Eso: la decadencia de lo humano

«Definitivamente, no es humano», pensé. Entonces, ¿cómo sabemos qué lo es?

—¿Ustedes cómo ven a ese personaje?, preguntó alguien ayer en el club de lectura. Se refería claramente a Jean Baptiste Grenouille, protagonista de la novela El perfume: historia de un asesino.

«Definitivamente, no es humano», pensé. «Quizás tenga apariencia humana, pero en el mundo ficcional, y quizás más frecuentemente en la realidad, las apariencias nos engañan una y otra vez: por desgracia, no todo lo que parece humano resulta serlo».

¿Entonces cómo podemos definir a una criatura que se ve como humano, habla como humano, pero que carece de todo rasgo de humanidad? ¿Es acaso un robot? ¿Es tal vez un animal? ¿Es quizás un Meursault, protagonista de la novela El extranjero?

No. El robot tiene reglas, reglas instituidas por el humano y cuyo único fin es proteger a otros humanos. El animal tiene instinto. Si se comporta según unas reglas que no corresponden a las nuestras, esto solo puede deberse a su naturaleza, mas no al deseo en sí de hacer daño… hasta donde sabemos. ¿Y un hombre indiferente por excelencia como Meursault? Jamás. ¿Un hombre que no llora ni en el funeral de la mamá? De nuevo la ficción… No significa que no sufra.

¿Entonces qué nos diferencia de todo lo que no es humano?

¿Es acaso la risa… el llanto… la sensibilidad… la capacidad de maravillarnos por el entorno… el poder de creación que cada uno lleva dentro?

Grenouille jamás reía… y creo que tampoco lloraba. No obstante, tenía plena de su poder creador porque buscaba el grial de los perfumes, era sensible ante ellos… pero su objetivo no era desarrollarse como humano por medio de su creación. Todo lo contrario, su motivación era la búsqueda de la grandeza por sí misma. Ser grande, ser adorado, ser idolatrado… ¿ser amado?

Quizás, eso es lo que nos hace perder la humanidad. No solo es el deseo de obtener las cosas pasando por encima del que sea, sino que como consecuencia de todos nuestros actos aquella sensibilidad que nos caracteriza, se esfuma ante el dolor ajeno. La usamos para compadecernos de nosotros mismos… para crear una belleza suprema que no nos pertenece, para sentirnos mucho más que los demás, únicos dioses y dadores de vida, sin los cuales el universo no podría funcionar.

¿Habría cambiado el personaje si alguien le hubiese mostrado el mínimo de humanidad que nunca recibió ni aún en el vientre de su madre? Lo ignoro. ¿Cómo juzgarlo si es que no puede dar de lo que nunca recibió? ¿Cómo no repudiar sus actos infames?

Vamos de la ficción a la realidad. En tiempos de paz y de reconciliación, ¿seremos capaces de perdonar al individuo y repudiar sus acciones?

La plaza del elefante de cabeza

He tomado una decisión: Me voy a vivir a la plaza del elefante de cabeza.

—He tomado una decisión: Me voy a vivir a la plaza del elefante de cabeza.

—¿Y dónde queda eso?

—En cualquier sitio donde se pueda ser un pájaro rebelde.

 

Junio 23, 2017

«En aprender a pintar como los pintores del renacimiento tardé unos años;

pintar como los niños me llevó toda la vida».
Pablo Picasso

Escribo estas líneas en algún lugar de la Mancha… literalmente por la carretera que va de Madrid a Salamanca. Pienso, quizás como en algunas ocasiones previas ya lo he dicho, que hay algo que se rompe en la adultez y que parece que intentamos reparar toda la vida, algo que perseguimos tal vez inútilmente. Quienes lo alcanzan logran, casi siempre, la inmortalidad. Gaudí con sus «heladitos» en el techo del Palau Güell, Picasso y Kandininsky con su estilo infantil, y Gabo con la capacidad de inventar mariposas amarillas en donde otros hubiesen descrito paisajes grises.

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Techo del palau Güell, Gaudí, 1888 – Fotografía propia

El arte nos acerca a la niñez. Nos devuelve un poquito de eso que se perdió. Nos ayuda a recordar un poco el mundo de las ideas y a perfilar una adultez feliz o, al menos, menos aburrida. Casi todos los grandes genios de la historia han sido niños en cuerpos adultos. Los visionarios nos han invitado a disfrutar de toda la belleza del mundo a través de los ojos de la inocencia: a ver un elefante de cabeza que se sostiene tan solo de su trompa.

Y entonces uno se pregunta inevitablemente: ¿Quién habrá sido más genio? ¿Cada uno de ellos o quien fue capaz de ver más allá y apoyar sus ideas del club de los incomprendidos? ¿Es el mecenas más genio que el mismo genio? ¿Es el mecenas un adulto que sigue el juego de un niño o es otro niño que se ha dejado contagiar por la genialidad de otro adulto? ¿Se trata solo de una excusa de dos adultos para jugar de nuevo y repensar lo maravilloso que alguna vez les fue arrebatado?

¿En qué momento crecer nos quitó la posibilidad de creer en lo maravilloso, en lo extraordinario? ¿Para qué lo común si podemos tener lo mágico, lo único, lo fantástico?

¿Para qué vivir en una selva —pensó el elefante— si aún puedo pararme de cabeza en la plaza mayor de Salamanca?

Imagen tomada de: https://www.google.com.co/search?q=sombrero+principito&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwi-4P-Q3LvVAhXEKyYKHZQzCb8Q_AUICigB&biw=1094&bih=510#imgrc=tiDhGw-hQcgYUM:

¿De qué murió Gaudí? – Lo que un muerto me dijo sobre la convicción

Lecciones de un genio para la posteridad.

«En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
quiero tener buena vista.
mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Cerca del mar… porque yo
nací en el mediterráneo».

Joan Manuel Serrat – Mediterráneo

Gaudí era un tipo que murió en su ley. La parca lo estaba esperando sonriente al otro lado del tranvía. Así que se murió de amor. Se murió, digo yo, porque fue como si la muerte le hubiese dado a escoger y él hubiese optado por una despedida fugaz y anarquista. Nada que fuera olvidado, nada por lo que no valiera la pena luchar. Morir de amor, como los grandes: atropellado sí, pero con la firme convicción de andar siempre en medio de la calle, como en dos ocasiones anteriores, y negarse a hacerse a un lado porque «La calle es para las personas».

De algún modo, Gaudí era un pájaro rebelde. Se saltó toda norma, se brincó toda tapia y se dio el lujo de poner color y forma donde otros solo hubiesen puesto tradición. Aceptó una basílica sencilla que alguien ya había empezado… y la volvió imponente; al punto de que su construcción ha durado más de ciento treinta años… y aún no acaba.

«No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra (…). Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra».

Antoni Gaudí

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La Sagrada Familia – 2017 – Foto propia

No la dejó inconclusa por falta de motivación o excusa de recursos, sino para acercarse a lo perfecto de lo que él podía dar.  Entonces no se trata de hacerlo todo uno sino de hacer la parte que le corresponda, que esta sea memorable, y luego dejar que los demás hagan la suya. El genio no trabaja solo. Y quizá Gaudí lo sabía. Así que sacó los moldes de las estatuas basándose en la gente del pueblo, pero no fue sino hasta 1985 que Etsuro Sotoo puso el primero de los quince ángeles de la Fachada de la Natividad. Muy al estilo de Gaudí, el escultor japonés también puso su sello: los ángeles tienen rasgos asiáticos porque, después de todo, ¿quién dijo que los ángeles no pueden ser orientales?

Entonces fracaso no es no terminar, es no haber empezado. De alguna manera, fracaso puede llegar a ser el hacer las cosas demasiado bien y seguir las reglas al pie de la letra sin dejar un lugar para el azar, la creatividad o el caos. Fracaso podría ser para el mecenas, que su dinero no retornase; como en el caso del Parc Güell, un terreno pensado inicialmente para hacer un condominio de casas, situado en la ladera de un monte, casi como si Serrat se hubiese referido a este punto, y en el que Gaudí mismo diseñaría las áreas comunes como fuentes y entradas. Se vendió solo una. ¿Fracaso?

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Parc Güell Barcelona – 2017 – Foto propia

Bueno, las casas no se vendieron porque el conde Güell le puso muchas condiciones a los compradores, pero la única que se construyó, aparte de la casa modelo, hoy es una residencia privada que yo supongo, ahora, costará miles de euros, y ni hablar del dinero que recogerá el ayuntamiento o los negocios producto de la visita a la ciudad. Entonces la riqueza se hubiera multiplicado si se hubiera pensado menos en el beneficio para la burguesía. Fracaso es no poder pensar más allá. Fracaso no es no poder recoger los frutos o no vivir para contarla. Fracaso entonces es no vivir y, en consecuencia, no poder contarla. Fracaso es no apreciar el arte de lo inconcluso.

¿¿¿Dónde están mis 64 millones???😹

He empezado a pensar que mi mamá me ha estado mintiendo todo este tiempo…

Yo he empezado a pensar que mi mamá me ha estado mintiendo todo este tiempo. Tal vez estaba esperando a mi próximo cumpleaños para decirme:
—¡Todo es mentira, Clara! ¡Era una prueba y la pasaste! En realidad somos ricos, así que toma las llaves del Mercedes y ve a dar una vuelta. Te lo mereces por habernos creído durante treinta años.
Y es que si mi mamá, que fue docente toda la vida, y que ahora es pensionada —Sí, con una sola pensión, no como con tres como la gente cree—… Si mi mamá se gana 64 millones al año, significa que cada mes se gana más del millón doscientos que le llega. Ah, sí. El cual no ve completo porque tiene préstamos y gastos fijos. Supongamos que el sueldo de un profe sea un poquiiito más, porque una pensión no es el 100 %, salvo que sea por invalidez o casos excepcionales… Pero nunca serán cuatro millones y pico… Y eso da pena ofrecérselo a una persona con doctorado. Pero bueno, mi mamá fue normalista, ha estudiado como en tres universidades, ha hecho cursos de profesionalización, una especialización y tiene como mil años de experiencia… eso debe contar. «Seguro sí se gana toda esa plata».
¿Entonces he vivido una mentira toda mi vida? ¿Mi mamá lo que es es una embaucadora? ¿Es una actriz y yo no lo sabía? Ah, ¡esto es un reality! ¿Es mitómana? ¿Se alió con mi papá para hacerme una broma?
¿¿¿Dónde están mis 64 millones??? Por derecho siempre me correspondió —mejor dicho, me tomé— la mitad más uno de todos y cada uno de los caramelos y las chocolatinas que los niños le regalaban el día del maestro. Qué pena, pero voy a contratar un abogado 😹 No más impunidad. Exijo mi Mercedes. Chocolatinas sí, pero no así.😹😹😹
Sépanlo, queridos padres de familia: los peluches y los Giordano que cada mayo les compran a los profesores terminan en las manitas creativas de niñas como yo, hijas de docentes… Ahí, justo ahí, al lado de la porcelana hecha en China que ustedes compraron el año pasado bien sea porque genuinamente querían tener un detalle con la profe o para quedar bien. Cada cartica, cada papelito arrugado… todo lo guardamos las profesoras.
Ser hijo de profesor en Colombia significa disfrazarse casi todos los años de campesino o indio con costal que pica (y a ustedes les fue bien, a mí que me tocó de búho… ¡DE BÚHO con una caja de cartón en la cabeza! Apenas para que me olvidara de la poca vida social que ya tenía), saber quién es Tarsicio, oír cada domingo y con repetición Radio revista proyección y ¡Ay de que se la cambien a la mamá de uno! Ser hijo de maestro es saber qué es Fecode, Canapro, la ADE y «Presente, presente, presente», y «Cuidadito me pierde una materia, porque lo pongo a hacer curso los sábados en Codema».
Debo reconocer que siempre tuve ciertos privilegios. Uno, por ser hija única, y dos, porque mi mamá casi siempre tuvo dos trabajos. Nunca he pasado hambre, tuve acceso a educación privada y pública, estudié mi pregrado en una universidad pública, estudié en el exterior, hice un posgrado en una universidad privada y soy lo que para unos puede resultar una «gomelita pretensiosa». Nunca viví en arriendo, nunca me han hospitalizado, nunca vi a mis papás hablarse mal y nunca, pero nunca, la he visto pedirle plata a mi papá «para la leche de la china». Pero, ¿de ahí a que mi mamá ganara 64 millones al año?
Los seis meses en Canadá hubiesen sido carrera y posgrado, la casa propia estrato tres hubiese sido al menos estrato cinco o al menos ella no se hubiera demorado quince años en pagarla. ¿Y los dos trabajos? Nooo… Ni de fundas los hubiera tenido.
No me malinterpreten. No estoy siendo desagradecida. Toooodo lo contrario: solo digo que la gente a la que le da la impresión de que los profesores son un montón de vagos codiciosos por pedir un poquito más es la misma gente que no ve el segundo trabajo, el catálogo de Yanbal y Ésika en sala de profesores que se respete o la lista de los fiados en las cafeterías de los colegios…
Un maestro no vive, sobrevive. Y así muchos lo hacemos en Colombia. Ya sé que esto suena a queja, pero es que no solo les pasa a los docentes. ¿Qué me dicen de los independientes? ¿Qué me dicen del sector salud y el sector transporte? ¿Qué me dicen de los desempleados?
«Ah, sí… Pero es que el desempleo baja». Vaya mire las cifras del subempleo y hablamos. Nos acostumbramos a la cultura del «Pues, ahí vamos», del «Aquí luchándola», del «Bien será, para no preocuparlo»… Y todos «chupe» porque «el otro tiene y yo, que no tengo nada, no me quejo».
No, señores. Los profes no están haciendo nada diferente a poner sanos límites. Sí, han protestado, pero de manera pacífica. Y no, no han dejado de enseñar al salir de las aulas. Nos están enseñando con su ejemplo a poner sanos límites cuando nos explotan, a hablar cuando usted está en una relación que no le da lo que usted espera, a decirle que no a su jefe cuando le dice que se conforme y que «Aaantes agradezca».
Aprendamos lo mejor de esta situación tan jarta: esta es una oportunidad para sentar un precedente.
Le dije hace unos días:
—Mamá, yo no había visto jamás un paro tan largo.
—Nuuu, si el del 70 fue de tres meses.
—¿Y sí sirvió para algo?
—Pues por eso es que tenemos lo que tenemos. En ese entonces yo trabajaba en una vereda y salía a recoger lo que los campesinos me dieran: arvejas, zanahorias, lo que hubiera… para llevarles a esas pobre maestras con hijos, con marido… y sin sueldo por tres meses… Pero si no hubiera sido así…
¿¿¿Si no hubiera sido así??? O sea, calculen que si los maestros están mal hoy, ¿cómo hubiera sido si no hubieran hecho paro en los 70?
Y sé que no es por avaricia. Si así fuera, nunca se les habría ocurrido meterse de docentes sino serían traquetos, narcotraficantes ¡o peor! ¡Hasta habrían estudiado para políticos! (El que lo entendió, lo entendió, y si no que lo lea en voz alta). Tengo certeza de que no es por avaricia y aquí está la prueba: Hace poco, un estudiante la buscó en el Facebook. Le dijo que se había graduado y que ahora era un trompetista de la filarmónica o la sinfónica o algo por el estilo.
¿Usted cree que eso se logra buscando solo la felicidad material? Eso requiere convicción y tratar a los cuarenta niños con respeto y amor… Ese mismo amor que quién sabe si les darán en sus casas. ¿Usted cree que están peleando por joderle la vida a los demás y crearle problemas al padre de familia que no sabe con quién dejar a su angelito? ¿Y por qué no pelea cuando los honorables parlamentarios no van a las plenarias? Ahí sí no tiene tiempo. Pero para atacar por redes sociales ahí el colombiano tiene todo el tiempo del mundo… Para hacerle una carta a su hijo diciéndole lo mucho que lo quiere no hay tiempo, pero para escribir comentarios quejándose de quienes le enseñaron a escribir sí. ¡Oh, la ironía!
Todo esto para que aprendamos, seamos o no docentes: darse valor no es negativo, saber cuánto valemos es necesario, pedir —que es diferente a exigir— es parte de la vida. Sentar precedentes sin violencia, con creatividad, con humor… eso es lo que se requiere. Cada uno desde su oficio, cada uno desde su labor diaria… Ese es el verdadero ejemplo para las futuras generaciones.

Belleza y nostalgia

¿Qué determina la belleza? ¿Qué nos acerca a lo sublime? ¿Es acaso lo que otros dicen de una obra, una pieza cinematográfica, un libro o un poema?

Yo creo que para saber que algo es bello, más que observarlo, hay que recordarlo. Pienso que la belleza requiere remembranza y, en ocasiones, un poco de nostalgia. En la mente, el rostro del amado se mejora con el tiempo, los libros se reescriben, las notas musicales se repiten… El humano tiene el poder de recrear la belleza y magnificarla. Incluso, toma la creación ajena y la modifica para obtener placer. La distorsión de los recuerdos puede llegar a ser incluso más rica que el recuerdo mismo. El momento más sublime a veces no es el ocurrido sino el contado; no es lo que sucedió, sino cómo se cuenta; no es la vida, sino cómo se retratan ciertos instantes para hacer que perduren.

Hoy, por alguna razón, percibo la belleza de este poema de Rubén Darío mucho más grande de lo que en realidad es. Por algún sentimiento que aún ignoro, rememoro la voz de mi mamá diciendo de memoria cada línea e imagino a mi abuela narrándole a su vez aquella historia. El recuerdo que crece, casi siempre supera lo real.

A Margarita Debayle
(Rubén Darío)
Margarita, está linda la mar
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso, una perla,
una pluma, y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros, son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: —«¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía,
Y así, dijo la verdad:
—«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: —«¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?.
¡Qué locura! ¡Qué capricho!…
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: —«No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
—«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: —«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

La paradoja del buen consejero:

Tres consejos para no aconsejar ni dar consejos

Dejar que el otro cumpla sus sueños es difícil. Siempre queremos estar opinando, incluso cuando callamos y guardamos nuestros pensamientos. Una parte de nosotros se siente cómoda pensando que los demás son un montón de ilusos y que nosotros debemos protegerlos del peor error de sus vidas.

—¿Usted? ¿Va a escribir? ¿En serio? ¿Y de qué va a comer?

—…

—¿Quiere montar empresa? ¿Y está seguro de que no se quiebra? Cuidado se endeuda, porque yo conocí a un tipo que…

—…

—¿Y vas a estudiar música? ¿Y cuánto llevas en eso? Acuérdate de que Mozart empezó a los tres.

—…

Es como si, de entrada, todos hubiéramos nacido viejos y pobres; cuando, en realidad, el mayor activo que cada uno tiene es su talento… porque, que yo sepa, ustedes y yo vinimos a este mundo sin ropa y sin saber leer, así que cualquier cosa que vayamos agregando a esta experiencia ya es ganancia.

Pero a todos se nos arrebata el consejero que llevamos dentro, especialmente a mí con este blog. Muchas veces se siente uno en la «obligación moral» de decir lo que piensa, y se le olvida que también existió alguien que le dijo a uno que algo no se podía o que era muy difícil… o que prácticamente se trataba de una misión suicida.

¿Cuántas veces no escogemos dar el consejo en vez de pedirlo? Y es que es obvio: siempre será más fácil decirle al otro lo que tiene que hacer que invertir ese mismo tiempo en buscar soluciones para nuestros propios problemas.

Aquí es donde cito al gran filósofo Armando Christian, más conocido en el bajo mundo como Pitbull:

«Ask for money And get advice. Ask for advice, get money twice.»

«Pide dinero y obtendrás consejos. Pide consejos y obtendrás el doble de dinero».

¡Ya tú sabe!… ¡Dale!

Pero, ya, en serio.

Dicen que «El hombre inteligente aprende de sus propios errores, mientras que el sabio aprende de los errores de los demás». Yo digo que dejemos de aprender de los errores. Es hora de aprender de los aciertos. Si alguien lo hizo bien, vale la pena que nos cuente cómo. Y si alguien quiere intentarlo, ¿para qué persuadirlo de que no puede?

¿De dónde somos tan expertos ahora en hacer tantas cosas?

—¿Vas a sacar tu disco? De seguro no querrás invertir tu dinero y tu tiempo en un asunto tan complicado.
—¿Y es que tú eres el experto en sacar discos? ¡Es más! ¿Eres experto en fallar al vender discos? ¡No! Ni siquiera eres alguien con mínima autoridad para opinar. Critícame en un área en la que seas experto… o en algo que tú hayas al menos intentado, así ya hayas fallado… Quizás ahí pueda aprender de tus errores…

Creo que nadie lo ha expresado tan bien como Sábato en El Túnel:

«Los críticos. Es una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi operación, ¿qué se pensaría?»

Todos queremos una vida digna de contar, pero no hay grandes libros en los que las historias de éxito no tengan al menos un ligero tropiezo… y uno que otro criticón. Para vivir hay que arriesgarse un poco… y aprender a dejar vivir. Y eso a veces lo ignoran incluso las personas que deberían apoyarnos o amarnos más.

Es que meter las narices donde no nos importa parece, en vez del fútbol, el deporte favorito de este país. Que si el banco tal hace una campaña sobre los gays, que si el futbolista tal se quedó en la banca, que lo que tuiteó tal o cual famoso… Siempre es más fácil hablar de la vida de los demás y prender el opinómetro que vivir nuestra propia vida y tratar de resolver nuestros propios asuntos. Somos felices porque eso nos vuelve dioses momentáneos, cuando en realidad nuestra opinión a pocos importa… porque nos enseñaron que Dios era un señor de barba blanca que amaba a la gente blanca y tenía un dedito índice listo para apuntarnos cuando hiciéramos las cosas mal… cuando es exactamente todo lo contrario, creo yo.

Es como si nos hubiera dicho «Ámense unos a los otros» y todos los demás hubieran entendido «Júzguense unos a los otros como yo los he juzgado».

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Aquí me copio les dejo una caricatura de cinismoilustrado.com que lo resume todo

Y no es culpa de nadie. Simplemente nos criaron así. Ahora a ver cómo recojemos los pedazos rotos y nos inventamos una sociedad más incluyente y que juzgue menos. Por lo pronto, tres consejos que nadie me pidió… solo para ser consecuente:

1. Cierre el pico y deje de contarle sus sueños a la gente. De todas formas, nadie cree que pueda cumplirlos.

2. Cierre el pico y deje de criticar en voz alta los sueños de la gente. Si no puede creer que su amigo se va a hacer millonario vendiendo Avon o Herbalife, igual déjelo. ¿A usted en qué le afecta? Hay gente que lo ha logrado (obvio, solo los dueños de Herbalife y Avon… Mentiras, soy una caspa)… Escuche, sonría y cambie de tema.

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Imagen tomada de: Mejoresportadas.com

3. Cierre el pico y deje de criticar en silencio los sueños de la gente. Yo sé. Yo tampoco puedo dejar de hacerlo… pero creo que una forma de intentarlo es repetir dos mantras de la sabiduría popular:

a) «Yo tengo mis propios sueños, mejor me enfoco en el siguiente paso para cumplirlos».

b) «No es mi circo, no son mis payasos».

Demasiados consejos por hoy.

Quince preguntas a Jesús… o tal vez más.

Un texto que puede rayar en la blasfemia… ¿o no?

Si lo tuviera en frente, quizás me sentaría con un par de vasos de agua —que a las dos de la mañana se convertirían en vino— y sí que probaría su infinita paciencia:

¿Tú decidiste tu destino? ¿La regla aplica para todos? ¿Tú sabías de antemano lo que te iba a pasar? ¿Habías estado aquí en la Tierra antes? ¿Sabías que, después de todo, ibas a resucitar? ¿Crees que la vida es como una cena en la que el picante también es necesario?

¿Por qué crees que los humanos siguen peleando unos con otros? ¿Crees que sus egos quieren darle una lección a los demás? ¿Crees que se trate de superioridad, de poder, de falta de amor propio?

¿Alguna vez te dio curiosidad el sexo? ¿Será que nos mintieron sobre tu castidad? ¿Habrás tenido hijos? ¿Habrá sido verdad todo lo que se cuenta sobre ti? ¿Te habrás enamorado? ¿Habrías discriminado a alguna persona que no tuviera tu condición sexual?

¿Qué opinas de las EPS y el servicio médico? ¿Crees que hay una forma mejor de sanar? ¿Por qué nadie aprendió el truco de revivir los muertos? ¿Será que lo enseñaste y lo olvidamos?

¿Crees que si vivieras físicamente en este siglo, tendrías tu propio canal de Youtube? ¿Crees que la gente se insultaría en los comentarios de abajo? ¿Cómo sería tu perfil de Facebook? ¿Tendrías una foto con Malala? ¿Harías una transmisión por Facebook Live en donde nos explicarías para qué sirve la mirra? ¿Serías tan cool como yo creo que eres realmente?

¿Nos enseñarías a ser tolerantes con gente que no opina o es como nosotros (en mi caso Trump y la Tigresa del Oriente)? ¿Me dirías cómo ser más paciente con los niños hiperactivos?

¿Les dirías a las mujeres que vuelven con sus maltratadores que te entendieron mal eso de «poner la otra mejilla», y que más bien tú querías que el que estuviera libre de pecado lanzara la primera piedra?

¿Tomarías conmigo juguito de Cosechas o me acompañarías en la cocina en algún intento fallido de hacer el almuerzo? ¿Por qué no hiciste a los pollitos de cuatro patas? (Sé que suena cruel, pero son ricos) ¿Todo el mundo tiene que ser vegetariano? ¿Me querrías más si lo fuera? ¿Qué comías en tus tiempos? ¿Es cierto que la razón por la que volverás es para probar las empanadas? (Ay, no me juzguen, yo lo haría).

¿Me corregirías la puntuación y me sugerirías mejores palabras? ¿Me mostrarías lo que sí escribiste o aún no hemos tenido acceso a ese conocimiento porque «suficiente con las peleas con la Biblia»? (Porque nadie sabe a ciencia cierta qué tan veraces son los supuestos evangelios según María Magdalena o los redactados por ti… y tampoco creo que los «oficiales»).

¿Me dirías todas aquellas cosas que he olvidado de mí? ¿Me amarías como soy: infantil y grosera? ¿Podría amarte como eres… afro, LGBTI, hombre, mujer, anciano, niño, niño mamón, académico, ilustrado, analfabeta, amarillo, musulmán, testigo de Jehová que me levanta los domingos? ¿Podré dejar de culparte por las bobadas que hago como humana y las decisiones que tomo a diario? ¿Podré verte en las cosas pequeñas, en los amaneceres y en los atardeceres? ¿Podré tratar de no juzgarte? ¿Podré mirarme al espejo un día y parecerme un poco a lo mejor de ti sin perder lo que soy ni querer superarte? ¿Podré?