La paradoja del buen consejero:

Tres consejos para no aconsejar ni dar consejos

Dejar que el otro cumpla sus sueños es difícil. Siempre queremos estar opinando, incluso cuando callamos y guardamos nuestros pensamientos. Una parte de nosotros se siente cómoda pensando que los demás son un montón de ilusos y que nosotros debemos protegerlos del peor error de sus vidas.

—¿Usted? ¿Va a escribir? ¿En serio? ¿Y de qué va a comer?

—…

—¿Quiere montar empresa? ¿Y está seguro de que no se quiebra? Cuidado se endeuda, porque yo conocí a un tipo que…

—…

—¿Y vas a estudiar música? ¿Y cuánto llevas en eso? Acuérdate de que Mozart empezó a los tres.

—…

Es como si, de entrada, todos hubiéramos nacido viejos y pobres; cuando, en realidad, el mayor activo que cada uno tiene es su talento… porque, que yo sepa, ustedes y yo vinimos a este mundo sin ropa y sin saber leer, así que cualquier cosa que vayamos agregando a esta experiencia ya es ganancia.

Pero a todos se nos arrebata el consejero que llevamos dentro, especialmente a mí con este blog. Muchas veces se siente uno en la «obligación moral» de decir lo que piensa, y se le olvida que también existió alguien que le dijo a uno que algo no se podía o que era muy difícil… o que prácticamente se trataba de una misión suicida.

¿Cuántas veces no escogemos dar el consejo en vez de pedirlo? Y es que es obvio: siempre será más fácil decirle al otro lo que tiene que hacer que invertir ese mismo tiempo en buscar soluciones para nuestros propios problemas.

Aquí es donde cito al gran filósofo Armando Christian, más conocido en el bajo mundo como Pitbull:

«Ask for money And get advice. Ask for advice, get money twice.»

«Pide dinero y obtendrás consejos. Pide consejos y obtendrás el doble de dinero».

¡Ya tú sabe!… ¡Dale!

Pero, ya, en serio.

Dicen que «El hombre inteligente aprende de sus propios errores, mientras que el sabio aprende de los errores de los demás». Yo digo que dejemos de aprender de los errores. Es hora de aprender de los aciertos. Si alguien lo hizo bien, vale la pena que nos cuente cómo. Y si alguien quiere intentarlo, ¿para qué persuadirlo de que no puede?

¿De dónde somos tan expertos ahora en hacer tantas cosas?

—¿Vas a sacar tu disco? De seguro no querrás invertir tu dinero y tu tiempo en un asunto tan complicado.
—¿Y es que tú eres el experto en sacar discos? ¡Es más! ¿Eres experto en fallar al vender discos? ¡No! Ni siquiera eres alguien con mínima autoridad para opinar. Critícame en un área en la que seas experto… o en algo que tú hayas al menos intentado, así ya hayas fallado… Quizás ahí pueda aprender de tus errores…

Creo que nadie lo ha expresado tan bien como Sábato en El Túnel:

«Los críticos. Es una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi operación, ¿qué se pensaría?»

Todos queremos una vida digna de contar, pero no hay grandes libros en los que las historias de éxito no tengan al menos un ligero tropiezo… y uno que otro criticón. Para vivir hay que arriesgarse un poco… y aprender a dejar vivir. Y eso a veces lo ignoran incluso las personas que deberían apoyarnos o amarnos más.

Es que meter las narices donde no nos importa parece, en vez del fútbol, el deporte favorito de este país. Que si el banco tal hace una campaña sobre los gays, que si el futbolista tal se quedó en la banca, que lo que tuiteó tal o cual famoso… Siempre es más fácil hablar de la vida de los demás y prender el opinómetro que vivir nuestra propia vida y tratar de resolver nuestros propios asuntos. Somos felices porque eso nos vuelve dioses momentáneos, cuando en realidad nuestra opinión a pocos importa… porque nos enseñaron que Dios era un señor de barba blanca que amaba a la gente blanca y tenía un dedito índice listo para apuntarnos cuando hiciéramos las cosas mal… cuando es exactamente todo lo contrario, creo yo.

Es como si nos hubiera dicho «Ámense unos a los otros» y todos los demás hubieran entendido «Júzguense unos a los otros como yo los he juzgado».

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Aquí me copio les dejo una caricatura de cinismoilustrado.com que lo resume todo

Y no es culpa de nadie. Simplemente nos criaron así. Ahora a ver cómo recojemos los pedazos rotos y nos inventamos una sociedad más incluyente y que juzgue menos. Por lo pronto, tres consejos que nadie me pidió… solo para ser consecuente:

1. Cierre el pico y deje de contarle sus sueños a la gente. De todas formas, nadie cree que pueda cumplirlos.

2. Cierre el pico y deje de criticar en voz alta los sueños de la gente. Si no puede creer que su amigo se va a hacer millonario vendiendo Avon o Herbalife, igual déjelo. ¿A usted en qué le afecta? Hay gente que lo ha logrado (obvio, solo los dueños de Herbalife y Avon… Mentiras, soy una caspa)… Escuche, sonría y cambie de tema.

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Imagen tomada de: Mejoresportadas.com

3. Cierre el pico y deje de criticar en silencio los sueños de la gente. Yo sé. Yo tampoco puedo dejar de hacerlo… pero creo que una forma de intentarlo es repetir dos mantras de la sabiduría popular:

a) «Yo tengo mis propios sueños, mejor me enfoco en el siguiente paso para cumplirlos».

b) «No es mi circo, no son mis payasos».

Demasiados consejos por hoy.

Quince preguntas a Jesús… o tal vez más.

Un texto que puede rayar en la blasfemia… ¿o no?

Si lo tuviera en frente, quizás me sentaría con un par de vasos de agua —que a las dos de la mañana se convertirían en vino— y sí que probaría su infinita paciencia:

¿Tú decidiste tu destino? ¿La regla aplica para todos? ¿Tú sabías de antemano lo que te iba a pasar? ¿Habías estado aquí en la Tierra antes? ¿Sabías que, después de todo, ibas a resucitar? ¿Crees que la vida es como una cena en la que el picante también es necesario?

¿Por qué crees que los humanos siguen peleando unos con otros? ¿Crees que sus egos quieren darle una lección a los demás? ¿Crees que se trate de superioridad, de poder, de falta de amor propio?

¿Alguna vez te dio curiosidad el sexo? ¿Será que nos mintieron sobre tu castidad? ¿Habrás tenido hijos? ¿Habrá sido verdad todo lo que se cuenta sobre ti? ¿Te habrás enamorado? ¿Habrías discriminado a alguna persona que no tuviera tu condición sexual?

¿Qué opinas de las EPS y el servicio médico? ¿Crees que hay una forma mejor de sanar? ¿Por qué nadie aprendió el truco de revivir los muertos? ¿Será que lo enseñaste y lo olvidamos?

¿Crees que si vivieras físicamente en este siglo, tendrías tu propio canal de Youtube? ¿Crees que la gente se insultaría en los comentarios de abajo? ¿Cómo sería tu perfil de Facebook? ¿Tendrías una foto con Malala? ¿Harías una transmisión por Facebook Live en donde nos explicarías para qué sirve la mirra? ¿Serías tan cool como yo creo que eres realmente?

¿Nos enseñarías a ser tolerantes con gente que no opina o es como nosotros (en mi caso Trump y la Tigresa del Oriente)? ¿Me dirías cómo ser más paciente con los niños hiperactivos?

¿Les dirías a las mujeres que vuelven con sus maltratadores que te entendieron mal eso de «poner la otra mejilla», y que más bien tú querías que el que estuviera libre de pecado lanzara la primera piedra?

¿Tomarías conmigo juguito de Cosechas o me acompañarías en la cocina en algún intento fallido de hacer el almuerzo? ¿Por qué no hiciste a los pollitos de cuatro patas? (Sé que suena cruel, pero son ricos) ¿Todo el mundo tiene que ser vegetariano? ¿Me querrías más si lo fuera? ¿Qué comías en tus tiempos? ¿Es cierto que la razón por la que volverás es para probar las empanadas? (Ay, no me juzguen, yo lo haría).

¿Me corregirías la puntuación y me sugerirías mejores palabras? ¿Me mostrarías lo que sí escribiste o aún no hemos tenido acceso a ese conocimiento porque «suficiente con las peleas con la Biblia»? (Porque nadie sabe a ciencia cierta qué tan veraces son los supuestos evangelios según María Magdalena o los redactados por ti… y tampoco creo que los «oficiales»).

¿Me dirías todas aquellas cosas que he olvidado de mí? ¿Me amarías como soy: infantil y grosera? ¿Podría amarte como eres… afro, LGBTI, hombre, mujer, anciano, niño, niño mamón, académico, ilustrado, analfabeta, amarillo, musulmán, testigo de Jehová que me levanta los domingos? ¿Podré dejar de culparte por las bobadas que hago como humana y las decisiones que tomo a diario? ¿Podré verte en las cosas pequeñas, en los amaneceres y en los atardeceres? ¿Podré tratar de no juzgarte? ¿Podré mirarme al espejo un día y parecerme un poco a lo mejor de ti sin perder lo que soy ni querer superarte? ¿Podré?

La mancha púrpura o cómo corregir lo incorregible

Tenía trece o catorce años cuando cambiaron al profesor de historia del arte. El que llegó era un «cuarentón de diecinueve» con el pelo revuelto y actitud de John Lennon. Creo que nos pidió que pintáramos con acuarelas, si mi memoria no me traiciona. Podíamos crear lo que quisiéramos, pero el cuadro tenía que ser cubista. Y como lo mio nunca fue pintar, se me ocurrió que lo más cuadrado en que podía pensar era un reloj. Bien pude haber creado una figura humana, pero sabía que la vía fácil era algo que en sí ya escondiera el cubo. Así que hice un reloj horrible.

Y no, no lo digo porque fuera mío, sino porque era simple. Simple y sin sabor. Supuse que lo arreglaría, como casi todo en mi vida: después. Asumí que algo maravilloso ocurriría y que, como los gatos, que siempre caen de pie, la nota del reloj iba a ser aceptable.

«¿No que en el arte no se juzga? ¿No que hay que ser muy creativos? Pues si me pone mala nota, que se joda. Yo usaré mis argumentos y que me diga si no es cubista mi reloj de mierda».

Y entonces le puse color. Rellené el cuadro de verde y de un azul inmundo. Cuando llegué al reloj, lo pinté de amarillo para que resaltara, con la vaga esperanza de que le diera vida a un diseño insulso. Y todo funcionó, hasta que se me derramó una tinta morada en el reloj. La mancha de Ecolin no quitaría con nada, y además era obvia con el fondo amarillo.
«Reloj con mancha… ¿Cierto que le queda bien el nombre? Me suena a aquellos nombres pretenciosos como «Esto no es una pipa» o «Naturaleza muerta con zapato viejo». Soy toda una artista. Y si dice que no le gusta, soy muy avant-garde… Lo que soy es una incomprendida que vive en el siglo 23… Estoy adelantada a mi tiempo. Nadie entiende mi arte. ¡Oh! Sois todos unos guarros y bellacos».
—Es cierto que es un poco plano— dijo—. Pero me llama mucho la atención por la mancha. Esa mancha morada es lo que más me gusta. Te voy a poner B+ por atreverte.
La máxima calificación era una A+. En realidad, era muchísimo más de lo que yo esperaba. Ahora sé que en el momento la cosa no fue más que una chiquillada, una travesura de colegio, pero que me enseñó más que muchas horas en la universidad: «En la vida, nadie recordará tus relojes perfectos y cuadrados. Nadie se acordará de lo que otros te pidieron que hicieras. Por el contrario, todos recordarán las victorias casuales, la belleza inesperada… Las profundas manchas púrpuras sobre fondo amarillo».
Un año después, el mismo profesor me enseñaría que en algunas religiones de oriente existe la creencia de que elegimos nuestra vida y nuestra profesión justo antes de bajar a la Tierra. Dos años después, me preguntaría una y otra vez por qué no fui aceptada en el conservatorio. Ahora sé que tal vez habría sido un reloj amarillo sin mancha, sin rebeldía alguna.
Yo no podía entender que lo hubiese elegido a él como maestro… Y aún así volví a elegirlo a los quince, cuando aún pensaba que iba a estudiar música.
«Las niñas que quieran podrán elegir un énfasis en ciencias; quienes vayan a estudiar ingeniería, hay una clase especial de matemáticas; y quienes vayan a ser de humanidades, hay una opción en el énfasis de lengua. Ah… por supuesto, también está el énfasis de artes».
Una elección muy difícil para no equivocarse cuando llegara la hora de pagar la carrera… Pero no me arrepiento —ahora—; porque cuando vi el trabajo de grado de las de lengua me pregunté por qué no había hecho un noticiero con ellas, en vez de estar perdiendo el tiempo con las seis hippies del énfasis de artes.
Insisto: ahora no me arrepiento. El profe nos pidió que empezáramos una bitácora con la esperanza de que cada una dibujara o, en mi caso, compusiera. Nos enseñó los conceptos base de la composición y uno que otro detalle sobre la armonía; en fin, definiciones que se aplican a cualquiera de las artes. Durante esos seis meses, jamás toqué la viola ni cogí un pincel. Debí saber que la pista más grande de mi destino era que no me despegaba de esa bitácora para nada y que la llevaba siempre dondequiera que iba. Ese cuaderno se volvió mi diario personal y mi espacio para pensar y repensar la escritura. Gracias a él, he podido ajustar un poco la lente con la que hoy miro al mundo.
A veces pienso que aún falta mucho, pero que parte de lo que soy se lo debo a ese maestro. Dos años después, él sería también profesor de mi padre, así que tal vez creo que sí lo escogí… Así como tal vez, escogí que las manchas púrpuras marcaran mi vida, y no los relojes amarillos.

Tres señales de que tu amistad es verdadera…

Amigos hay muchos… amigos verdaderos, pocos. ¿Cómo identificar aquellas personas que merecen siempre un lugar prioritario en tu vida?

Amigos hay muchos… amigos verdaderos, pocos. ¿Cómo identificar aquellas personas que merecen siempre un lugar prioritario en tu vida? He aquí tres pistas que pueden ser útiles a la hora de saber si las amistades que te rodean son únicamente para ir de rumba o a desayunar.

3. No juzgas al otro ni te sientes juzgado

Sabes que puedes contarle lo que sea a esa persona y sin sentir que tiene un mazo de juez. No obstante, también sabes que te dirá la verdad y que intentará hacerlo con tacto y sutileza para no herirte más de lo que ya estás. De igual forma, estás dispuesto a escuchar y callar para que esa persona se desahogue sin el «te lo dije» a la mano. Después de todo, ya habrá momento para evaluar los daños y todos cometemos errores.

2. Quieres a esa persona más por lo que harías por ella, que por lo que ella haría por ti

Estás dispuesto siempre a ofrecer soluciones o a hacer tonterías para que la otra persona suba su ánimo. No minimizas el problema del otro diciéndole frases como «hay cosas peores» o «los hombres no lloran», «deja de llorar», sino que intentas hacer algo para que vuelva a su centro… Reconoces que el cielo es el límite y que las posibilidades van desde simplemente oír lo que tiene para decir, hasta improvisar una visita corta a su trabajo a la hora del almuerzo o regalarle algo que sabes que le gusta.

Casi nunca te pones a pensar quién da más en esa relación, porque en el fondo sabes lo mucho que valoras a esa persona. Sabes que cuentas con ella para planes culturales como ir a museos, teatro o compartir tus lecturas favoritas… así como para cosas más triviales como discutir sobre quién les parece más guapo o enviarse memes o chistes en Whatsapp y en las redes sociales.

1. Ante una dificultad, intentas eliminar las barreras físicas o llamas inmediatamente

Haces lo que sea por comunicarte. Si puedes tomar un taxi e ir a visitarla al hospital, sabes que lo harás. Si crees que no es posible, la llamarás o le dejarás un mensaje. Dependiendo de la cercanía emocional y física que tengas con esa persona, si sabes que te necesita, no lo piensas dos veces. Si esta persona está en tus prioridades y tu amistad es incondicional, siempre encontrarás la manera de ponerte al día con ella, aunque no se vean todos los días.

https://www.youtube.com/watch?v=dHVyRnzNe0g

Los tres alimentos del amor

Quizás hemos recurrido a lo abstracto porque el mundo real ya es bastante abrumador…

«Cuando muestras lo real, lo matas. Haces que sea imposible ver las cosas desde lo abstracto».

Christoph Niemann, ilustrador

¿Si pudieras ralentizar el tiempo, lo harías?

Es lógico. Quizás hay gente que mataría para devolver el tiempo. No osbtante, creo que para apreciar un olor, saborear un bocado o fotografiar correctamente un instante a veces se requiere silencio y lentitud. Y es que, si uno lo piensa bien, el amor solo se nutre de tiempo, constancia y abstracción. Todas gratuitas e, irónicamente, invaluables. No hay nada que arruine la magia del amor romántico que lo concreto. Una palabra imprecisa, un gesto incorrecto…¡y paf! La burbuja se desvanece.

 

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Ilustración de Christoph Niemann

Hoy, después de ver el primer capítulo de «Abstract: The art of design» en Netflix (tráiler aquí), me percaté de que quizás hemos recurrido a lo abstracto porque el mundo real ya es bastante abrumador. A veces parece necesario bajarle la resolución a la vida para que el archivo corra más rápido, para que la máquina creadora en la que nos montamos lubrique todos los engranajes y ande a mayor velocidad… ¿Pausar para dar velocidad? «La pausa también se baila», decía una profesora de danza hace poco.

 

De vez en cuando, lo real se siente demasiado denso y urge la ligereza para volver a encontrar el concepto original. Lo ligero, lo sutil, lo sutil que esconde el arte… todo eso nutre el alma; no la nutren cosas que no intenten apuntar a lo sublime… y rara vez la nutre lo vanal. Dar de comer no es alimentar. Dar de comer no siempre es nutrir. No basta alimentar al amor con tiempo y constancia. Lo abstracto, lo que no se puede comprar, lo que no se puede describir… de eso se alimenta el amor.

Cinco preguntas al amor

Ese día, el amor me dejó preguntarle cinco cosas…

Ese día, el amor me dejó preguntarle cinco cosas. Lo miré en el reflejo del espejo empañado y le dije:

—¿Cómo mejoro la relación con mi madre?

—Recuerdo que la escogí.

—¿Cómo mejoro la relación con mi padre?

—Recuerdo que lo escogí.

—¿Cómo mejorar la relación con mi enemigo?

—Recuerdo que no existe. Solo yo decido a qué le doy visibilidad en mi vida; y si le doy atención, le doy poder. Si no lo nombro, no existe… Recuerdo enfocarme en el amor. Nadie puede resistirse al amor. El amor es irresistible y nos rendimos ante él. Amar al enemigo no significa dejarse maltratar. Poner la otra mejilla no es es lo que a veces pensamos que es. Es darle la responsabilidad al otro de sus acciones y tomar responsabilidad por las nuestras. Si él se equivoca, no es mi problema. Es de él. Y si su equivocación aparentemente me toca o me hiere, mi responsabilidad es manifestar mi inconformidad con sus acciones y enfocarme en como dar amor a quien lo valore.

—¿Cómo logras olvidar ese momento horrible que te ocurrió o que te sigue ocurriendo?

Recuerdo que yo escogí el pénsum de mi carrera. Tal vez la materia o el profesor no resultó como pensé que sería. Cero culpas, cero arrepentimientos. Di lo mejor de mí. Ahora, recuerdo que ya pasó, y salí invicta. Y si no ha acabado el dolor, algún día lo hará.

—¿Cómo dar más amor si no hay nadie que lo reciba?

—Merécelo tú misma. Dátelo tú misma. Recíbelo tú misma.

 

 

Lo que toda mujer debería hacer en algún punto de su vida

«Para casarte, cuando joven es temprano y cuando viejo es tarde».

Diógenes de Laertes (Historiador griego)

Todas las mujeres deberían casarse… consigo mismas.

Mejor dicho: todos los seres humanos deberíamos contraer nupcias con nosotros mismos.

Parece sencillo, pero tener un compromiso con uno mismo es algo que deberíamos cultivar a diario… No importa si en tus planes está o no el matrimonio, siempre hay alguien a quien no puedes abandonar y es a ti mismo(a).

Y es que es muy fácil traicionarse últimamente: Te preguntan si quieres ir a visitar a esa conocida criticona y, aunque te estés muriendo de ganas por decir que no, dices que sí… Tal vez te piden un favor que no quieres hacer y que al final te va a meter en problemas, pero tú dices que sí… o tal vez le dices a tu jefe que harás algúun trabajo que no quieres porque te da pena o miedo de que te despida.

Eso se llama infidelidad… contigo mismo(a).

Quizá es hasta cierto punto entendible que te suceda de vez en cuando. Pero, cuando ya se vuelve frecuente, es necesario revisar la causa y tratar el problema de raíz.

Pero no todos los «automatrimonios» sufren de infidelidad. Hay otros cuyo mayor problema es el descuido y la falta de tiempo.

Piénsalo así: No quisieras estar con una persona a la que le diera igual tu existencia o que demostrara poco interés en ti. Bueno, ¿entonces por qué es tan difícil aplicar estos principios con uno mismo? ¿Por qué a veces anteponemos las necesidades de otros a las nuestras? ¿Por qué hacemos lo que el otro dice si se trata de alguien que nos gusta, pero casi siempre nos escudamos en la falta de tiempo de dinero para hacer las cosas que nosotros(as) realmente deseamos hacer? ¿Por qué hay un horario destinado para citas con clientes, amigos, familia o pareja, pero muchas veces no existe un espacio en el que uno se siente con uno mismo a hacer algo para sí o simplemente a hacer nada?

Así que no esperes a que sea demasiado tarde para casarte contigo mismo(a) y celebra que estás aquí, en un mundo en el que existe la cerveza… (o lo que te guste) y, por supuesto, independientemente de que el matrimonio sea o no para ti, recuerda que la persona indicada siempre te acompaña: tú mismo(a).

¿Qué le pasa al amor después de la boda?

«Él estaba hablando del amor (…), pero ella no entendía su lenguaje».

Fragmento de Gary Chapman en el libro Los cinco lenguajes del amor

En el área de la lingüística hay idiomas principales, tales como el japonés, chino, español, inglés, portugués, griego, alemán, francés. etcétera. La mayoría de nosotros crecimos aprendiendo el idioma de nuestros padres y parientes, el cual viene a ser nuestra primera y principal lengua, la nativa. Más tarde podemos aprender otros idiomas, pero por lo general con mucho esfuerzo. Estos vienen a ser nuestros idiomas secundarios. Hablamos y entendemos mejor nuestro idioma nativo; nos sentimos más cómo- dos hablando ese idioma. Mientras más usamos un idioma secundario, mejor nos sentiremos conversando en él. Si hablamos solamente nuestro idioma principal y nos encontramos con alguien que habla solamente su idioma principal. que es diferente del nuestro, nuestra comunicación será limitada. Debemos ayudamos con señales, gruñidos, dibujos o representaciones de nuestras ideas. Podemos comunicarnos, pero es difícil. Las diferencias de idioma han separado y dividido a la cultura humana. Si queremos comunicarnos en forma efectiva entre las diferentes culturas, debemos aprender el idioma de aquellos con quienes deseamos comunicarnos. En el área del amor es igual. Su lenguaje emocional amoroso y el lenguaje de su cónyuge pueden ser tan diferente como el chino del español. No importa cuánto se empeñe en expresar el amor en español, si su cónyuge entiende solamente chino nunca entenderán cómo amarse el uno al otro. Mi amigo en el avión hablaba el lenguaje de «Palabras de confirmación» a su tercera esposa, al decirle: «Le dije cuán hermosa era. Le dije que la amaba. Le dije cuán orgulloso estaba de ser su esposo». Él estaba hablando amor y era sincero, pero ella no entendía su lenguaje. Tal vez buscaba amor en su conducta y no lo encontraba. Ser sincero no es suficiente. Debemos aprender el lenguaje amoroso principal de nuestro cónyuge si queremos ser efectivos comunicadores de amor.

¿Qué es dar? – Fragmento de Erich Fromm en El arte de amar

¿Qué es dar? (…) El malentendido más común consiste en suponer que dar significa “renunciar” a algo, privarse de algo, sacrificarse.

¿Qué es dar? Por simple que parezca la respuesta, está en realidad, plena de ambigüedades y complejidades. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa “renunciar” a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar: como un sacrificio. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa. La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría.
Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mi mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad…