Error 404: ¿amor no encontrado?

¿Cuáles son las claves que oculta nuestro cerebro sobre las relaciones de todo tipo? ¿Es cierto eso de que las palabras tienen poder? ¿Qué podemos hacer para dominar nuestro cerebro y no dejarnos dominar por creencias preestablecidas?

 

Comencemos por desmitificar dos creencias arraigadas en la cultura:

Mito 1: las células del cerebro (neuronas) son las únicas que no se regeneran.
Realidad: la neurogénesis existe y sí podemos hacer que nazcan nuevas células. 

Aquí se explica cómo. Si quieres, recuerda que la conferencia de diez minutos tiene subtítulos en español e inglés.

 

Mito 2: las palabras se las lleva el viento, las palabras no hieren.
Realidad: las palabras tienen la capacidad de cambiar nuestra estructura neuronal.

En una entrevista que le hizo Margarita Vidal al científico colombiano Rodolfo Llinás, él le dice que alguna gente no entiende bien cómo un estado funcional del cerebro se puede modular o corregir mediante la palabra. Corto y pego:

El psicoanálisis es hablado y la gente se mejora. Y yo les contesto que las palabras cambian el cerebro.

¿En qué forma?

-Si yo le digo a una persona que es ‘malnacida’, responde agresivamente. Entonces, las palabras son como piedras; pueden hacer bien o daño, porque cambian el estado funcional del cerebro.

¿Es porque producen emociones?

-Exactamente, las emociones se pueden correlacionar. Antes se pensaba que no, y la realidad es que sí: yo puedo ver en el cerebro cuando alguien está bravo, triste o con dolor. Pero a la gente le resulta profundamente complejo y difícil de aceptar que la mente ―que era casi intocable― se reduce a una situación ‘cuchareable’, y su conclusión temerosa es: “Solamente hay dos posibilidades: que el paciente esté bien o que esté mal. Si está bien, no ha pasado nada porque no hubo necesidad de tratamiento. Pero si está mal, ¿qué hacemos nosotros? Lo que usted nos está diciendo es que estamos aplicando un sistema que no es”.

¿Entonces el problema es de programación?

manual-programacion

Posiblemente. Es como si cada uno de nosotros tuviese un código por dentro que determinara qué es lo normal para cada uno. Una vez el usuario presiona “Enter”, el programa se ejecuta solito.

Me explico:
Si una persona tiene en su código algo como los siguientes conceptos:

Los chocolates son deliciosos, pero hacen que se me brote la cara. Si tengo una pareja que me quiera, esa persona debe estar loca. La situación es muy difícil y conseguir un trabajo bien pago es muy complicado, por eso tengo que cobrar poco. Si cobro lo que debería, me quedo sin clientes.

 

 

Al hacer clic en “Ejecutar”, todo eso empieza a pasar. Si corre el código una y otra vez, se acostumbra a que esa sea la programación normal y a que su cuerpo reaccione de la manera en que lo ha hecho por años. El efecto placebo también podría, creo yo, derivarse de allí… pero, insisto, esa es tan solo una suposición propia que no tiene base científica. Así es como yo lo veo:

¿De dónde vienen estas creencias?

Por lo general, nuestros programas vienen con virus incluidos. La línea de código tiene un problema esencial: hay partes de ella que fueron escritas desde el miedo; no desde el amor. Por ejemplo, “Los chocolates son deliciosos” es una expresión que viene desde el amor por el chocolate. Sin embargo, la expresión “pero hacen que se me brote la cara” viene desde el miedo a ser percibido por los demás y por nosotros mismos de una manera negativa. “La situación es muy difícil” viene desde el miedo que nos infunden otros (algunos medios de comunicación y algunos familiares que nos quieren proteger del fracaso)… Y todas las demás afirmaciones implican que el virus se está esparciendo.

Una posible forma de reparar el código es reconociendo cuándo se ejecuta y cambiándolo por algo así:

Los chocolates son deliciosos y los disfruto. Es normal tener una pareja que me quiera. Es normal que la gente me quiera y me ame porque trato de mejorar cada día. Sé que si cobro lo justo, puedo exigirme más calidad y estar orgulloso(a) de mi labor. Integro las lecciones de paciencia y perseverancia desde el amor.

¿Pero cómo modificar el código?

Para explicar la conducta humana, solo podemos pensar en dos posibilidades: algo es innato o es aprendido. En este caso, creo que cualquier psicoanalista le diría que muchas de las conductas aprendidas vienen de nuestra niñez, nuestra relación con padres y ancestros, o la ausencia de los mismos. Entonces, la mejor manera de ir, poco a poco, limpiando el sistema es “devolverle” mentalmente o por medio de una carta sin enviar a cada cual lo que le corresponde. Por ejemplo:

Querido papá: te amo mucho porque me has enseñado “a”,”b” y “c”. Quiero devolverte la creencia de que la situación está muy difícil y de que no voy a conseguir nada digno de mí. En adelante, cuando tenga una situación similar, recordaré que soy talentosa en lo que hago y merezco una remuneración justa, por la cual estoy ya agradecida”.

Y si eso no funciona, recordaré que hay tipos muy pendejos que llegaron a ser presidentes, incluso diciendo cosas como “los millones y las millonas”. ¡Juas! Pero ahora sí, en serio, si el código interno que tenemos explica todo en nuestra vida —incluyendo situaciones de salud, nuestra idea de éxito y nuestras preferencias en cuanto a alimentación—, ¿nuestra pareja futura (o la ausencia de ella) no sería un resultado de lo que pensamos hoy y de cómo alimentamos una idea durante años? Posiblemente. ¿Es acaso un virus que empezó como “Él o ella no se va a fijar en mí” (no me lo merezco) y luego mutó a “Ya no existen hombres o mujeres buenos(as)”?

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Ejemplo de programación del tipo: “Es que siempre me enamoro de la persona equivocada”. Si sigues pensando así, tendrás razón.

Ahí les boto el dato y me retiro lentamente a comer chocolate oscuro y tener sexo, digo, tomarme una copita de vino. Si vio el video, me entenderá.

Por cierto, aún no es necesario ponernos paranóicos con lo del chocolate. Ojo al artículo: ¿Comer chocolate realmente produce espinillas?

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Autor: claravalderram

Si me llaman para hacer un asado, llevo hambre y me pido hacer el guacamole.

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