Así como cuando Santos te da una lección…

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Me ocurre, quizás con más frecuencia de la deseada, que me aburro fácilmente cuando no tengo resultados pronto, especialmente en el área laboral.

Digamos que esperar no es una de mis cualidades y a menudo, cuando me encuentro en situaciones en las que las cosas no avanzan, me canso y me voy.

He dejado trabajos, casi de la noche a la mañana, por esa misma causa: «aquí nada sale ya… y si sale, sale mal».

«¿Esto ayuda a alguien, aparte del dueño del aviso? La verdad es que no. Apague y vámonos».

En el trabajo actual estoy contenta, pero digamos que ayer recibí un pequeño recordatorio, para que no se me olvide que lo que hago, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia.

El presidente de la República comenzó a hablar. No soy su fan, no me conoce, no lo conozco, no comparto muchas de sus estrategias, pero ayer me dio una lección en la distancia.

Apenas unas horas antes, me habían pedido que revisara unos fragmentos de un documento relacionado con la frontera agrícola, no todo y, por supuesto, no fui la única. Horas después, él lo presentaría como uno de los logros de su gobierno.

Yo no sé si eso sirva en el futuro. No lo sé, porque mi conocimiento frente al tema es limitado. Sin embargo, al mirar la transmisión de su presentación, apareció en la pantalla una foto tomada por uno de mis compañeros. ¡Qué orgullo!

Entonces entendí que lo que uno hace, ya sea barrer la puerta de su casa o dirigir un país, tiene implicaciones, tiene impacto.

Comprendí que, quizás por primera vez, había hecho algo concreto, chiquitito y anónimo, por mi país. ¡Qué alegría y qué bendición!

Estamos, casi siempre y aunque tal vez dudemos, en el lugar correcto.

El instante

¿Estamos en la era digital o en la del garrote?

Todo lo queremos fotografiar. Todo lo queremos registrar. Vamos a un concierto y no cerramos los ojos un segundo para que la música nos transporte. No. Queremos que quede el registro de que estuvimos allí y que lo vivimos.

¿Es esta tendencia nueva? ¿Es acaso culpa de la creciente ola tecnológica que nos bombardea a diario? ¿Es este el narcisismo del siglo XXI?

Tal vez. No obstante, me inclino a pensar que una gran parte de la culpa viene de la necesidad intrínseca de sobrevivir y perdurar. El ser humano desea, secreta o abiertamente, dejar un legado para que otros sepan que estuvo aquí. Se nos olvida que esta experiencia es efímera y que lo que hoy está vigente mañana será un periódico de ayer.

Otra de las causas de esta tendencia es la brecha generacional entre los que nunca lo habían vivido, los que nacieron con ello… y los que vivimos una infancia analógica y una adolescencia digital.

La generación que nunca lo había vivido —la generación de mis padres, tíos y abuelos— se acostumbró a atesorar las veinticuatro fotos del rollo, a no malgastarlas, a no desperdiciar los instantes, a aprovechar el jabón metiéndolo en una media. Nada se desperdiciaba. Es una generación para la que las llamadas eran importantes y se valoraba el tiempo ajeno. Se llamaba para saludar y para pedir favores. La gente iba al punto. Daba pena demorarse… y además costaba.

Mi generación, la del medio, aprendió a tener conversaciones de chat estúpidas del tipo:

—Hola.

—Hola.

—¿Qué más?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

—Quiero contarte de un negocio.

Ya sabemos a dónde termina.

El narcisimo siempre ha existido, lo que pasa es que ahora cambió de medio.

Mi generación, por fortuna, vivió una infancia en la que los instantes se valoraban… en eso ganamos. Pero en la adolescencia también perdimos. Empezamos a propagar la cultura del «corta y pega», y a subrayar cada vez menos los libros.

En mi generación son cada vez más los instantes que se pierden. Esos momentos mágicos que quedaron en un VHS, esas canciones que grabamos en cassette… o, peor aún, esa melodía de cuya existencia ni estamos seguros porque no aparece en Youtube ni en Deezer. Uno es lo que uno vive y cómo lo recuerda.

Aquellos dopados digitales de ahora carecen de la tensión mínima que da valor a las cosas. No experimentan el susto rico de no saber si al malo de la serie lo matan o de si los ladrones se saldrán con la suya, no sé de qué manera disfrutan el instante… rara vez se sorprenden y casi nunca se inmutan.

—Ah, sí. Ya lo vi.

Todo es obvio.

Claro. Todo está en internet.

Pero hay algo que no está en internet: tu experiencia… tú en tu propio pellejo… tú y lo que se siente ser tú cuando hueles ese chorizo que te encanta… tú y los suspiros que salen de ti cuando vez a tu cantante favorito. Tal vez estén tus fotos, tus memes y tus dramas… pero tú no estás en internet.

Diez pasos para perder la paz o el síndrome del mico apenado

Lecciones aprendidas y más lecciones aprendidas…

I

—Lo siento, señorita, pero, si no tiene los dos decodificadores, no le puedo hacer la instalación de la televisión.

—Esto es el colmo, señor. Yo sé que usted no tiene la culpa, pero estoy segura de que yo devolví ese aparato hace un montón de tiempo, porque mi vecina del tercer piso sacó otra cuenta aparte, pero también con ustedes.

—¿Y usted tiene algún comprobante de esa devolución?

—Pues aquí no, pero me imagino que en la casa donde vivía antes sí. Me tocaría ir a buscar el papel.  Hagamos una cosa: mi mamá se queda aquí, y yo voy y busco el comprobante. ¿Me necesitan para firmar algo?

—Pues… yo voy a llamar mientras tanto y, si me autorizan, hago la instalación. Si no, tendríamos que reprogramar la visita.

—Ma: Si me necesitas para cualquier cosa, me llamas.

II

—¿Aló?

—Clarita, ya el señor se va.

—Pero, espérate. Acabo de encontrar el papel. Déjame te lo mando al Whatsapp y se lo muestras.

—Me dice que el número de serial no coincide y que tienes que ir personalmente a llevar el papel al centro de servicio.

—¿Qué? ¡No puede ser posible! ¡Estos operadores son lo peor! ¿¿¿Entonces me quedo sin internet, ni televisión ni teléfono???

—Pues, por lo pronto, me dice que no le autorizan la instalación.

III

«Tienen güevo». «Es que son unos hijueputas». «He debido regarme como una placera y fijo, fijo, ahí sí me atienden…» «Pero pues el man al fin y al cabo nada qué ver, porque él solo sigue órdenes, ¿no?» «Qué mierda de sistema…» «Ni teniendo el papel uno puede defenderse…» «He debido aprovechar y cambiarme de operador…» Y cuidadito lo atienden a uno por teléfono». «¿Y qué tal que me vaya para el centro de servicio y allá me digan que no me atienden? Porque así son…» «Igual allá también me pueden decir “Ay, no, señorita. El sistema me registra que usted no ha entregado el decodificador” “No me digas”» «Tienen güevo…» «Tienen güevo…» «Tienen güevo…».

IV

—Mi amor, ¿ya vinieron a instalarte el internet?

—Ash. Ni me hables de eso que tengo piedra.

—Voy a pasar por tu casa. Ya nos vemos.

V

—¿Y tú estás segura de que entregaste el decodificador?

—Sí. Me dijeron que fuera con el comprobante al centro de servicio, pero no voy a ir hasta no saber en cuál de todos atienden ese caso específico y los horarios. Estoy esperando a que el celular cargue un poquito y llamo. Y si puedo, voy hoy mismo. Qué piedra.

IV

Mensaje de Whatsapp a las vecinas:

Chicas, ¿cierto que hace como tres años yo entregué los decodificadores y ustedes sacaron una nueva línea?

VI

—Amor, mientras carga tu celular, llama del mío.

—Vale.

VII

—Bienvenido al centro de servicio. Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3.

(Marca 2)

—Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3.

(Marca 3)

—Para «No se qué», marque 1. Para «No se qué», marque 2. Para «No sé qué», marque 3. Para «algo, algo, algo», presione 4.

(Ya con la vena brotada, marca 4).

—Centro de servicio de Tal cosa. Habla Fulanita. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes, Fulanita. Lo que sucede es que bla, bla, bla… y entonces el decodificador bla, bla, bla… y entonces bla, bla, bla.

—Permítame verifico en el sistema.

Dos minutos después.

—¿Tiene el número de su decodificador?

—Sí, señorita. Es el 123456789OdioATuCompañíaXYZ.

—Permítame verifico en el sistema.

Tres minutos después.

—Gracias por su espera en línea, señora Clara. Bla, bla, bla. Bla, bla, bla. Y entonces debe acercarse a un centro de servicio. Si gusta le puedo indicar la dirección y el horario del más cercano.

—Bueno.

—Bla, bla, bla. Bla, bla, bla.

Veinte minutos después.

—Gracias, hasta luego.

VIII

—Pues sí. Me toca ir. Voy a mirar si ya cargó el celular, y me voy para allá. Hijueputa vida.

—Ush, mi amor, pero tranquila.

—Es que es el colmo. Tengo mucha piedra.

IX

Chat de Whatsapp con las vecinas:

—Chicas, ¿cierto que hace como tres años yo entregué los decodificadores y ustedes sacaron una nueva línea?

—Clari, acuérdate de que dijimos que tú pagabas la televisión, y yo el Netflix. El decodificador que yo tengo es el tuyo.

X
🙈«Procura que tus palabras sean dulces y suaves… por si algún día tienes que tragártelas».

Casi todo el mundo tiene estos tres problemas… ¿tú también?

Hasta que a uno no le pasa, no se le ocurre cómo solucionarlo… pero eso va a cambiar.

Problema 1: «A veces (o siempre) se me olvidan las cosas».

😑Solución tradicional: Anota. (Aburrido).

😍Solución tradicional con un giro interesante: Consigue en cuaderno y pégale un forro para documentos transparente. Anota las cosas del día con un marcador borrable. Borra cada vez que termines algo. Si te preocupa que tus anotaciones se borren por equivocación, utiliza un marcador permanente y borra con removedor de esmalte.

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También puedes usar el forro como bolsillo para guardar cositas o tener un calendario a la mano…

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😑Solución digital tradicional: Anota en la aplicación de notas del celular. (Aburrido).

🙂Solución digital mejorada 1: Anota en la aplicación de Google Calendar y agrega un widget a tu escritorio.

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🙂Solución digital mejorada 2: Anota en la aplicación de Google Keep para que nunca pierdas tus notas si te roban el celular o le pasa un carro por encima (me pasó).

¿Te da pereza abrir o instalar más aplicaciones o simplemente no tienes espacio?

😍Solución digital con un giro interesante: Pídele a alguien de confianza que haga un grupo en Whatsapp, te incluya… y luego se vaya. De esta manera, te puedes enviar notas de voz, anotar tu saldo de la tarjeta de Transmilenio (o del medio de transporte que tengas en tu ciudad), guardar enlaces o hacer listas de pendientes. Yo utilizo este emoticón cuadradito 🔲 si se trata de una tarea. También encuentro muy útiles estos para decidir si una tarea está haciéndose o en pausa ▶⏸.

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Eso sí: Asegúrate de poner un pin a la conversación para mantenerla siempre de primeras.

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Al igual que con el calendario de Google, puedes poner un acceso directo en el escritorio del celular para que encuentres fácilmente lo que necesitas.

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Recuerda que la idea no es que te abrumes con miles de pendientes acumulados sino que los gestiones: Cosa que haces, cosa que borras. De una vez.

Problema 2: «Nunca tengo dónde anotar».

😑Solución tradicional: Busca un pedazo de papel. (Aburrido).

😍Solución tradicional con un giro interesante: Pega un sobre y varias notitas autoadhesivas en el cuaderno o agenda que uses.

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😑Solución digital: Ya te dije las que me sé…

Problema 3: «Siempre se me pierden los esferos o bolígrafos. Nunca tengo con qué anotar».

😑Solución tradicional: Compra bolígrafos nuevos (Aburrido).

😍Solución tradicional con un giro interesante: Consigue una de esas diademas elásticas para el pelo… y ábrele un par de huecos.

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Extra: «Me compré un cuaderno y no tiene caucho para cerrarlo».

😑Solución tradicional: Compra otro cuaderno (Aburrido).

😍Solución tradicional con un giro interesante: Consigue un caucho de una carpeta vieja. También puedes usar unas medias veladas viejas o mallas (leggins) que ya no uses. No solo es amigable con el medioambiente, sino que te ayudará a que no se salgan los papeles o cosas que tengas en tu agenda.

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¿Y tú? ¿Tienes soluciones o lifehacks a otros problemas comunes? ¿Qué estrategias de planeación o productividad utilizas?

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Un método para ahorrar más en 2018🐷💰✈

Por fin un método que vale la pena intentar…

Empecemos por lo primero: ¿Sí funciona?
La respuesta: Si yo ─que soy el desorden en persona─ pude, tú muy seguramente vas a poder.

Pasos:

0. Define para qué vas a ahorrar, esto te motivará a hacerlo de manera frecuente.
1. Consigue una alcancía, ojalá difícil de abrir.
2. Imprime este formato de ahorro o dibújalo en un cuaderno que no se te pierda fácilmente.
3. Cada semana del año, dependiendo de tus posibilidades, mete el dinero indicado en cada monedita y rellénala con algún color.

Piggy bank - Ahorro anual - 52 semanas.jpg

Aclaraciones:
1. La mínima cantidad será 1 y la máxima 52. El sistema ─que no es mío, sino que lo vi en internet─ está pensado originalmente para ahorrar en dólares. No obstante, tú lo puedes adaptar a la moneda de tu país multiplicando mentalmente cada cifra por 10, 100 o 1000. De esta manera, en pesos colombianos, uno podría ahorrar 1’378.000 o 138.000 al año.

2. No considero recomendable hacerlo diariamente. Por el contrario, es más conveniente elegir un día de la semana y depositar el dinero con regularidad. Esto permite que, si en la fecha elegida no hubo plata, uno tenga el resto de la semana para cumplir su meta.

3. Tampoco recomiendo hacerlo en orden (depositando 1000 en la semana 1, 2000 en la semana 2, etcétera), ya que no todas las semanas uno tiene la misma cantidad de dinero en efectivo. Por ejemplo, si un día recibiste dinero inesperado, puedes aprovechar y rellenar alguna de las monedas de mayor denominación.

4. Ten en cuenta que este es un ejercicio para fortalecer la constancia. No se trata de presionarte si por algún motivo no pudiste ahorrar en determinada semana, sino de darte cuenta de que puedes lograr muchas cosas con algo de creatividad y método.

Y tú, ¿conoces algún método efectivo para ahorrar o mejorar tus finanzas?

¡Comparte!

Esto es lo que hay…

Hay gente que es como los gatos: siempre caen de pie…

A menudo pensamos que tenemos que decidir lo correcto siempre. Muchas veces creemos que la decisión correcta es aquella que la mayoría de gente cuerda tomaría… la opción más segura, la más lógica…

Aquella vez que decidí devolverme a mi país en vez de quedarme en el extranjero con un excelente salario… o cuando perdí un trabajo importante en otra ciudad y, como ya tenía los tiquetes, me fui de paseo sin plata… o cuando he comprado cosas por impulso… casi siempre que pienso que soy el colmo de la irresponsabilidad, adivinen, me va bien.

No sé si me va bien porque Dios cuida más a sus borrachitos, porque soy muy de buenas, porque le saco chiste a todo o porque definitivamente siempre hago lo que me da la gana. El caso: siempre caigo de pie como los gatos. Y casi siempre al «Tin, marín, de dó, pingué». Debe ser que me gusta la adrenalina, parce.

Siento que a veces se disfrutan más aquellas victorias que se acompañan de utopías. Los humanos anhelamos el momento de vencer lo imposible, el instante de la causalidad misma, el segundo en el que todo se detiene y las cosas resultan en un final inesperado. Claro, dejar que la vida lo sorprenda a uno no es lo mismo que permitir que se lo lleve a uno por delante, como un tren que atropella al pelotudo que se queda mirándolo venir —Tampoco—, pero sí mirar esas encrucijadas como oportunidades para una buena historia de la cual te reirás en el futuro.

Nada más triste que llegar a viejo sin tener nadita qué contar, qué oso que lo único que tengas que mostrarle a tus nietos sean las selfies que te tomaste en el baño… teniendo un mundo tan grande para conocer.

La autenticidad verdadera está en quitar algunos de los filtros a nuestras acciones y constructos mentales. Al que le guste la foto como es, pues que la acepte. Así soy, ¿y qué? Espacios para meterme en el papel que «debo ser» sí que sobran. Para ser seria existen las oficinas, las universidades, las ponencias (¿Quién se inventó las ponencias?), los hospitales (a los que iré cuando esté arrugadita), los ataúdes (en los que tarde o temprano acabaremos)… Pero esto es lo que hay: sabrosura, guachafita y chistes flojos.

Contigo, Perú

He aquí las razones por las que no hubo blog la semana pasada…

Debo decir que estuve gratamente sorprendida por Perú. Este fin de semana que pasó estuve en una boda en el vecino país —entre otras cosas, por eso no hubo blog— y me llevé una #BofetadaMental al darme cuenta de lo mucho que nos influencian los medios de comunicación frente a lo que es la realidad. Solo estuve tres días en Lima y sé que no es demasiado como para dar un juicio contundente, pero lo que vi fue suficiente para darme cuenta de que tenía la venda en los ojos de la que tanto me quejo cuando otros extranjeros hablan mal de Colombia.

De la misma manera en que los colombianos somos estigmatizados por series como Narcos o Sin tetas no hay paraíso, así mismo es el daño que el programa de la señorita Laura ha causado en el imaginario colectivo. Y no solo ha maltratado la imagen de un país, sino que nos ha reforzado, de alguna manera, la idea de que todo lo indígena es malo, pobre, feo, vulgar y salvaje.

«Los latinos somos todos unos ignorantes, unos indiecitos». En vez de «Los latinos somos una raza pujante, unos guaches y unas guarichas» (entendidos respectivamente como guerreros y bellas princesas indígenas… acepciones que, a la fecha, no aparecen en el diccionario de la Real Academia Española. Si uno quiere comprobar que no se está inventando nada, toca buscarlas en este diccionario muisca elaborado por «Diego Gómez para su trabajo de grado de Antropología en la Universidad Nacional de Colombia» con financiación parcial de la Universidad de Bergen, Noruega y su Departamento de lenguas extranjeras).

En fin.
Y ahora Perú vuelve a un mundial, después de 36 años… y con un apoyo de Colombia. Sus goles son sus goles y ya era su responsabilidad el anotarlos, pero el Tigre Falcao hizo lo suyo en un acto, pienso yo, de caballerosidad y buena onda. Esos son los colombianos que necesitamos. Esos son los latinos que queremos llegar a ser: personas que no se ocupen solo de ganar, sino de ganar bien y sin despedazar al rival solo por ego. Necesitamos más latinos que hagan su parte cuando otro les ayuda. Necesitamos más personas que acepten una mano a tiempo y de buena manera… que no sientan que les estamos dando sobras ni que les estamos regalando nada, porque así tampoco es.

Queremos una raza orgullosa de su diversidad, de sus costumbres, de sus valores y de su alegría. Necesitamos más personas que se rían de sí mismas y que compartan la música y el baile de su tierra. Necesitamos más alianzas positivas entre naciones: gente que ame el deporte, que apoye la danza, que vibre con la poesía, que se deleite con la buena cocina… gente latina bella: más guaches y más guarichas.