Peleando con la lista de pendientes: Reflexiones de final de año

En el capítulo de hoy, queridos sobrinis, exploramos las complejidades de la productividad al final del año. Reflexionamos sobre tareas inconclusas, negociaciones internas y la búsqueda de alineación energética. Acompáñenme a ver esta triste historia.

Diciembre 29, 2023 4:38 p.m.

Hay un par de cosas que he tratado de hacer antes de que se acabe el año, pero no han fluido: se me traba el computador, me llama alguien, me distraigo… No ha sido falta de voluntad… creo.

En este punto me he preguntado varias veces si será que no conviene, si existe lo que llamamos «Voluntad de Dios» o si lo que realmente quiero es justificar mi pereza. A veces me ocurre que simplemente no estoy alineada —aún— energéticamente con la tarea… así como cuando dejé quieto el blog hasta que volví a conectarme con el «para qué» y un día simplemente lo retomé.

A ver, no es que ahora tenga que esperar a sentirme lo suficientemente alineada con lavar la loza para hacerlo, pero me pasa con frecuencia que si fuerzo alguna tarea que no está fluyendo, al final sale mal y me toca repetirla.

Todo esto para decirles, sobrinis, que tampoco es tan grave no haber terminado algo en este año. No justifico las elecciones perezosas ni creo que dejar pendientes deba volverse la norma; sin embargo, sí creo en que hay días en que uno debe negociar consigo mismo e incluso reprogramar o cancelar actividades. Por lo pronto, feliz año y no se excedan con los buñuelos… ¡compartan con su tía Clari!

O compartan esta vaina con su amiguis psicorrígido #Salva a tu amigo Capricornio (mentira juaaa). Lo que se hizo, se hizo.

¿Hay vida después del WhatsApp?

Érase una vez el WhatsApp pero tuve que matarlo.

Así sucede. A veces hay cosas a las que les damos demasiada importancia y, al final, como casi todo en la vida, no la tienen.

Esta es la historia de todo lo que pensaba que iba a pasar y nunca pasó.

Queridas sobrinas:

Corría el año _____ (no lo voy a poner para que no hagan cuentas y deduzcan en dónde trabajaba, aunque tal vez ya las hicieron). Yo tenía el mejor jefe, el mejor grupito de compañeras y mi mayor preocupación era pensar qué pedir de domicilio en el celular. Era feliz y no lo sabía. Por supuesto, estaba en uno que otro grupo de WhatsApp: notificaciones silenciadas en la mayoría y tranquilidad total porque nada perturbaba mi paz.

Hasta que un día me cambiaron de jefe y los grupos que al principio solo eran de risas, juegos y diversión, pasaron a ser de quejadera, mensajes después de las 6 de la tarde y hastío total. Me empecé a desesperar.

Todos saben que una Clara desesperada es una criatura peligrosa porque comienza a desesperar al resto. Si me metes una idea constructiva en la cabeza, puedo ser la persona más creativa, linda y buena gente del planeta… pero con serpientes en mi cabeza, solo destilo veneno puro.

Semana tras semana mi grupito de amigas y yo resistíamos en un chat privado. Reírnos de nosotras mismas y de las cosas que nos pasaban era la única arma que teníamos para soportar la situación y hacernos la vida un poquito más llevadera.

Hasta que la olla a presión explotó y las hicieron ir a trabajar un sábado.

Por fortuna, me libré. Pero no se necesitaba tener una bolita de cristal para poder anticipar lo que nos esperaba. Sabía que, apenas pudiera, había que saltar de ese tren en movimiento. Entonces empecé a maquinar yo con yo:

—Debe haber alguna forma para que no me afecte.

—¿Y si renunciamos?

—¿Y de qué vamos a vivir, amigui?

—¿Y si vendemos nuestro cuerpecito y nos vamos a vivir a Timboktú?

—Si tan solo pudiéramos mantener el contacto solo dentro de los términos estrictamente necesarios… ¿pero cómo?

Y pasó mucho tiempo hasta que un día el papayazo vino por casualidad y se murió Facebook por un día.

Ese día todo el mundo fue feliz en esa oficina. Bueno, más o menos. En realidad muchos tenían miedo de la cantidad de mensajes que iban a tener al final del día en el dichoso grupito del trabajo. Pero yo no.

Descargué otra aplicación y santo remedio.

—¿Santo remedio? No exactamente, amigui. Te estás olvidando de contarles a tus sobris que realmente el primer pensamiento fue «Me van a echar».

Efectivamente. Se me pasaron todo tipo de ideas por la cabeza:

«Me van a echar».

«En el trabajo van a empezar a preguntar que por qué me salí, que si estoy brava, que si me meten otra vez al grupo, que no les salgo, que ahora cómo nos vamos a comunicar…»

«Mis amigas no me van a volver a hablar».

«Mi familia va a pensar que estoy molesta».

«Me van a echar».

«Pero a ver: ¿De verdad te pueden echar? ¿Legalmente pueden hacerlo? ¿Qué van a hacer? ¿Obligarte a instalar la aplicación y pagarte el plan de datos?».

«Teams y sale. Al que le gustó, le gustó. Y al que no, que llore. La entidad está pagando una licencia. Si se quieren comunicar conmigo, pues que utilicen los medios oficiales: me van a tener que escribir al correo, me tendrán que mandar chats por Teams o pues que me llamen, cuidado se gastan el minuto».

Pasó una semana.

Nada.

Pasó un mes.

Nada.

Escasamente un par de amigas me preguntaron que qué había pasado.

Muchos pensaron que de verdad era una pataleta y que volvería… que la presión social me haría volver.

Nunca pasó.

Pero lo que sí me enseñó esta experiencia es:

1. Que muchas cosas solo ocurren en tu mente… y nunca pasan en la realidad.

2. Que la gente que realmente te quiere en su vida, hará lo que sea para que estés: mis papás y mi novio descargaron la otra app, algunos amigos optaron por llamarme, yo comencé a buscar a la gente que realmente me importaba y nadie se murió. ¿Que le hago mucha falta? Pues ahí está el teléfono y los mensajes de texto. Déjese ver con una empanada y ya. Soy una mujer de placeres sencillos. ¿Que me hace mucha falta? Pues buscaré la forma de encontrarlo, verlo o comunicarme con usted. Simple.

3. Que algunas conexiones eran una mera ilusión. A veces en lugar de decirle a alguien «Hola, ¿te puedo marcar para saludarte?», terminaba teniendo conversaciones vacías por escrito que me llenaban más de soledad.

4. Que lo que ves en redes es un espejismo: la gente tiene tanto miedo a la soledad que se muestra siempre rodeada de otros y su forma de sentir compañía es un teléfono que los hace sentir como que siempre van a ser escuchados.

5. Que las peores noticias son las que más rápido se saben. Y los triunfos de otros también se difunden pronto. No me iba a perder de nada. En el hipotético caso en el que necesite saber el marcador de un partido, cosa que no creo que ocurra, se lo puedo preguntar a la persona de al lado. No pasa nada. Desde que los griegos inventaron la maratón al anunciar una victoria de una guerra, no hay nada realmente urgente, todas las urgencias nos las hemos inventado los humanos para justificar que un día nos vamos a morir y que ese día podría ser hoy. Meh. Y si fuera hoy, pues tampoco sería tan urgente.

¿Se va a morir Rubén?

Nadie se muere en la víspera… pero, ¿uno sí podrá estar preparado?

«Abel Antonio no muere todavía, Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite».

Abel Antonio Villa

Anoche yo salí de cine decepcionada de la vida. Quizás es porque me gustó bastante la película —y no es sarcasmo, en serio me gustó— o porque tal vez le hice una lectura que no sé si otros le hicieron. Aquellos a los que les faltaron datos, los que necesitaban biografía… poco entendieron de la película. Esta no es una peli de su vida, como otros creen, esta es una señal muy clara de su muerte.

Rubén anoche nos lo dijo y no sé si aún somos capaces de digerirlo. Rubén se va a morir, se está muriendo.

Pura especulación mía, lo sé. En ninguna parte de la película lo dice. Yo solo lo sentí.

Rubén Blades nos gritó, desde la escena uno hasta la última, que se va a morir y necesita dejar todo ya en orden. Habla de la fatalidad como instrumento para hacer las cosas. Habla, sin decirlo, de que no quiere ser recordado como un tipo incoherente —porque además para nada lo es—, y nos pide además que recordemos que ya es inmortal.

Creo que uno, en la cúspide de su carrera, debe dejar registro de lo que hizo para que a alguien le sirva, así sea solo a uno y a su conciencia humana. Como dice, palabras más, palabras menos, Rubén… sin arrepentimientos, porque solo el que no ha vivido tiene de qué arrepentirse. El que no hizo lo que quiso tiene miedo a la muerte, porque sabe que la hora llega y nunca terminó ni la mitad de la tarea.

Decía Gabo, en 1996,  después de que le diagnosticaran cáncer: «Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde».

Y es que una autobiografía es un regalo al mundo… pero sobretodo es un regalo a uno porque le permite recordar que no lo hizo del todo mal. Y no es para limpiarse la conciencia, se los aseguro, ese no es ni de lejos el caso de Rubén y menos el de Gabo; es para que los otros superen pronto la idea de su muerte, porque en realidad el alma es inmortal, así como una vida bien vivida.

Los grandes de los grandes empacan la maleta, son precavidos. Gabo empezó a empacarla con Vivir para contarla (2002) y luego recontando una historia ajena que siempre quiso contar, a su manera: Memoria de mis putas tristes (2004). Eso es como grabar una canción que no es de uno, pero a la que ha amado siempre en el silencio. Pregúntenle a Bunbury qué habrá sentido al hacer su versión de Aunque no sea conmigo.

Por cierto, siempre he pensado que la mejor novela de Gabo no es ninguna de sus novelas (What?) , sino su autobiografía [Entre otras cosas, porque Vivir para contarla no es solo una historia, es una declaración, es un propósito de vida, es el resumen en una línea de lo que vino a hacer ese man aquí en la Tierra]. Y la razón es que nadie —salvo él mismo— podría decir que los sucesos fantásticos que cuenta no son completamente ciertos. Si algo nos enseñó Gabito en ese largo cuento, porque eso es, es que después de cierto tiempo los recuerdos se vuelven tan difusos que uno tiene que traslaparlos con la fantasía… y que la realidad supera la ficción. Los testigos ven la casualidad como algo que les pasa por el frente. A Gabo la casualidad lo atropellaba.

Y así.

Cuando se aseguró de que todos lo teníamos claro, Gabo se fue, podría decirse, en paz. Esto es propio de alguien próximo a la inmortalidad, que sabe que después de su muerte la gente hablará bien y mal de él, y no estará presente para defenderse… o corroborar sus pilatunas.

Sé que la fatalidad y el morir joven son algunas de las cosas que caracterizan a muchos de los grandes. Y también sé que todos nos vamos a morir, pero no encuentro aún la forma de procesar esta idea con Rubén.

En fin. Tengo la sensación de que anoche asistimos, de manera colectiva y hasta inesperada, a un funeral adelantado. Ojalá me equivoque. Ojalá sea yo la fatalista. Ojalá no sea cáncer. Ojalá.

Kilometraje

Anoche me soñé que le hacía un cartel a un amigo que no estaba tomando riesgos.

En el sueño la frase era clara: «Los carros que van a 60 kilómetros por hora no están hechos para ir a esa velocidad».

Cuando me desperté, el mensaje no era tan obvio y tuve que anotarlo para digerirlo. Es simple: la velocidad es algo que se impone, algo aprendido, algo establecido por la ley, por el entorno… por algo externo. En realidad, un carro puede ir muchísimo más rápido… está en su capacidad. No obstante, a veces parece que tenemos que ir a la velocidad de los demás para evitar accidentes, para no ser «multados», para no sobrepasar el límite impuesto. En la vida real, el «lento, pero seguro» puede ser una estrategia sabia… o una excusa para no hacer las cosas y arriesgarse.

En el sueño, el letrero que le hacía a mi amigo decía: «Deja la bobada de una vez y atrévete».

Dicen que la mayoría de las veces soñamos con nosotros, no con otros. Entonces no es un mensaje para él, es un mensaje para la parte de él que yo veo en mí. Es un mensaje para la Clara joven, pues es la primera palabra que se me ocurre para describir a mi amigo: ahora que eres joven, hay que atreverse.

¿Hasta cuándo voy a tener que postergar ese pendiente? ¿Hasta cuándo seguiré quejándome por no hacer lo que hace rato quiero hacer? ¿Cuántos letreros y vallas voy a tener que hacerme a mí misma a ver si un día lo entiendo?

Estar en el lugar equivocado

Así como cuando Santos te da una lección…

Me ocurre, quizás con más frecuencia de la deseada, que me aburro fácilmente cuando no tengo resultados pronto, especialmente en el área laboral.

Digamos que esperar no es una de mis cualidades y a menudo, cuando me encuentro en situaciones en las que las cosas no avanzan, me canso y me voy.

He dejado trabajos, casi de la noche a la mañana, por esa misma causa: «aquí nada sale ya… y si sale, sale mal».

«¿Esto ayuda a alguien, aparte del dueño del aviso? La verdad es que no. Apague y vámonos».

En el trabajo actual estoy contenta, pero digamos que ayer recibí un pequeño recordatorio, para que no se me olvide que lo que hago, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia.

El presidente de la República comenzó a hablar. No soy su fan, no me conoce, no lo conozco, no comparto muchas de sus estrategias, pero ayer me dio una lección en la distancia.

Apenas unas horas antes, me habían pedido que revisara unos fragmentos de un documento relacionado con la frontera agrícola, no todo y, por supuesto, no fui la única. Horas después, él lo presentaría como uno de los logros de su gobierno.

Yo no sé si eso sirva en el futuro. No lo sé, porque mi conocimiento frente al tema es limitado. Sin embargo, al mirar la transmisión de su presentación, apareció en la pantalla una foto tomada por uno de mis compañeros. ¡Qué orgullo!

Entonces entendí que lo que uno hace, ya sea barrer la puerta de su casa o dirigir un país, tiene implicaciones, tiene impacto.

Comprendí que, quizás por primera vez, había hecho algo concreto, chiquitito y anónimo, por mi país. ¡Qué alegría y qué bendición!

Estamos, casi siempre y aunque tal vez dudemos, en el lugar correcto.

El instante

¿Estamos en la era digital o en la del garrote?

Todo lo queremos fotografiar. Todo lo queremos registrar. Vamos a un concierto y no cerramos los ojos un segundo para que la música nos transporte. No. Queremos que quede el registro de que estuvimos allí y que lo vivimos.

¿Es esta tendencia nueva? ¿Es acaso culpa de la creciente ola tecnológica que nos bombardea a diario? ¿Es este el narcisismo del siglo XXI?

Tal vez. No obstante, me inclino a pensar que una gran parte de la culpa viene de la necesidad intrínseca de sobrevivir y perdurar. El ser humano desea, secreta o abiertamente, dejar un legado para que otros sepan que estuvo aquí. Se nos olvida que esta experiencia es efímera y que lo que hoy está vigente mañana será un periódico de ayer.

Otra de las causas de esta tendencia es la brecha generacional entre los que nunca lo habían vivido, los que nacieron con ello… y los que vivimos una infancia analógica y una adolescencia digital.

La generación que nunca lo había vivido —la generación de mis padres, tíos y abuelos— se acostumbró a atesorar las veinticuatro fotos del rollo, a no malgastarlas, a no desperdiciar los instantes, a aprovechar el jabón metiéndolo en una media. Nada se desperdiciaba. Es una generación para la que las llamadas eran importantes y se valoraba el tiempo ajeno. Se llamaba para saludar y para pedir favores. La gente iba al punto. Daba pena demorarse… y además costaba.

Mi generación, la del medio, aprendió a tener conversaciones de chat estúpidas del tipo:

—Hola.

—Hola.

—¿Qué más?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

—Quiero contarte de un negocio.

Ya sabemos a dónde termina.

El narcisimo siempre ha existido, lo que pasa es que ahora cambió de medio.

Mi generación, por fortuna, vivió una infancia en la que los instantes se valoraban… en eso ganamos. Pero en la adolescencia también perdimos. Empezamos a propagar la cultura del «corta y pega», y a subrayar cada vez menos los libros.

En mi generación son cada vez más los instantes que se pierden. Esos momentos mágicos que quedaron en un VHS, esas canciones que grabamos en cassette… o, peor aún, esa melodía de cuya existencia ni estamos seguros porque no aparece en Youtube ni en Deezer. Uno es lo que uno vive y cómo lo recuerda.

Aquellos dopados digitales de ahora carecen de la tensión mínima que da valor a las cosas. No experimentan el susto rico de no saber si al malo de la serie lo matan o de si los ladrones se saldrán con la suya, no sé de qué manera disfrutan el instante… rara vez se sorprenden y casi nunca se inmutan.

—Ah, sí. Ya lo vi.

Todo es obvio.

Claro. Todo está en internet.

Pero hay algo que no está en internet: tu experiencia… tú en tu propio pellejo… tú y lo que se siente ser tú cuando hueles ese chorizo que te encanta… tú y los suspiros que salen de ti cuando vez a tu cantante favorito. Tal vez estén tus fotos, tus memes y tus dramas… pero tú no estás en internet.

Diez pasos para perder la paz o el síndrome del mico apenado

Lecciones aprendidas y más lecciones aprendidas…

I

—Lo siento, señorita, pero, si no tiene los dos decodificadores, no le puedo hacer la instalación de la televisión.

—Esto es el colmo, señor. Yo sé que usted no tiene la culpa, pero estoy segura de que yo devolví ese aparato hace un montón de tiempo, porque mi vecina del tercer piso sacó otra cuenta aparte, pero también con ustedes.

—¿Y usted tiene algún comprobante de esa devolución?

—Pues aquí no, pero me imagino que en la casa donde vivía antes sí. Me tocaría ir a buscar el papel.  Hagamos una cosa: mi mamá se queda aquí, y yo voy y busco el comprobante. ¿Me necesitan para firmar algo?

—Pues… yo voy a llamar mientras tanto y, si me autorizan, hago la instalación. Si no, tendríamos que reprogramar la visita.

—Ma: Si me necesitas para cualquier cosa, me llamas.

II

—¿Aló?

—Clarita, ya el señor se va.

—Pero, espérate. Acabo de encontrar el papel. Déjame te lo mando al Whatsapp y se lo muestras.

—Me dice que el número de serial no coincide y que tienes que ir personalmente a llevar el papel al centro de servicio.

—¿Qué? ¡No puede ser posible! ¡Estos operadores son lo peor! ¿¿¿Entonces me quedo sin internet, ni televisión ni teléfono???

—Pues, por lo pronto, me dice que no le autorizan la instalación.

III

«Tienen güevo». «Es que son unos hijueputas». «He debido regarme como una placera y fijo, fijo, ahí sí me atienden…» «Pero pues el man al fin y al cabo nada qué ver, porque él solo sigue órdenes, ¿no?» «Qué mierda de sistema…» «Ni teniendo el papel uno puede defenderse…» «He debido aprovechar y cambiarme de operador…» Y cuidadito lo atienden a uno por teléfono». «¿Y qué tal que me vaya para el centro de servicio y allá me digan que no me atienden? Porque así son…» «Igual allá también me pueden decir «Ay, no, señorita. El sistema me registra que usted no ha entregado el decodificador» «No me digas»» «Tienen güevo…» «Tienen güevo…» «Tienen güevo…».

IV

—Mi amor, ¿ya vinieron a instalarte el internet?

—Ash. Ni me hables de eso que tengo piedra.

—Voy a pasar por tu casa. Ya nos vemos.

V

—¿Y tú estás segura de que entregaste el decodificador?

—Sí. Me dijeron que fuera con el comprobante al centro de servicio, pero no voy a ir hasta no saber en cuál de todos atienden ese caso específico y los horarios. Estoy esperando a que el celular cargue un poquito y llamo. Y si puedo, voy hoy mismo. Qué piedra.

IV

Mensaje de Whatsapp a las vecinas:

Chicas, ¿cierto que hace como tres años yo entregué los decodificadores y ustedes sacaron una nueva línea?

VI

—Amor, mientras carga tu celular, llama del mío.

—Vale.

VII

—Bienvenido al centro de servicio. Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3.

(Marca 2)

—Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3.

(Marca 3)

—Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3. Para «algo, algo, algo», presione 4.

(Ya con la vena brotada, marca 4).

—Centro de servicio de Tal cosa. Habla Fulanita. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes, Fulanita. Lo que sucede es que bla, bla, bla… y entonces el decodificador bla, bla, bla… y entonces bla, bla, bla.

—Permítame verifico en el sistema.

Dos minutos después.

—¿Tiene el número de su decodificador?

—Sí, señorita. Es el 123456789OdioATuCompañíaXYZ.

—Permítame verifico en el sistema.

Tres minutos después.

—Gracias por su espera en línea, señora Clara. Bla, bla, bla. Bla, bla, bla. Y entonces debe acercarse a un centro de servicio. Si gusta le puedo indicar la dirección y el horario del más cercano.

—Bueno.

—Bla, bla, bla. Bla, bla, bla.

Veinte minutos después.

—Gracias, hasta luego.

VIII

—Pues sí. Me toca ir. Voy a mirar si ya cargó el celular, y me voy para allá. Hijueputa vida.

—Ush, mi amor, pero tranquila.

—Es que es el colmo. Tengo mucha piedra.

IX

Chat de Whatsapp con las vecinas:

—Chicas, ¿cierto que hace como tres años yo entregué los decodificadores y ustedes sacaron una nueva línea?

—Clari, acuérdate de que dijimos que tú pagabas la televisión, y yo el Netflix. El decodificador que yo tengo es el tuyo.

X
🙈«Procura que tus palabras sean dulces y suaves… por si algún día tienes que tragártelas».

Esto es lo que hay…

Hay gente que es como los gatos: siempre caen de pie…

A menudo pensamos que tenemos que decidir lo correcto siempre. Muchas veces creemos que la decisión correcta es aquella que la mayoría de gente cuerda tomaría… la opción más segura, la más lógica…

Aquella vez que decidí devolverme a mi país en vez de quedarme en el extranjero con un excelente salario… o cuando perdí un trabajo importante en otra ciudad y, como ya tenía los tiquetes, me fui de paseo sin plata… o cuando he comprado cosas por impulso… casi siempre que pienso que soy el colmo de la irresponsabilidad, adivinen, me va bien.

No sé si me va bien porque Dios cuida más a sus borrachitos, porque soy muy de buenas, porque le saco chiste a todo o porque definitivamente siempre hago lo que me da la gana. El caso: siempre caigo de pie como los gatos. Y casi siempre al «Tin, marín, de dó, pingué». Debe ser que me gusta la adrenalina, parce.

Siento que a veces se disfrutan más aquellas victorias que se acompañan de utopías. Los humanos anhelamos el momento de vencer lo imposible, el instante de la causalidad misma, el segundo en el que todo se detiene y las cosas resultan en un final inesperado. Claro, dejar que la vida lo sorprenda a uno no es lo mismo que permitir que se lo lleve a uno por delante, como un tren que atropella al pelotudo que se queda mirándolo venir —Tampoco—, pero sí mirar esas encrucijadas como oportunidades para una buena historia de la cual te reirás en el futuro.

Nada más triste que llegar a viejo sin tener nadita qué contar, qué oso que lo único que tengas que mostrarle a tus nietos sean las selfies que te tomaste en el baño… teniendo un mundo tan grande para conocer.

La autenticidad verdadera está en quitar algunos de los filtros a nuestras acciones y constructos mentales. Al que le guste la foto como es, pues que la acepte. Así soy, ¿y qué? Espacios para meterme en el papel que «debo ser» sí que sobran. Para ser seria existen las oficinas, las universidades, las ponencias (¿Quién se inventó las ponencias?), los hospitales (a los que iré cuando esté arrugadita), los ataúdes (en los que tarde o temprano acabaremos)… Pero esto es lo que hay: sabrosura, guachafita y chistes flojos.

Té para uno

Ignoro cómo se bebe el té en el Reino Unido o en Japón, lo cierto es que…

Hace unos días tenía ganas de un té, pero me poseía mi ya conocido y bienamado espíritu de la pereza. Así que, para evitar tener que pararme innecesariamente de mi escritorio, cometí la equivocación de buscar un cronómetro virtual con las palabras «online tea timer», en vez de solamente «online timer».

Para mi sorpresa, al parecer hay varias páginas de cronómetros según el tipo de té. Según lo que vi, del tiempo que uno debe dejar reposar la bolsita de té, depende que el sabor «se expanda» o «se contraiga»… se concentre en mayor o menor medida… que florezca.

Se me ocurre que el mismo principio aplica para todo. Si uno va por la vida corriendo para tomarse el té de afán, quizás no le dé tiempo para que el aroma y el sabor se asienten. Si va demasiado relajado, cuando menos piensa, las cosas se ponen intensas.

Ignoro cómo se bebe en el Reino Unido, en la India o en Japón ─supongo que debe ser toda una ceremonia─, y tampoco sé si lo más correcto es retirar la bolsita, porque según leí hay toda una discusión entre dejarla o no… el hecho es que, como en la maduración de los quesos o los vinos: siempre hay un tiempo adecuado.

No vale la pena apresurar los procesos, ni los amargos, ni los dulces. Habrán sabores que anhelemos volver a sentir, y otros que no desearemos probar nunca más. Habrán tazas de té que beberemos con ansias, y otras que jamás terminaremos. Habrán bolsitas que reutilizaremos y tazas sin terminar que lavaremos… todo en un ciclo interminable de experiencias… todo en un instante efímero que conocemos como vida: un vapor cálido y volátil que se escapa rozándonos los dedos.

Deudas en tacones

Tenía lindos tacones, una úlcera gigante y…

Al parecer, hay días que parecen no acabarse… días en que solo quieres llegar a la casa, meterte en las cobijas, quitarte el sostén y tomar algo caliente.
Es tanto el cansancio del día y ha sido tan grande el estrés que sientes que no vas a acabar lo que tienes que hacer en el tiempo en que debes. Debes. Le debes al uno, le debes al otro… le debes tiempo, le debes tareas… y a veces le debes dinero. Tal parece que hay más deudas de las que puedes pagar… y seguimos pagándolas aún cuando ya estamos en la siguiente tarea. Las deudas energéticas son las peores. Uno sigue pensando en el asunto y dándole más vueltas de las necesarias… botándole corriente, prestándole atención. Ojo al verbo: prestándole… y tal parece que eso que se prestó jamás será devuelto.
Entonces uno necesita recargarse. Y es cuando come de más para obtener energía… o duerme mucho… o no duerme, porque toda se le va. No hay que ser médico ni científico para saberlo. Cualquier desbalance del cuerpo pasa factura.
De un tiempo para acá, parece que hemos olvidado nuestra obligación de hacernos felices a nosotros mismos y de que el deber (sea de deuda o de obligación) es con nosotros primero. Hay que hacer feliz al marido, a los hijos, al jefe, a los clientes, a los hermanos, a la familia, a los amigos y también a los enemigos. Todos quieren algo de mí y lo quieren para ayer… Y no es queja. Me encanta tener varios roles, muchos de ellos los elegí porque me hace feliz ser como soy y que hagan parte de mi vida. Pero cuando uno le da más tiempo a cualquier faceta de su vida diferente a la de ser uno, entonces algo no está del todo bien. Sobre todo en el área laboral. No digo que no hay que trabajar, pero la EPS, los medicamentos y el tiempo perdido no me los va a pagar ni el jefe ni la empresa para la cual estoy haciendo plata… Termina uno cumpliéndole los sueños al dueño del aviso, ¿y el aviso de uno qué dice? ¿“Se arrienda”?
Así que hoy, en contra de todo lo que tengo por hacer, decidí sacar un tiempo para un té con mi mamá… y para escribir. Y bueno, lo que se hizo hoy, ya se hizo. Mañana veremos cómo cumplir con la responsabilidad sin tener que sacrificar la vida. Después de todo, lo último que quiero en mi epitafio es “Tenía lindos tacones, una úlcera gigante y un carácter de mierda”.