aunque tal vez dudemos, en el lugar correcto.

El instante

¿Estamos en la era digital o en la del garrote?

Todo lo queremos fotografiar. Todo lo queremos registrar. Vamos a un concierto y no cerramos los ojos un segundo para que la música nos transporte. No. Queremos que quede el registro de que estuvimos allí y que lo vivimos.

¿Es esta tendencia nueva? ¿Es acaso culpa de la creciente ola tecnológica que nos bombardea a diario? ¿Es este el narcisismo del siglo XXI?

Tal vez. No obstante, me inclino a pensar que una gran parte de la culpa viene de la necesidad intrínseca de sobrevivir y perdurar. El ser humano desea, secreta o abiertamente, dejar un legado para que otros sepan que estuvo aquí. Se nos olvida que esta experiencia es efímera y que lo que hoy está vigente mañana será un periódico de ayer.

Otra de las causas de esta tendencia es la brecha generacional entre los que nunca lo habían vivido, los que nacieron con ello… y los que vivimos una infancia analógica y una adolescencia digital.

La generación que nunca lo había vivido —la generación de mis padres, tíos y abuelos— se acostumbró a atesorar las veinticuatro fotos del rollo, a no malgastarlas, a no desperdiciar los instantes, a aprovechar el jabón metiéndolo en una media. Nada se desperdiciaba. Es una generación para la que las llamadas eran importantes y se valoraba el tiempo ajeno. Se llamaba para saludar y para pedir favores. La gente iba al punto. Daba pena demorarse… y además costaba.

Mi generación, la del medio, aprendió a tener conversaciones de chat estúpidas del tipo:

—Hola.

—Hola.

—¿Qué más?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

—Quiero contarte de un negocio.

Ya sabemos a dónde termina.

El narcisimo siempre ha existido, lo que pasa es que ahora cambió de medio.

Mi generación, por fortuna, vivió una infancia en la que los instantes se valoraban… en eso ganamos. Pero en la adolescencia también perdimos. Empezamos a propagar la cultura del «corta y pega», y a subrayar cada vez menos los libros.

En mi generación son cada vez más los instantes que se pierden. Esos momentos mágicos que quedaron en un VHS, esas canciones que grabamos en cassette… o, peor aún, esa melodía de cuya existencia ni estamos seguros porque no aparece en Youtube ni en Deezer. Uno es lo que uno vive y cómo lo recuerda.

Aquellos dopados digitales de ahora carecen de la tensión mínima que da valor a las cosas. No experimentan el susto rico de no saber si al malo de la serie lo matan o de si los ladrones se saldrán con la suya, no sé de qué manera disfrutan el instante… rara vez se sorprenden y casi nunca se inmutan.

—Ah, sí. Ya lo vi.

Todo es obvio.

Claro. Todo está en internet.

Pero hay algo que no está en internet: tu experiencia… tú en tu propio pellejo… tú y lo que se siente ser tú cuando hueles ese chorizo que te encanta… tú y los suspiros que salen de ti cuando vez a tu cantante favorito. Tal vez estén tus fotos, tus memes y tus dramas… pero tú no estás en internet.

Quince preguntas a Jesús… o tal vez más.

Un texto que puede rayar en la blasfemia… ¿o no?

Si lo tuviera en frente, quizás me sentaría con un par de vasos de agua —que a las dos de la mañana se convertirían en vino— y sí que probaría su infinita paciencia:

¿Tú decidiste tu destino? ¿La regla aplica para todos? ¿Tú sabías de antemano lo que te iba a pasar? ¿Habías estado aquí en la Tierra antes? ¿Sabías que, después de todo, ibas a resucitar? ¿Crees que la vida es como una cena en la que el picante también es necesario?

¿Por qué crees que los humanos siguen peleando unos con otros? ¿Crees que sus egos quieren darle una lección a los demás? ¿Crees que se trate de superioridad, de poder, de falta de amor propio?

¿Alguna vez te dio curiosidad el sexo? ¿Será que nos mintieron sobre tu castidad? ¿Habrás tenido hijos? ¿Habrá sido verdad todo lo que se cuenta sobre ti? ¿Te habrás enamorado? ¿Habrías discriminado a alguna persona que no tuviera tu condición sexual?

¿Qué opinas de las EPS y el servicio médico? ¿Crees que hay una forma mejor de sanar? ¿Por qué nadie aprendió el truco de revivir los muertos? ¿Será que lo enseñaste y lo olvidamos?

¿Crees que si vivieras físicamente en este siglo, tendrías tu propio canal de Youtube? ¿Crees que la gente se insultaría en los comentarios de abajo? ¿Cómo sería tu perfil de Facebook? ¿Tendrías una foto con Malala? ¿Harías una transmisión por Facebook Live en donde nos explicarías para qué sirve la mirra? ¿Serías tan cool como yo creo que eres realmente?

¿Nos enseñarías a ser tolerantes con gente que no opina o es como nosotros (en mi caso Trump y la Tigresa del Oriente)? ¿Me dirías cómo ser más paciente con los niños hiperactivos?

¿Les dirías a las mujeres que vuelven con sus maltratadores que te entendieron mal eso de «poner la otra mejilla», y que más bien tú querías que el que estuviera libre de pecado lanzara la primera piedra?

¿Tomarías conmigo juguito de Cosechas o me acompañarías en la cocina en algún intento fallido de hacer el almuerzo? ¿Por qué no hiciste a los pollitos de cuatro patas? (Sé que suena cruel, pero son ricos) ¿Todo el mundo tiene que ser vegetariano? ¿Me querrías más si lo fuera? ¿Qué comías en tus tiempos? ¿Es cierto que la razón por la que volverás es para probar las empanadas? (Ay, no me juzguen, yo lo haría).

¿Me corregirías la puntuación y me sugerirías mejores palabras? ¿Me mostrarías lo que sí escribiste o aún no hemos tenido acceso a ese conocimiento porque «suficiente con las peleas con la Biblia»? (Porque nadie sabe a ciencia cierta qué tan veraces son los supuestos evangelios según María Magdalena o los redactados por ti… y tampoco creo que los «oficiales»).

¿Me dirías todas aquellas cosas que he olvidado de mí? ¿Me amarías como soy: infantil y grosera? ¿Podría amarte como eres… afro, LGBTI, hombre, mujer, anciano, niño, niño mamón, académico, ilustrado, analfabeta, amarillo, musulmán, testigo de Jehová que me levanta los domingos? ¿Podré dejar de culparte por las bobadas que hago como humana y las decisiones que tomo a diario? ¿Podré verte en las cosas pequeñas, en los amaneceres y en los atardeceres? ¿Podré tratar de no juzgarte? ¿Podré mirarme al espejo un día y parecerme un poco a lo mejor de ti sin perder lo que soy ni querer superarte? ¿Podré?

La mancha púrpura o cómo corregir lo incorregible

Tenía trece o catorce años cuando cambiaron al profesor de historia del arte. El que llegó era un «cuarentón de diecinueve» con el pelo revuelto y actitud de John Lennon. Creo que nos pidió que pintáramos con acuarelas, si mi memoria no me traiciona. Podíamos crear lo que quisiéramos, pero el cuadro tenía que ser cubista. Y como lo mio nunca fue pintar, se me ocurrió que lo más cuadrado en que podía pensar era un reloj. Bien pude haber creado una figura humana, pero sabía que la vía fácil era algo que en sí ya escondiera el cubo. Así que hice un reloj horrible.

Y no, no lo digo porque fuera mío, sino porque era simple. Simple y sin sabor. Supuse que lo arreglaría, como casi todo en mi vida: después. Asumí que algo maravilloso ocurriría y que, como los gatos, que siempre caen de pie, la nota del reloj iba a ser aceptable.

«¿No que en el arte no se juzga? ¿No que hay que ser muy creativos? Pues si me pone mala nota, que se joda. Yo usaré mis argumentos y que me diga si no es cubista mi reloj de mierda».

Y entonces le puse color. Rellené el cuadro de verde y de un azul inmundo. Cuando llegué al reloj, lo pinté de amarillo para que resaltara, con la vaga esperanza de que le diera vida a un diseño insulso. Y todo funcionó, hasta que se me derramó una tinta morada en el reloj. La mancha de Ecolin no quitaría con nada, y además era obvia con el fondo amarillo.
«Reloj con mancha… ¿Cierto que le queda bien el nombre? Me suena a aquellos nombres pretenciosos como «Esto no es una pipa» o «Naturaleza muerta con zapato viejo». Soy toda una artista. Y si dice que no le gusta, soy muy avant-garde… Lo que soy es una incomprendida que vive en el siglo 23… Estoy adelantada a mi tiempo. Nadie entiende mi arte. ¡Oh! Sois todos unos guarros y bellacos».
—Es cierto que es un poco plano— dijo—. Pero me llama mucho la atención por la mancha. Esa mancha morada es lo que más me gusta. Te voy a poner B+ por atreverte.
La máxima calificación era una A+. En realidad, era muchísimo más de lo que yo esperaba. Ahora sé que en el momento la cosa no fue más que una chiquillada, una travesura de colegio, pero que me enseñó más que muchas horas en la universidad: «En la vida, nadie recordará tus relojes perfectos y cuadrados. Nadie se acordará de lo que otros te pidieron que hicieras. Por el contrario, todos recordarán las victorias casuales, la belleza inesperada… Las profundas manchas púrpuras sobre fondo amarillo».
Un año después, el mismo profesor me enseñaría que en algunas religiones de oriente existe la creencia de que elegimos nuestra vida y nuestra profesión justo antes de bajar a la Tierra. Dos años después, me preguntaría una y otra vez por qué no fui aceptada en el conservatorio. Ahora sé que tal vez habría sido un reloj amarillo sin mancha, sin rebeldía alguna.
Yo no podía entender que lo hubiese elegido a él como maestro… Y aún así volví a elegirlo a los quince, cuando aún pensaba que iba a estudiar música.
«Las niñas que quieran podrán elegir un énfasis en ciencias; quienes vayan a estudiar ingeniería, hay una clase especial de matemáticas; y quienes vayan a ser de humanidades, hay una opción en el énfasis de lengua. Ah… por supuesto, también está el énfasis de artes».
Una elección muy difícil para no equivocarse cuando llegara la hora de pagar la carrera… Pero no me arrepiento —ahora—; porque cuando vi el trabajo de grado de las de lengua me pregunté por qué no había hecho un noticiero con ellas, en vez de estar perdiendo el tiempo con las seis hippies del énfasis de artes.
Insisto: ahora no me arrepiento. El profe nos pidió que empezáramos una bitácora con la esperanza de que cada una dibujara o, en mi caso, compusiera. Nos enseñó los conceptos base de la composición y uno que otro detalle sobre la armonía; en fin, definiciones que se aplican a cualquiera de las artes. Durante esos seis meses, jamás toqué la viola ni cogí un pincel. Debí saber que la pista más grande de mi destino era que no me despegaba de esa bitácora para nada y que la llevaba siempre dondequiera que iba. Ese cuaderno se volvió mi diario personal y mi espacio para pensar y repensar la escritura. Gracias a él, he podido ajustar un poco la lente con la que hoy miro al mundo.
A veces pienso que aún falta mucho, pero que parte de lo que soy se lo debo a ese maestro. Dos años después, él sería también profesor de mi padre, así que tal vez creo que sí lo escogí… Así como tal vez, escogí que las manchas púrpuras marcaran mi vida, y no los relojes amarillos.