Esto es lo que hay…

Hay gente que es como los gatos: siempre caen de pie…

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A menudo pensamos que tenemos que decidir lo correcto siempre. Muchas veces creemos que la decisión correcta es aquella que la mayoría de gente cuerda tomaría… la opción más segura, la más lógica…

Aquella vez que decidí devolverme a mi país en vez de quedarme en el extranjero con un excelente salario… o cuando perdí un trabajo importante en otra ciudad y, como ya tenía los tiquetes, me fui de paseo sin plata… o cuando he comprado cosas por impulso… casi siempre que pienso que soy el colmo de la irresponsabilidad, adivinen, me va bien.

No sé si me va bien porque Dios cuida más a sus borrachitos, porque soy muy de buenas, porque le saco chiste a todo o porque definitivamente siempre hago lo que me da la gana. El caso: siempre caigo de pie como los gatos. Y casi siempre al «Tin, marín, de dó, pingué». Debe ser que me gusta la adrenalina, parce.

Siento que a veces se disfrutan más aquellas victorias que se acompañan de utopías. Los humanos anhelamos el momento de vencer lo imposible, el instante de la causalidad misma, el segundo en el que todo se detiene y las cosas resultan en un final inesperado. Claro, dejar que la vida lo sorprenda a uno no es lo mismo que permitir que se lo lleve a uno por delante, como un tren que atropella al pelotudo que se queda mirándolo venir —Tampoco—, pero sí mirar esas encrucijadas como oportunidades para una buena historia de la cual te reirás en el futuro.

Nada más triste que llegar a viejo sin tener nadita qué contar, qué oso que lo único que tengas que mostrarle a tus nietos sean las selfies que te tomaste en el baño… teniendo un mundo tan grande para conocer.

La autenticidad verdadera está en quitar algunos de los filtros a nuestras acciones y constructos mentales. Al que le guste la foto como es, pues que la acepte. Así soy, ¿y qué? Espacios para meterme en el papel que «debo ser» sí que sobran. Para ser seria existen las oficinas, las universidades, las ponencias (¿Quién se inventó las ponencias?), los hospitales (a los que iré cuando esté arrugadita), los ataúdes (en los que tarde o temprano acabaremos)… Pero esto es lo que hay: sabrosura, guachafita y chistes flojos.

Té para uno

Ignoro cómo se bebe el té en el Reino Unido o en Japón, lo cierto es que…

Hace unos días tenía ganas de un té, pero me poseía mi ya conocido y bienamado espíritu de la pereza. Así que, para evitar tener que pararme innecesariamente de mi escritorio, cometí la equivocación de buscar un cronómetro virtual con las palabras «online tea timer», en vez de solamente «online timer».

Para mi sorpresa, al parecer hay varias páginas de cronómetros según el tipo de té. Según lo que vi, del tiempo que uno debe dejar reposar la bolsita de té, depende que el sabor «se expanda» o «se contraiga»… se concentre en mayor o menor medida… que florezca.

Se me ocurre que el mismo principio aplica para todo. Si uno va por la vida corriendo para tomarse el té de afán, quizás no le dé tiempo para que el aroma y el sabor se asienten. Si va demasiado relajado, cuando menos piensa, las cosas se ponen intensas.

Ignoro cómo se bebe en el Reino Unido, en la India o en Japón ─supongo que debe ser toda una ceremonia─, y tampoco sé si lo más correcto es retirar la bolsita, porque según leí hay toda una discusión entre dejarla o no… el hecho es que, como en la maduración de los quesos o los vinos: siempre hay un tiempo adecuado.

No vale la pena apresurar los procesos, ni los amargos, ni los dulces. Habrán sabores que anhelemos volver a sentir, y otros que no desearemos probar nunca más. Habrán tazas de té que beberemos con ansias, y otras que jamás terminaremos. Habrán bolsitas que reutilizaremos y tazas sin terminar que lavaremos… todo en un ciclo interminable de experiencias… todo en un instante efímero que conocemos como vida: un vapor cálido y volátil que se escapa rozándonos los dedos.

¿Estamos preparados para la grandeza de las pequeñas cosas?

No puedo asegurar que Dios existe, pero…

No puedo asegurar que Dios existe, mas al mirar tus ojos, me lo creo.

Ha sido una semana emocionalmente compleja, en la que he discutido mentalmente sobre las injusticias. Es difícil tratar de no meter a Dios cuando uno observa situaciones que parecen injustas y sin el más mínimo sentido. Hay semanas en que la razón, la fe, la duda y el corazón van por caminos diferentes. Semanas como esta. Hasta que dejo de preguntarme tanto y empiezo a observar más. Entonces aparece el milagro:
-El primer sorbo de una taza caliente de té, con un aroma a mango fresco que me envuelve.
-El atardecer de tintes rojos y azules de una de estas tardes bogotanas.
-Ver el esplendor y la fuerza del mar debajo de un muelle… aunque solo fuese en internet.
-Saborear el postre de guanábana con que venía el almuerzo.
[Pausa]
Tal vez Dios no está arriba sentado en un trono mirando cómo nos matamos los unos a los otros o viendo en silencio cómo le rezamos. No. Tal vez Dios es una sensación y no un concepto.
[Pausa para cambiar el paradigma]
[Reemplacemos la palabra “Dios” y refirámonos entonces a “lo divino”]
Volvamos al segundo sorbo de té caliente: Tal vez aquello que es divino se devele en pequeños instantes al poner atención. Tal vez Dios no es algo externo sino la capacidad de percibir lo divino con nuestros sentidos.
—¿Y si entonces nuestros sentidos nos engañan?
—Entonces, qué bello engaño.
—Pero el filósofo anhela la verdad.
—Y también lo hace el hedonista, a su manera: Lo que para él es placentero es cierto, así sea un engaño. Todos de alguna forma caminamos en el salón de los espejos.
Así que nadie se pondrá de acuerdo, por eso el concepto de la divinidad es tan polémico y genera tanto recelo. No sé si estemos preparados para la grandeza. Nos han enseñado a confundir la humildad con la falsa modestia. Hemos crecido sintiendo pena por pedir de más. En realidad lo grande solo se ve en retrospectiva… por eso dicen que “el que no ha visto a Dios, cuando lo ve se asusta”. En el instante presente, las cosas verdaderamente grandes e importantes son dadas por obvias.
De ahí que captar la señal de lo maravilloso justo en el segundo en el que ocurre, es mágico. Quien haya perdido el instante de un gesto perfecto al tomar una fotografía me comprenderá. Quien haya bajado la mirada en el instante del gol, me comprenderá. En lo fugaz de la vida, ahí está Dios… en el segundo perfecto, conectado y en sintonía, en la misma vibración que lo sublime, en lo que te deja sin aliento, lo que te pasma, lo que te maravilla, lo que te sorprende gratamente… la grandeza está en un instante pequeño con la chispa de Dios.

Eso: la decadencia de lo humano

«Definitivamente, no es humano», pensé. Entonces, ¿cómo sabemos qué lo es?

—¿Ustedes cómo ven a ese personaje?, preguntó alguien ayer en el club de lectura. Se refería claramente a Jean Baptiste Grenouille, protagonista de la novela El perfume: historia de un asesino.

«Definitivamente, no es humano», pensé. «Quizás tenga apariencia humana, pero en el mundo ficcional, y quizás más frecuentemente en la realidad, las apariencias nos engañan una y otra vez: por desgracia, no todo lo que parece humano resulta serlo».

¿Entonces cómo podemos definir a una criatura que se ve como humano, habla como humano, pero que carece de todo rasgo de humanidad? ¿Es acaso un robot? ¿Es tal vez un animal? ¿Es quizás un Meursault, protagonista de la novela El extranjero?

No. El robot tiene reglas, reglas instituidas por el humano y cuyo único fin es proteger a otros humanos. El animal tiene instinto. Si se comporta según unas reglas que no corresponden a las nuestras, esto solo puede deberse a su naturaleza, mas no al deseo en sí de hacer daño… hasta donde sabemos. ¿Y un hombre indiferente por excelencia como Meursault? Jamás. ¿Un hombre que no llora ni en el funeral de la mamá? De nuevo la ficción… No significa que no sufra.

¿Entonces qué nos diferencia de todo lo que no es humano?

¿Es acaso la risa… el llanto… la sensibilidad… la capacidad de maravillarnos por el entorno… el poder de creación que cada uno lleva dentro?

Grenouille jamás reía… y creo que tampoco lloraba. No obstante, tenía plena de su poder creador porque buscaba el grial de los perfumes, era sensible ante ellos… pero su objetivo no era desarrollarse como humano por medio de su creación. Todo lo contrario, su motivación era la búsqueda de la grandeza por sí misma. Ser grande, ser adorado, ser idolatrado… ¿ser amado?

Quizás, eso es lo que nos hace perder la humanidad. No solo es el deseo de obtener las cosas pasando por encima del que sea, sino que como consecuencia de todos nuestros actos aquella sensibilidad que nos caracteriza, se esfuma ante el dolor ajeno. La usamos para compadecernos de nosotros mismos… para crear una belleza suprema que no nos pertenece, para sentirnos mucho más que los demás, únicos dioses y dadores de vida, sin los cuales el universo no podría funcionar.

¿Habría cambiado el personaje si alguien le hubiese mostrado el mínimo de humanidad que nunca recibió ni aún en el vientre de su madre? Lo ignoro. ¿Cómo juzgarlo si es que no puede dar de lo que nunca recibió? ¿Cómo no repudiar sus actos infames?

Vamos de la ficción a la realidad. En tiempos de paz y de reconciliación, ¿seremos capaces de perdonar al individuo y repudiar sus acciones?

La plaza del elefante de cabeza

He tomado una decisión: Me voy a vivir a la plaza del elefante de cabeza.

—He tomado una decisión: Me voy a vivir a la plaza del elefante de cabeza.

—¿Y dónde queda eso?

—En cualquier sitio donde se pueda ser un pájaro rebelde.

 

Junio 23, 2017

«En aprender a pintar como los pintores del renacimiento tardé unos años;

pintar como los niños me llevó toda la vida».
Pablo Picasso

Escribo estas líneas en algún lugar de la Mancha… literalmente por la carretera que va de Madrid a Salamanca. Pienso, quizás como en algunas ocasiones previas ya lo he dicho, que hay algo que se rompe en la adultez y que parece que intentamos reparar toda la vida, algo que perseguimos tal vez inútilmente. Quienes lo alcanzan logran, casi siempre, la inmortalidad. Gaudí con sus «heladitos» en el techo del Palau Güell, Picasso y Kandininsky con su estilo infantil, y Gabo con la capacidad de inventar mariposas amarillas en donde otros hubiesen descrito paisajes grises.

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Techo del palau Güell, Gaudí, 1888 – Fotografía propia

El arte nos acerca a la niñez. Nos devuelve un poquito de eso que se perdió. Nos ayuda a recordar un poco el mundo de las ideas y a perfilar una adultez feliz o, al menos, menos aburrida. Casi todos los grandes genios de la historia han sido niños en cuerpos adultos. Los visionarios nos han invitado a disfrutar de toda la belleza del mundo a través de los ojos de la inocencia: a ver un elefante de cabeza que se sostiene tan solo de su trompa.

Y entonces uno se pregunta inevitablemente: ¿Quién habrá sido más genio? ¿Cada uno de ellos o quien fue capaz de ver más allá y apoyar sus ideas del club de los incomprendidos? ¿Es el mecenas más genio que el mismo genio? ¿Es el mecenas un adulto que sigue el juego de un niño o es otro niño que se ha dejado contagiar por la genialidad de otro adulto? ¿Se trata solo de una excusa de dos adultos para jugar de nuevo y repensar lo maravilloso que alguna vez les fue arrebatado?

¿En qué momento crecer nos quitó la posibilidad de creer en lo maravilloso, en lo extraordinario? ¿Para qué lo común si podemos tener lo mágico, lo único, lo fantástico?

¿Para qué vivir en una selva —pensó el elefante— si aún puedo pararme de cabeza en la plaza mayor de Salamanca?

Imagen tomada de: https://www.google.com.co/search?q=sombrero+principito&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwi-4P-Q3LvVAhXEKyYKHZQzCb8Q_AUICigB&biw=1094&bih=510#imgrc=tiDhGw-hQcgYUM:

¿De qué murió Gaudí? – Lo que un muerto me dijo sobre la convicción

Lecciones de un genio para la posteridad.

“En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
quiero tener buena vista.
mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Cerca del mar… porque yo
nací en el mediterráneo”.

Joan Manuel Serrat – Mediterráneo

Gaudí era un tipo que murió en su ley. La parca lo estaba esperando sonriente al otro lado del tranvía. Así que se murió de amor. Se murió, digo yo, porque fue como si la muerte le hubiese dado a escoger y él hubiese optado por una despedida fugaz y anarquista. Nada que fuera olvidado, nada por lo que no valiera la pena luchar. Morir de amor, como los grandes: atropellado sí, pero con la firme convicción de andar siempre en medio de la calle, como en dos ocasiones anteriores, y negarse a hacerse a un lado porque “La calle es para las personas”.

De algún modo, Gaudí era un pájaro rebelde. Se saltó toda norma, se brincó toda tapia y se dio el lujo de poner color y forma donde otros solo hubiesen puesto tradición. Aceptó una basílica sencilla que alguien ya había empezado… y la volvió imponente; al punto de que su construcción ha durado más de ciento treinta años… y aún no acaba.

“No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra (…). Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra”.

Antoni Gaudí

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La Sagrada Familia – 2017 – Foto propia

No la dejó inconclusa por falta de motivación o excusa de recursos, sino para acercarse a lo perfecto de lo que él podía dar.  Entonces no se trata de hacerlo todo uno sino de hacer la parte que le corresponda, que esta sea memorable, y luego dejar que los demás hagan la suya. El genio no trabaja solo. Y quizá Gaudí lo sabía. Así que sacó los moldes de las estatuas basándose en la gente del pueblo, pero no fue sino hasta 1985 que Etsuro Sotoo puso el primero de los quince ángeles de la Fachada de la Natividad. Muy al estilo de Gaudí, el escultor japonés también puso su sello: los ángeles tienen rasgos asiáticos porque, después de todo, ¿quién dijo que los ángeles no pueden ser orientales?

Entonces fracaso no es no terminar, es no haber empezado. De alguna manera, fracaso puede llegar a ser el hacer las cosas demasiado bien y seguir las reglas al pie de la letra sin dejar un lugar para el azar, la creatividad o el caos. Fracaso podría ser para el mecenas, que su dinero no retornase; como en el caso del Parc Güell, un terreno pensado inicialmente para hacer un condominio de casas, situado en la ladera de un monte, casi como si Serrat se hubiese referido a este punto, y en el que Gaudí mismo diseñaría las áreas comunes como fuentes y entradas. Se vendió solo una. ¿Fracaso?

Parc Guell
Parc Güell Barcelona – 2017 – Foto propia

Bueno, las casas no se vendieron porque el conde Güell le puso muchas condiciones a los compradores, pero la única que se construyó, aparte de la casa modelo, hoy es una residencia privada que yo supongo, ahora, costará miles de euros, y ni hablar del dinero que recogerá el ayuntamiento o los negocios producto de la visita a la ciudad. Entonces la riqueza se hubiera multiplicado si se hubiera pensado menos en el beneficio para la burguesía. Fracaso es no poder pensar más allá. Fracaso no es no poder recoger los frutos o no vivir para contarla. Fracaso entonces es no vivir y, en consecuencia, no poder contarla. Fracaso es no apreciar el arte de lo inconcluso.

¿¿¿Dónde están mis 64 millones???😹

He empezado a pensar que mi mamá me ha estado mintiendo todo este tiempo…

Yo he empezado a pensar que mi mamá me ha estado mintiendo todo este tiempo. Tal vez estaba esperando a mi próximo cumpleaños para decirme:
—¡Todo es mentira, Clara! ¡Era una prueba y la pasaste! En realidad somos ricos, así que toma las llaves del Mercedes y ve a dar una vuelta. Te lo mereces por habernos creído durante treinta años.
Y es que si mi mamá, que fue docente toda la vida, y que ahora es pensionada —Sí, con una sola pensión, no como con tres como la gente cree—… Si mi mamá se gana 64 millones al año, significa que cada mes se gana más del millón doscientos que le llega. Ah, sí. El cual no ve completo porque tiene préstamos y gastos fijos. Supongamos que el sueldo de un profe sea un poquiiito más, porque una pensión no es el 100 %, salvo que sea por invalidez o casos excepcionales… Pero nunca serán cuatro millones y pico… Y eso da pena ofrecérselo a una persona con doctorado. Pero bueno, mi mamá fue normalista, ha estudiado como en tres universidades, ha hecho cursos de profesionalización, una especialización y tiene como mil años de experiencia… eso debe contar. “Seguro sí se gana toda esa plata”.
¿Entonces he vivido una mentira toda mi vida? ¿Mi mamá lo que es es una embaucadora? ¿Es una actriz y yo no lo sabía? Ah, ¡esto es un reality! ¿Es mitómana? ¿Se alió con mi papá para hacerme una broma?
¿¿¿Dónde están mis 64 millones??? Por derecho siempre me correspondió —mejor dicho, me tomé— la mitad más uno de todos y cada uno de los caramelos y las chocolatinas que los niños le regalaban el día del maestro. Qué pena, pero voy a contratar un abogado 😹 No más impunidad. Exijo mi Mercedes. Chocolatinas sí, pero no así.😹😹😹
Sépanlo, queridos padres de familia: los peluches y los Giordano que cada mayo les compran a los profesores terminan en las manitas creativas de niñas como yo, hijas de docentes… Ahí, justo ahí, al lado de la porcelana hecha en China que ustedes compraron el año pasado bien sea porque genuinamente querían tener un detalle con la profe o para quedar bien. Cada cartica, cada papelito arrugado… todo lo guardamos las profesoras.
Ser hijo de profesor en Colombia significa disfrazarse casi todos los años de campesino o indio con costal que pica (y a ustedes les fue bien, a mí que me tocó de búho… ¡DE BÚHO con una caja de cartón en la cabeza! Apenas para que me olvidara de la poca vida social que ya tenía), saber quién es Tarsicio, oír cada domingo y con repetición Radio revista proyección y ¡Ay de que se la cambien a la mamá de uno! Ser hijo de maestro es saber qué es Fecode, Canapro, la ADE y “Presente, presente, presente”, y “Cuidadito me pierde una materia, porque lo pongo a hacer curso los sábados en Codema”.
Debo reconocer que siempre tuve ciertos privilegios. Uno, por ser hija única, y dos, porque mi mamá casi siempre tuvo dos trabajos. Nunca he pasado hambre, tuve acceso a educación privada y pública, estudié mi pregrado en una universidad pública, estudié en el exterior, hice un posgrado en una universidad privada y soy lo que para unos puede resultar una “gomelita pretensiosa”. Nunca viví en arriendo, nunca me han hospitalizado, nunca vi a mis papás hablarse mal y nunca, pero nunca, la he visto pedirle plata a mi papá “para la leche de la china”. Pero, ¿de ahí a que mi mamá ganara 64 millones al año?
Los seis meses en Canadá hubiesen sido carrera y posgrado, la casa propia estrato tres hubiese sido al menos estrato cinco o al menos ella no se hubiera demorado quince años en pagarla. ¿Y los dos trabajos? Nooo… Ni de fundas los hubiera tenido.
No me malinterpreten. No estoy siendo desagradecida. Toooodo lo contrario: solo digo que la gente a la que le da la impresión de que los profesores son un montón de vagos codiciosos por pedir un poquito más es la misma gente que no ve el segundo trabajo, el catálogo de Yanbal y Ésika en sala de profesores que se respete o la lista de los fiados en las cafeterías de los colegios…
Un maestro no vive, sobrevive. Y así muchos lo hacemos en Colombia. Ya sé que esto suena a queja, pero es que no solo les pasa a los docentes. ¿Qué me dicen de los independientes? ¿Qué me dicen del sector salud y el sector transporte? ¿Qué me dicen de los desempleados?
“Ah, sí… Pero es que el desempleo baja”. Vaya mire las cifras del subempleo y hablamos. Nos acostumbramos a la cultura del “Pues, ahí vamos”, del “Aquí luchándola”, del “Bien será, para no preocuparlo”… Y todos “chupe” porque “el otro tiene y yo, que no tengo nada, no me quejo”.
No, señores. Los profes no están haciendo nada diferente a poner sanos límites. Sí, han protestado, pero de manera pacífica. Y no, no han dejado de enseñar al salir de las aulas. Nos están enseñando con su ejemplo a poner sanos límites cuando nos explotan, a hablar cuando usted está en una relación que no le da lo que usted espera, a decirle que no a su jefe cuando le dice que se conforme y que “Aaantes agradezca”.
Aprendamos lo mejor de esta situación tan jarta: esta es una oportunidad para sentar un precedente.
Le dije hace unos días:
—Mamá, yo no había visto jamás un paro tan largo.
—Nuuu, si el del 70 fue de tres meses.
—¿Y sí sirvió para algo?
—Pues por eso es que tenemos lo que tenemos. En ese entonces yo trabajaba en una vereda y salía a recoger lo que los campesinos me dieran: arvejas, zanahorias, lo que hubiera… para llevarles a esas pobre maestras con hijos, con marido… y sin sueldo por tres meses… Pero si no hubiera sido así…
¿¿¿Si no hubiera sido así??? O sea, calculen que si los maestros están mal hoy, ¿cómo hubiera sido si no hubieran hecho paro en los 70?
Y sé que no es por avaricia. Si así fuera, nunca se les habría ocurrido meterse de docentes sino serían traquetos, narcotraficantes ¡o peor! ¡Hasta habrían estudiado para políticos! (El que lo entendió, lo entendió, y si no que lo lea en voz alta). Tengo certeza de que no es por avaricia y aquí está la prueba: Hace poco, un estudiante la buscó en el Facebook. Le dijo que se había graduado y que ahora era un trompetista de la filarmónica o la sinfónica o algo por el estilo.
¿Usted cree que eso se logra buscando solo la felicidad material? Eso requiere convicción y tratar a los cuarenta niños con respeto y amor… Ese mismo amor que quién sabe si les darán en sus casas. ¿Usted cree que están peleando por joderle la vida a los demás y crearle problemas al padre de familia que no sabe con quién dejar a su angelito? ¿Y por qué no pelea cuando los honorables parlamentarios no van a las plenarias? Ahí sí no tiene tiempo. Pero para atacar por redes sociales ahí el colombiano tiene todo el tiempo del mundo… Para hacerle una carta a su hijo diciéndole lo mucho que lo quiere no hay tiempo, pero para escribir comentarios quejándose de quienes le enseñaron a escribir sí. ¡Oh, la ironía!
Todo esto para que aprendamos, seamos o no docentes: darse valor no es negativo, saber cuánto valemos es necesario, pedir —que es diferente a exigir— es parte de la vida. Sentar precedentes sin violencia, con creatividad, con humor… eso es lo que se requiere. Cada uno desde su oficio, cada uno desde su labor diaria… Ese es el verdadero ejemplo para las futuras generaciones.